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Hernández-Rubio y West Point

El profesor don José María Hernández-Rubio y Cisneros, buen amigo que fue de quien esto escribe, catedrático, ya fallecido, de Derecho Político de la Universidad de La Laguna y profesor de la Escuela de Periodismo, era un hombre singular. Hay algunas anécdotas muy sonadas suyas, como cuando intentó entrar en una prestigiosa sociedad chicharrera con dos putas colgadas de sus brazos. Fue abordado por el educado conserje mayor, que le dijo: “Perdone, don José María, pero usted no puede entrar aquí con estas dos señoritas de dudosa reputación”. A lo que el insigne profesor le respondió: “De dudosa reputación, no; estas dos son putas.

Las que son de dudosa reputación son las señoras que están dentro”. Pero yo quería hablar de otra cosa. Cuando se celebraba un examen final, don José María ponía encima de la mesa, en el estrado, dos tongas de papeles, una de ellas muy voluminosa y otra, menos. Y decía, riéndose a carcajadas: “Esta tonga es la de las recomendaciones del señor obispo” (a la sazón don Domingo Pérez Cáceres quien, en su infinita bondad, recomendaba a todo el que se lo pedía). Ante el jolgorio general, añadía: “Y esta otra, más modesta, es la de las recomendaciones del señor gobernador civil”. Y a continuación los suspendía a todos. Ayer escuché por la radio que para entrar en la Academia Militar de West Point, la más prestigiosa del mundo, había que tener una nota “de corte” (qué ridiculez de expresión, que sólo se usa en España) muy alta, altísima. A la altura de las de Harvard o de Princeton. Pero, además, es absolutamente imprescindible una carta de recomendación del presidente o el vicepresidente de los Estados Unidos, o de un congresista o senador USA. En España, país de tarados, estas cartas acabarían en las manos de los fiscales anticorrupción.

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