Alarma en la cumbre

Una experiencia única que no les gustaría repetir

SERGIO MÉNDEZ

Ayer fue un día que no se le olvidará a muchas de las personas que quedaron atrapadas más de cuatro horas en una de las dos cabinas del teleférico del Teide por una avería cuyos motivos todavía se desconocen. Tampoco a las que estaban en el pico del volcán o en el refugio, como un grupo de 26 estudiantes del IES Las Veredillas, de Tíncer, que fueron allí a pasar la noche para disfrutar del amanecer al día siguiente, pero tuvieron que bajar a las pocas horas.

El amplio dispositivo de seguridad coordinado por el Cabildo y la amabilidad del personal de Bomberos de Tenerife, que en todo momento apoyaron a los afectados, hizo que el trago fuera menos amargo. Las valoraciones sobre la organización diferían mucho unas de otras, igual que los datos sobre el número exacto de personas que había en cada punto y cuántas se rescataban, que cambiaban a cada momento, y la hora en la que comenzó todo.

Lo cierto es que pasadas las 19.00 ya se habían evacuado a las 35 personas que quedaban en cada una de las dos cabinas, 70 en total, confirmó el director comercial de Teleférico del Teide, Joan Rodríguez. Él fue la única persona que hasta ese momento se dirigió a los medios de comunicación presentes, que esperaban en la carretera para poder subir hasta la base inferior, hablar con los afectados y comprobar in situ el operativo de seguridad organizado.

Un objetivo necesario para desarrollar su labor pero que les fue impedido hasta pasadas las 21 horas. A pie de carretera, la Guardia Civil de Tráfico realizó un enorme esfuerzo por coordinar la entrada y salida de vehículos que se dirigían a la base, una escena en la que se mezclaban familiares preocupados, algunos taxistas que esperaban a sus clientes que habían quedado atrapados, y afectados que conseguían bajar por su propio pie.

Entre estos últimos hubo algunos que pese a los nervios quisieron dar su testimonio. Es el caso de Dezo y Judit Toth, una pareja de húngaros que aseguró que era una aventura que no les gustaría volver a repetir.

SERGIO MÉNDEZ SERGIO MÉNDEZ SERGIO MÉNDEZ SERGIO MÉNDEZ SERGIO MÉNDEZ SERGIO MÉNDEZ SERGIO MÉNDEZ SERGIO MÉNDEZ SERGIO MÉNDEZ SERGIO MÉNDEZ SERGIO MÉNDEZ
<
>
SERGIO MÉNDEZ

Con el mismo humor se lo tomaron Burgi e Irmi, dos austríacas alojadas en Puerto de la Cruz y que reían constantemente. Ellas pudieron bajar solas pese a haber estado cuatro horas encerradas en una de las cabinas y se fueron conduciendo el coche que alquilaron. Lo vivido no les impedirá volver a Tenerife porque dijeron que es un lugar que les gustó mucho.

No fue el caso de Sylvia Kruk, una ciudadana polaca, que subió sola a la cima, ya que su esposo y su pequeño hijo se quedaron esperándola. Era su último día en la Isla y se quiso despedir con una visita al Teide que terminó siendo desesperante y en la que pasó un poco de miedo, confesó.

Lo mismo vivió Agneta Carlsson, quien desde las 13.00 esperaba por su esposo que había subido dos horas antes y le avisó con un mensaje de móvil que había quedado atrapado. Ella no se movió del lugar y pese a sus esfuerzos por conservar la calma, se la notaba intranquila. La llegada de la coordinadora del equipo de psicólogos, Virginia Sánchez, y su deseo de subir a la base inferior a ver si veía a su pareja, lograron sosegarla.

Una vez allí, el ambiente era diferente. Había algunas caras de preocupación, sobre todo por la falta de batería en los teléfonos móviles que impedían la comunicación con las familias. No faltó comida y chocolate caliente para combatir el intenso frío ni apoyo de los profesionales.

José Mejías, de Granada, y su compañera, Belén Robles, de México, no se habían ido preparado para pasar tantas horas en el Teide ni habían llevado la ropa adecuada para combatir el frío. El joven aseguró que faltó información, pues “arriba nadie les decía nada”, pese a que los vigilantes hicieron todo lo posible para que estuvieran bien. Fueron de los primeros que esperaban para montar en el teleférico y, sin embargo, “los dejaron allí tirados. Les dieron muchas vueltas y por eso a las cinco y media decidieron bajar caminando, antes de que se hiciera de noche”, comentó.

Ainoa, Noah, Víctor Manuel y Alberto formaban parte del grupo de estudiantes del instituto de Las Veredillas. Ellos confesaron que tuvieron que ayudar a bajar a un grupo de gente mayor porque así se los pidieron algunos bomberos.

Empezaron a subir a las ocho de la mañana, llegaron al refugio a la una del mediodía y hasta las siete estuvieron haciendo tiempo, cuando “les podían haber avisado mucho antes.”

Transcurridas las horas, el nerviosismo inicial dejó paso a algunas risas y a una relativa tranquilidad, indispensable para poder pasar la noche. Hubo hasta ironías de gente que aseguró que había vivido una experiencia única, pese a que no volverían a repetirla “ni por todo el oro del mundo”.

TE PUEDE INTERESAR