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Miserables

El profesor Doménech, catedrático de Pediatría de la Universidad de La Laguna, fue rector durante dos mandatos. Yo no lo conozco personalmente, conozco a su hija María, que es compañera de profesión. Pero su discreción y su respeto a la institución fueron grandes. Y su labor, callada y profesional, creo que merecen un respeto. Mas la miseria de esta Universidad no tiene límites. Así le va: algunas de sus facultades están a la cola de los centros universitarios españoles. El profesor Doménech pidió convertirse en profesor honorario, u honorífico, que no sé cómo se llama ahora, de la Facultad de Medicina. Es este un cargo puramente de reconocimiento, sin sueldo; sólo le permite tener un pequeño despacho en el centro docente y seguir en contacto con la comunidad universitaria, una vez se alcanza -como es el caso- la jubilación.

O, incluso, otorgado por determinados méritos reunidos por el interesado a lo largo de su carrera docente. Pero la miseria universitaria está tan arraigada en La Laguna que su propio Departamento le negó al profesor Doménech tal ínfimo honor. Yo fui profesor honorífico de la Complutense y tengo el diploma colgado en mi despacho. Lo consideré siempre un gesto de amistad y de cariño del claustro de Periodismo, cuyo decano era el profesor Ángel Benito Jaén. Y así lo sigo considerando. A mí me jubilaron de la docencia las envidias de la Universidad de La Laguna; y Madrid quedaba muy lejos para ejercerla, si decidí vivir en la tierra donde nací. En esta mierda de islas llenas de empujones y de pisotones y de hijoputas. La Universidad de La Laguna no merece a gente capacitada y buena como el profesor Doménech. Así que lo mejor es que coja el petate y se vaya a su casa, porque la comunidad universitaria tampoco merece ser honrada con gente como él.

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