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‘La vida es una tómbola’, en la selva de Marcos

El tiempo no perdona. Entre el año de esta entrevista con Manuel Vázquez Montalbán (2001) y hoy han desaparecido Fidel y Juan Pablo II, y otro papa, Francisco, entró en La Habana.

-¿Los líderes ya no son lo que eran? ¿Qué separa al subcomandante Marcos del Che?
“La diferencia que hay entre Marcos y el Che es que el Che quería ocultarse, no salir nunca en televisión, porque se basaba en una guerra de guerrillas de ocultación, y Marcos, que empezó con una línea guevarista, como sus compañeros de Universidad, prácticamente exterminados, acaba descubriendo que, de vez en cuando, lo más rentable es reaparecer y lanzar un mensaje, porque te conviertes en una realidad mediática y si no, no eres. Yo creo que si el PRI paró la orden de cargarse al zapatismo, costase lo que costase, al comienzo de la insurgencia, fue al ver el eco mediático que había alcanzado. Ellos lo saben y usan mucho Internet para comunicarse con la red zapatista del mundo entero. Marcos es un comunicador excepcional…”.

-Usted lo conoció.
“Estuve con él en la selva, y fue como encontrarte con un profesor no numerario de los años 70, con un nivel intelectual excelente, con un nivel de lecturas magnífico, con un sentido del humor extraordinario, con una capacidad de autoironía notable y que, además, es capaz de cantar La vida es una tómbola, de Marisol, en la selva por la noche. Era un producto muy extraño. Su discurso era muy interesante. Decía que ellos no iban, en realidad, a hacer ninguna revolución, que eran un grupo de rebeldes, pero lo que estaban provocando era que la sociedad civil mexicana reflexionara sobre qué significaba el PRI, qué significaba una representación escasa de la democracia y que pensaran, además, que si ellos participaban escasamente en la democracia, 10 millones de indígenas no participaban nada y el 50% del país estaba en niveles de pobreza extrema. El problema de Marcos es hasta qué punto puede liberarse o no de la carga que presupone seguir manteniendo la representación teatral de la selva. Hasta qué punto eso no se haya quemado…”.

-Hasta qué punto ha de seguir llevando el pasamontañas…
“Él dice que cuando no llevaban pasamontañas nadie les veía y que, en cambio, ahora que llevan pasamontañas, todo el mundo los ve”.

-Marcos, el señor de los espejos es su libro de aquel encuentro. Y Dios entró en La Habana, el que escribió sobre la visita de Juan Pablo II a Cuba, sin hablar con Fidel.
“En aquel viaje no hablé con Fidel, en otras ocasiones sí. Me interesaba mucho más lo externo, el aparato que se montó. Fue un montaje extraordinario del castrismo. Si hubo algún beneficiario de este viaje, fue Castro. Rompió el bloque de Miami, los dividió, porque se pronunciaron de distinta manera, se abrió a todas las televisiones del mundo. Fidel pareció una enfermera de la Cruz Roja al lado de un viejecito venerable, lo ayudaba continuamente; generó una participación ciudadana que presentó como una decisión adoptada libremente… El espectáculo yo creo que fue una inyección de futuro para el propio castrismo, que le sacó un partido mediático extraordinario. Desde ese punto de vista del futuro, del más allá de Castro, fue una oportunidad excepcional, por cuanto la Iglesia midió sus fuerzas, sobre su papel en la transición. Allí la iglesia más seguida es la afrocatólica, la de los santeros, que tiene más seguidores que la Iglesia, identificada por parte del pueblo como la Iglesia de los españoles (de la etapa de la dominación), o como una Iglesia  ligada al poder económico. Buscaba ser una Iglesia más plural, más aceptada por las capas populares. Hay allí unas personas muy interesantes, como el descendiente de uno de los personajes de la independencia, Céspedes. Es un sacerdote muy inteligente y muy abierto a esa salida. Se puso a prueba ese poder, se puso a prueba la capacidad de movilización social”.

-Usted le sacó jugo. Leí con fruición su voluminoso libro, con esa clase de intensidad que me  exigió, en su día, una biografía crítica sobre Fidel de Tad Szulc.
“En aquellos días se producían situaciones casi cómicas. El que había sido jefe del espionaje omnipotente, Barbarroja (Manuel Piñeiro), que era gallego y había estado con Castro desde el comienzo, se reunía en el Cohíba Meliá, donde yo me quedaba, y me decía, “ven, Manolo, que nos vamos a ver con los espías de EE.UU.”. Y tenía una tertulia con los que a él le constaba que eran espías norteamericanos, cubanos que habían vivido en Cuba antes, y charlaba con ellos como si estuvieran hablando de un partido de fútbol. Sacaba del bolsillo un fax en el que hacía un análisis de la posibilidad de que determinados mensajes llegaran, como diciéndoles a los espías que estaba al corriente de sus operaciones. Era una situación pintoresca, que solo se pudo vivir en aquellos momentos. Como con la luminosidad. La Habana parecía Las Vegas. Y cuando estaba elevándose el avión que se llevaba al papa, de pronto, se apagó la ciudad. Fue casi como un símbolo de hasta qué punto se había montado un espectáculo, y el espectáculo había terminado.”

-¿Quién es mejor papa, Juan XXIII o Wojtyla? (lástima no poder preguntarle por el papa Francisco, que intuyo habría sido hoy su preferido)
“Es que Juan XXIII era un papa en el sentido convencional, porque había estado a punto de ser expulsado por modernista, y cuando pudo, abrió cauce a una reforma de la Iglesia. Y este otro papa, que en proyectos sociales, es un papa abierto, en otros aspectos ha sido uno de los más represores del papado, y además, dudo que haya añadido ni un católico a la Iglesia. Este ha sido un showman, un gran publicista, un gran viajero, ha movilizado multitudes, pero en América Latina se han perdido 40 millones de católicos creyentes, que se han pasado a sectas protestantes, a confesiones afrocubanas o afrobrasileñas. Y está la Teología de la Liberación, que el papa no admite como movimiento y frente a la cual ha movilizado a todo el Opus Dei latinoamericano para que la destruya. Por tanto, es un papa muy cargado de contradicciones. Su discurso social lo ves positivo y, en cambio, su visión sobre la vida cotidiana, ante el sexo por ejemplo, es como para echarse a reír para unos y para otros como para echarse a llorar”.

-Lo primero que usted fue es poeta.
“Sí, pero mi primer libro fue el ensayo Informe sobre la información, que publiqué en el año 63, pese a que, en efecto, mi primer libro poético, Una educación sentimental, está escrito mucho antes, pero, por problemas de censura y de dinero, el editor solo pudo publicarlo cuando Gimferrer ganó el Nacional de Poesía, y parte del dinero que le tocó a él lo empleó en publicarme el libro, que llevaba aplazado cuatro años”.

-¿Y sigue llevando al poeta dentro?
“Sí, supongo que sí, como esa cursilada que dice que todo el mundo lleva un niño dentro. Yo creo que a mucha gente le pasa que, cuando quiere expresar un malestar contra la realidad o contra sí mismo, el instinto le empuja a escribir poesía. Eso es lo que se llama la poesía adolescente. Si a partir de los 20 años sigues escribiendo poesía, es que quieres ser poeta. Y eso es muy duro, muy difícil. Es una práctica de depuración, de ir gastando materiales, de ir gastando ingenuidades, y escribes y publicas o no acabas de destruir esas rémoras. Y yo por eso, constantemente, tengo necesidad de volver a la poesía”.

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