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Un cuarto de siglo de la llegada del hombre que cambió el CD Tenerife

Jorge Valdano entrenando al CD Tenerife. DA

Ocho partidos fueron suficientes para cambiar la historia de un club modesto como lo era el CD Tenerife. Una institución acostumbrada al bocata de mortadela y a los largos viajes en guagua por la península. Pero su presidente, el malogrado Javier Pérez, se había cansado de esta trayectoria y soñaba con un Tenerife grande, animador de la liga de Primera, que tuteara a los mejores de Europa. Solo tenía un problema: el equipo, por aquel entonces, un 15 de abril de 1992, estaba condenado al descenso. Quedaban ocho encuentros para evitar lo que parecía inevitable. Jorge Alberto Valdano obró el milagro.

El entrenador argentino apenas sabía del Tenerife. Su principal referencia de aquel equipo de la parte baja de la tabla era un tal Fernando Carlos Redondo, compatriota suyo y jugador de su cuerda: diferente, elegante, regateador, inteligente, superior al resto. Era impensable que el preparador de Santa Fe estuviera destinado a cambiar la historia, para siempre, de aquel equipo.

De hecho, su fichaje fue raro. Ni Solari, ni Azcargorta ni Cantatore habían logrado cambiar la cara triste de un equipo que le quedaban ocho finales de órdago, contra rivales como Valencia, Barcelona, Sevilla y Real Madrid, entre otros.

Pérez apostó por un entrenador sin experiencia en los banquillos, más allá de haber dirigido a los juveniles del Real Madrid. No obstante, su pasado como jugador había sido brillante, especialmente en el conjunto blanco, al que más tarde entrenaría con cierto éxito, y en la selección albiceleste.

Su fichaje generó más críticas que halagos. No se entendía que un técnico sin experiencia fuera a salvar a un equipo que agonizaba en el pozo de la tabla.

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Hasta la manera de aceptar la proposición tinerfeña fue extraña. Valdano, con 37 años por aquel entonces, se encontraba en Turín, desde donde iba a comentar el Torino-Real Madrid de la Copa de la UEFA. Por aquella época estaba íntimamente ligado a varios medios, especialmente de radio y de prensa escrita. Vía telefónica recibió la propuesta de Javier Pérez y dio el sí.

“Ahí los tienes, arréglate”, le dijo el presidente el día que le presentó en el vestuario a sus jugadores, tal y como recoge el libro Valdano, sueños de fútbol, obra literaria de Carmelo Martín que relata con todo lujo de detalles todos los momentos que vivió el preparador en los dos años que estuvo en la Isla.

Valdano habló al grupo, presentó a su equipo de trabajo, compuesto por Ángel Cappa y Aberto Giráldez. Luego se dirigió a todos y cada uno de los jugadores a solas, en la intimidad del vestuario. Pero quedaba lo más importante. Ver a su nuevos pupilos en acción. Ordenó un partidillo. Teóricos titulares contra teóricos suplentes. Lo que presenció le horrorizó.

Su nuevo equipo estaba compuesto por jugadores sin alma, que no disfrutaban de lo que hacían. Paró y volvió a hablarles. Les dijo que aún no había firmado el contrato, pero que no se iría porque estaba convencido de que ellos eran mucho más futbolistas de lo que le habían mostrado. Les animó a cambiar y a jugar una segunda parte. Tal discurso, adornado por la retórica de Valdano, caló hondo en un plantel que cambió radicalmente. El problema estaba claro y detectado: era de índole mental.

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Había que convencer a aquellos jugadores de que eran infinitamente mejores de lo que decía la clasificación. Vaya que lo eran. El Tenerife derrotó al euroValencia, luego al Barcelona, al Sevilla y al Real Madrid en la última jornada. Y salvó la categoría y cambió para siempre la historia del CD Tenerife.

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