Chasogo

Núñez

Núñez era un meapilas y un charlatán. O un charlatán y un meapilas.

Terminada la carrera y concluidas las oposiciones fui nombrado forense de aquella pequeña ciudad a la orilla del mar. El trabajo no era muy pesado. Tal vez lo más engorroso eran los numerosos papeles con los informes que había que dar a las autoridades por cuadriplicado ejemplar muchas veces al día, muchas veces a la semana. La parte administrativa no me gustaba, pero lo compensaba el trabajo práctico, es decir, las autopsias.

El lugar donde se realizaban, en un viejo edificio que en algún momento pasado fue convento de monjes dominicos, no era el más adecuado. Pudiera ser el idóneo en una película de miedo con mucha sangre y los muertos vivientes subiendo por las escaleras. Y, además, el cuarto donde se realizaban las necropsias, llamado por los dos ayudantes que me tocaron en suerte, el cuarto de los callados, era húmedo, con grandes manchas amarillentas en las paredes y tenía una gotera que parecía ponerse en marcha, lloviese o no lloviese, tan pronto como comenzaba algún trabajo forense.

Administrativamente hablando, Núñez era mi superior, aunque sabía tanto de medicina forense como yo de álgebra cuántica (si es que existe esta ciencia). El hecho de que fuéramos algo así como paisanos (éramos de distintas provincias pero de la misma Comunidad Autónoma) parece que fue el origen por el cual me acogió en su vida con cierto afecto.

Pero era un charlatán incorregible. Un par de minutos al alcance de su locuacidad era soportable, pero no tanto cuando el tiempo se alargaba y parecía no tener fin. Cuando intentaba sonreír, y digo intentaba, porque realmente nunca llegué a oírle una carcajada franca y sonora, sólo le asomaba aquella especie de rictus facial que deformaba su cara y que le hacía enseñar una dentadura en la que muchos dentistas hubiesen encontrado una fortuna. No era un adonis, pero la mueca le hacía aún más feo.

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Y hablaba y hablaba, de todo lo divino y de todo lo humano. Especialmente de lo divino pues era un hombre de iglesia en el sentido de acudir a toda celebración religiosa así como a los triduos, adoraciones nocturnas y novenas que cayeran cerca. En su casa, a la que acudía de vez en cuando, no por la facundia del dueño sino por la gracia de su hija mayor, se rezaba el rosario cada tarde. Y no estaba sólo en el rezo nuestro amigo Núñez, pues le acompañaban su esposa y sus innumerables hijos.

Era, supongo, otra forma de no permanecer callado mientras desgranaba letanías y ora pro nobis uno detrás de otro en interminable retahíla. Su lengua era incapaz de estarse quieta en su cueva de la boca mucho tiempo. Y como sabía de todo, tan pronto enlazaba el matrimonio de menganito con la caída de zutano o la última pifia del gobernante de turno, todo sin parar, en una ilación increíble pero efectiva, ya que era prácticamente imposible ponerle el stop.

Su domicilio parecía un cuartel dirigido por un tiránico jefe militar, como mínimo coronel. Su esposa, santa mujer, cuya cara era la imagen de la tristeza perenne y que, muy posiblemente fue guapa en otro tiempo, obedecía sin chistar los mandatos de su amo y señor. Por ello mismo, suponemos, daba a luz bebé tras bebé, año tras año, con sólo la interrupción provocada por un aborto, lógico en un cuerpo que parecía no almacenar mucho más de medio litro de sangre. En los años que transcurrieron desde mi llegada hasta que abandoné la población, año tras año, siempre encontré pañales tendidos en la pequeña azotea de la casa de Núñez Y si, cuando nuestra amistad aumentó, osé en algún momento indicarle con suavidad que tuviese un poco de cuidado en sus relaciones íntimas, me miraba, esbozaba su sonrisa que sólo ocupaba media boca y decía. “Silencio, que tu no tienes vela en este entierro”.

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Esta frase, que repetía a diestro y siniestro, como un aviso de que el perro podía morder si se le excitaba excesivamente, bastaba para que sus interlocutores bajasen la cabeza y murmurasen un lánguido y casi inaudible “Perdón”.

Sus hijos eran como fichas de un dominó que él dirigía, gobernaba y colocaba, sin que alguno de ellos se atreviese a presentar la más mínima resistencia. Se me olvidaba comentar que, cuando se enfadaba, lo cual ocurría por lo menos en su casa muy a menudo, de su boca salían, aparte de numerosos tacos y palabrotas, unos sonidos de tono tan agudo que hacían temblar los cristales de la habitación donde se desarrollaba el problema.

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