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Otra vez el Mencey

Ahora, con eso de las entrevistas de los lunes para este periódico, he vuelto a frecuentar el Mencey. En una junior suite de ese hotel viví dos años de mi vida, entre azafatas y glamour. Y escribí un artículo sobre mis vivencias en un libro editado por el hotel, con motivo del acceso a su gestión de la empresa actual, Iberostar. El Mencey tiene un fallo, una manía, que me recuerda a la norma del Trinity College de Cambrigde. Sólo pueden pisar el césped los miembros séniors del colegio más aristocrático de Inglaterra; los estudiantes tienen que rodearlo, caminando por el cemento. Cada vez que voy al Mencey, el césped está vallado, porque lo cortan o porque lo abonan. Alguna vez he burlado la norma y el otro día me fotografié con Beatriz Barrera, presidenta de la ZEC, en el medio del círculo verde, como si fuéramos miembros séniors del Trinity, miren ustedes. Me sentí importante. El Mencey es como un santuario para los chicharreros y sus camareros y conserjes de toda la vida tienen conmigo consideraciones especiales. Las tuvieron Ormazábal y Ricardo; y tengo que citar a Miguel Ángel, a Fidel, a Lizardo, a Hilario, a Fajardo y a tantos otros que ya no están y que deberían estar, pero es imposible; han muerto: Guadalupe, Barroso. Vive Julia, jubilada, la gobernanta, que es un encanto de persona. Y ya se han marchado de allí los cocineros: Manzaneque, Juan Carlos y otros muchos. Meca, el metre, paz descanse, se calentaba cuando yo llegaba diez minutos antes del cierre del comedor y pedía un tartar. Muchas veces se lo hice adrede, en medio de las risas de José Domingo, el sumiller, que te servía un Imperial de Cune y te adivinaba el futuro. Siempre he dicho que el Mencey tiene la magia de las notas perdidas de Lecuona. Y el césped del Trinity.

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