Tribuna

Para don Juan Hernández y Bravo de Laguna

Como decía con tanta humildad el gran historiador galo Fernand Braudel, autor de esa obra inmensa que es El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II, “La historia es el cuento de nunca acabar, siempre está haciéndose, superándose. Su destino no es otro que el de todas las ciencias humanas. No creo, por lo tanto, que los libros de historia que escribimos sean válidos durante decenios y decenios. No hay ningún libro escrito de una vez por todas, como ya sabemos”.

Lo observado por Braudel ha sucedido con la historia de la conquista y la colonización de Canarias y hay tesis para todos los gustos sobre lo que significó ese magno acontecimiento. Algunas de esas tesis que hablan de la destrucción de la población aborigen no provienen, como malévolamente comenta en su artículo Genocidio y ciencia, publicado en este mismo diario el jueves último, el señor Hernández y Bravo de Laguna, solo de fuentes como la de Secundino Delgado, las hay más recientes y más cercanas al profesor Hernández y Bravo de Laguna y al que esto escribe.
A veces conviene leer a los colegas del mismo claustro antes de aventurarse en la crítica gratuita de algunas conductas políticas y cívicas. Como conviene leer a don Antonio M. Macías Hernández y conocer y estudiar su teoría de la “destrucción demográfica” de la población guanche. No tenemos que ir sino a uno de los meditados y documentados artículos de nuestro colega, catedrático de Historia y de Instituciones Económicas de la ULL, Expansión europea y demografía aborigen, recogido en su libro Revisiones y provocaciones (Santa Cruz de Tenerife, Ediciones Idea, 2003, con prólogo de Alfonso González Jerez), y leer algunas de sus páginas, como la 68 y 69, donde, contrastando la población aborigen canaria anterior a la conquista castellana, estimada en unas 100.000 personas, a través de fuentes como la de Fray Bartolomé de las Casas, con la basada en un informe de la Inquisición de 1504, que evalúa la población guanche después de la conquista en una 1.200 familias, llega a la siguiente conclusión: “…podemos entonces estimar en 6.000 habitantes la población total netamente indígena [sobreviviente], cuando un siglo atrás ascendía a la cifra estimada de 100.000; en consecuencia, el grado de destrucción de la población indígena de Canarias en el transcurso del siglo XV se podría apreciar entre el 90 y el 95 por ciento de sus efectivos”. O como la página 62 de esa misma obra de Macías Hernández, donde también se lee lo siguiente: “Desde principios del siglo XIV, la sociedad aborigen [canaria] conoció los efectos de un proceso aculturativo, definido en términos de genocidio y etnocidio”.

¿Lo leyó don Juan? ¿Lo estudió? ¿Destruir el 90 o el 95 por ciento de un pueblo no podemos llamarlo genocidio, sea este producido por la fuerza de las armas, las deportaciones esclavistas o agentes patógenos como la peste traída por los conquistadores?

No es Secundino Delgado el que escribe eso. Por cierto, un Secundino Delgado cuyo único pecado fue pensar en un pueblo libre, por lo que fue represaliado por el Estado español y luego indemnizado por ese mismo Estado con 12.500 pesetas de ¡1905!, tal y como nos informa otro gran estudioso de ese periodo de nuestra historia, como lo es el profesor Manuel Hernández González, en su obra Secundino Delgado: El hombre y el mito. Una biografía crítica (Santa Cruz de Tenerife, Ediciones Idea, 2014, p. 182).

El antinacionalismo canario actúa desde hace muchos siglos y a veces interviene para desprestigiar gratuitamente a los que profesamos, sin sectarismos ni chauvinismos, la ideología opuesta.
Ya estoy mayor, pero sigo aceptando lecciones, como no podía ser menos, aunque a veces los que pretenden dar lecciones debieran conocer antes todo lo que se ha dicho sobre lo que hoy nos concierne en estas líneas: lo que pasó durante la conquista y la colonización de Canarias por parte europea.

La historia, como nos dijo Braudel, con una humildad de la que algunos deben aprender antes de lanzarse al ruedo de las descalificaciones, sigue haciéndose y superándose. Hasta contradiciéndose. Pero, a mí, indagaciones como la del profesor Macías Hernández siguen pareciéndome tan válidas como las de otros investigadores que no llegan a las mismas conclusiones. Respeto para todos.

Una cosa está clara: sigamos interesándonos por la Historia de Canarias y divulgándola lo más posible y con todo rigor -tanto en lo positivo como en lo negativo, como ha sugerido con acierto Antonio Tejera Gaspar, catedrático de Arqueología de la ULL, en las mismas páginas de este periódico- en lugares como nuestros museos. Muchos siglos después, ante el paredón de lo que llamamos ciencia, las cosas dejan mucho que desear y las dogmatizaciones, en un sentido o en otro, sobre todo cuando se ideologizan con perversidad, son peligrosas. ¿No cree, señor Hernández y Bravo de Laguna?

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