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Franco, ese hombre

Le robo el título a José Luis Sáenz de Heredia, que dirigió y despidió aquel documental que obligaban a ver los gobernadores civiles, llamado Franco, ese hombre. Petain dijo que Franco era la más limpia espada de Occidente; y Luis de Galinsoga escribió Centinela de Occidente, un relato adulatorio del franquismo en su más pura esencia. La manía aquella de asociar la figura del viejo general con el punto cardinal. Todos pensamos que Franco se había acabado con la Transición, pero luego llegaron los progres del PSOE y se inventaron lo de la memoria histórica, esto es, derribar estatuas ecuestres del caudillo y desenterrar los muertos de las cunetas. Al PSOE le encantaba el instante en que caía el caballo. Se producía un murmullo entre la escasa asistencia, porque lo derribaban de noche, para evitar que el otro extremo se sublevara. Y ahora tenemos más fiesta: los de Podemos y demás, también la “otra derecha”, quieren desenterrar a Franco, que está incorrupto -no por santo, sino por obra y gracia del formol- de su cómodo aposento de Cuelgamuros. Otra estupidez, porque allí no molesta a nadie, está enterrado y bien enterrado y cualquier intento de moverlo podría provocar su resurrección. Y, entonces, a ver quién corre más, si Pablo Iglesias, Albert Rivera o Echenique con su buga. Este país, ya se sabe, yo lo he dicho muchas veces, es un garito de imbéciles irredentos, que no quieren trabajar sino armar el follón por las cosas más estúpidas. Como si no tuviéramos otros problemas. Unos se maman lo que pueden y los otros, los que no trincan porque no gobiernan, se acuerdan de Franco. Memos, que son unos memos. Y siempre lo serán. Franco, ese hombre, sigue, de momento, bajo mármol. En vida andaba bajo palio.

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