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Cuando la víctima no importa a nadie

El condenado por el crimen de la Pensión Padrón fue juzgado en 2013 por la Audiencia Provincial. Sergio Méndez

A veces, la víctima no tiene quien reclame su ausencia, y eso permite a quien le quitó la vida cierta impunidad temporal. Tarde o temprano, un hallazgo casual pone en aviso a las autoridades, aunque el lapso temporal entre lo acaecido y el trabajo de los especialistas da cierta ventaja al criminal. En los casos donde nadie denuncia el crimen, brilla con luz propia el sucedido en la santacrucera Pensión Padrón, donde en agosto de 2010 apareció un cadáver, ya esqueletizado, entre dos colchones. Semejante sorpresa escondía una historia propia de los bajos fondos, del lumpen, tan marginal que incluso asombró a los más curtidos y cuya investigación requirió, más que nunca, de la pericia de los forenses adscritos al Instituto de Medicina Legal tinerfeño. Eso sí, el trabajo policial fue un éxito y el responsable del crimen de la Pensión Padrón, José Antonio Luis Aguiar, fue condenado a 17 años y seis meses de cárcel como autor del asesinato de Ángel Bermejo, si bien la Fiscalía pedía 43 años de prisión dado que consideraba probado que era responsable, además del asesinato, de los delitos de robo con violencia, detención ilegal y lesiones.

Fue en Agosto de 2010, concretamente el día 27. Eran jornadas de calor en la capital tinerfeña, pero también de asombro para los policías nacionales de la patrulla que fue comisionada para atender la insólita llamada de un huesped de la Pensión Padrón, ubicada en el número 114 de la avenida de las Islas canarias, antes del General Mola.
Ni los más viejos del lugar recordaban tan insólita aparición de un cadáver, ya esqueletizado, entre dos colchones de una humilde pensión de capital provincial, negocio regentado por una anciana acostumbrada por la vida a no interesarse por nada relacionado con las andanzas de sus clientes.
La escena con que se topan los especialistas del Grupo de Homicidios es una habitación donde parece que el tiempo se detuvo hace años, una impresión que confirmaron los forenses y, tras los análisis debidos, se pudo fijar en cerca de dos años. Al menos, los inspectores parten con la ventaja de que en el cuarto hay una maleta con documentación del finado.

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Lo sórdido

Si el hallazgo del cadáver de Bermejo causó asombro, la historia que escondía era aún mas espeluznante, si bien la Fiscalía no logró demostrar de forma convincente en el juicio que eran ciertos los indicios sobre el acoso y tortura que sufría la víctima para que cediera su pensión al criminal que lo atosigaba. Para la Policía Nacional, no había duda de que Ángel había sufrido malos tratos, palizas e incluso el secuestro o detención ilegal durante días por parte de José Antonio con el único fin de robarle el dinero que cobraba por dos subsidios del Estado. Eso sí, hasta trabajadores del Albergue Municipal santacrucero explicaron durante la vista oral que la víctima reconocía que le pegaban hasta que accedía a ser robado.

Lo que sí se probó en el juicio, tal y como recoge la sentencia, es que el condenado “le metió un trozo de papel en la boca para que [Ángel Bermejo] no pudiera gritar y valiéndose de su mayor fortaleza, de la diferencia de edad y del deterioro físico que presentaba la víctima, le golpeó con objetos contundentes y punzantes hasta darle muerte. A continuación, para evitar ser descubierto, trasladó el cuerpo sin vida de Ángel Bermejo a la habitación 302, la cual no se usaba en la pensión, colocó el cadáver sobre la cama que había en dicha habitación, lo cubrió con un colchón y colocó encima diferentes enseres, una maleta, un peluche y prendas de vestir para evitar que se descubriera el cuerpo, así como dejó la ventana de la habitación abierta”.
Aunque se esmeró en limpiar los posibles vestigios de su crimen, dicho esfuerzo no fue suficiente para evitar que los especialistas de la Policía Científica descubrieran, a pesar del tiempo transcurrido, vestigios suficientes para incriminarle. En su relato se detalla que la sangre salpicó tanto el suelo como el techo y las paredes de la habitación, así como varios muebles de la misma y la puerta, lo que da cierta idea del infierno que tuvo lugar en una pensión que lleva décadas abierta en la capital tinerfeña cuyos precios son tan asequibles que hasta Cáritas recurrió a ella para alojar a personas sin hogar en el decenio comprendido entre 1993 y 2003. Cuando acabó con su intento de ocultar el crimen, José Antonio abandonó la pensión, sin pagar claro, en unos hechos que tuvieron lugar en 2008 y juzgados en 2013 por la Sección Sexta de la Audiencia Provincial de Santa Cruz de Tenerife.

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El crimen de la Pensión Padrón permitió a los canarios asomarse a un estrato social marcado por la marginalidad, a tal punto que nadie reclamó por la ausencia de la víctima. Porque, a veces, hay personas cuya vida acarrea la condena de que a nadie le interese lo que te pueda pasar.

Lo extraordinario del caso acabó inspirando hasta una novela

No son pocas las peculiariedades que hacen del caso de la Pensión Padrón algo extraordinario, por mucho que este tipo de crímenes siguen siendo, felizmente, algo excepcional en un lugar con el alto nivel de seguridad ciudadana del que disfruta Canarias. Que nadie denunciara la desaparición de la víctima en esos dos años transcurridos desde la muerte al hallazgo casual de su esqueleto y los detalles (finalmente no probados de forma cierta durante el juicio) sobre un sórdido relato de acoso violento para arrebatar lo cobrado por una pensión para la mera subsistencia sorprendieron a la opinión pública. Todo ello acabó inspirando un libro titulado El caso de la Pensión Padrón, obra de Ana Joyanes y Francisco Concepción (La esfera cultural). Bien valorado por la crítica, los “sórdidos personajes, bien tratados literariamente, aparecen como una suave y fina lluvia. Han vivido y sufrido frustraciones (…) en un intento por ofrecerse una oportunidad con la que recuperar sus vidas”.

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