la carta

Los crímenes del número 8.808

Cuando el miércoles felicité con un tuit a Pedro García Cuartango y toda la redacción de El Mundo por haber alcanzado la cota de los 10.000 números, proclamando a la vez mi “orgullo” como arribafirmante de los 8.808 primeros, un querido amigo, adicto a la numerología, me advirtió de que deliberadamente o no, estaba haciendo una referencia maliciosa; pues ese es también el número de la Newbury Road de Portland en el que se cometen los sádicos crímenes de la película Untraceable, que tanto éxito de taquilla tuvo en 2007, con el nombre castellano de Rastro oculto.
El que la trama de la película, protagonizada por Diane Lane en el papel de una agente del FBI especializada en delitos informáticos, abriera el debate sobre las barbaridades que cabe cometer en internet y la función del periodismo para evitar fomentarlas, podría alentar esa teoría enrevesada. Por eso pongo la venda antes que la herida: que mi segunda criatura periodística, a la que dediqué un cuarto de siglo de vida entre Diario 16 y EL ESPAÑOL, haya pasado esa reválida, al cabo de tantas tribulaciones, solo es para mí motivo de celebración y júbilo.

Y si cabe algún otro ingrediente, es el del homenaje a los tres o cuatro centenares de extraordinarios periodistas que, a lo largo del tiempo, integraron la tripulación que mis vicealmirantes, Casimiro García Abadillo, Miguel Ángel Mellado y Fernando Baeta, me ayudaron a liderar desde el puente de mando hasta el último momento. Ni a los que allí siguen, ni a los mundo-mundiales de la diáspora podrá nadie despojarnos del legado de excelencia y la huella de resistencia democrática que dejamos juntos. Somos Historia viva, compañeros.

Queda pues para otra ocasión, cuando algunas idas y venidas del áspid que teníamos dentro hayan sido desveladas, la radiografía de aquellos crímenes del número 8.808. Pero baste imaginar dónde estaríamos, ahora que la impostura del que era nuestro principal competidor ha quedado en evidencia; baste imaginar el papel que habríamos cumplido durante estos tres últimos años, fustigando la corrupción del marianismo, sin restricciones ni llamadas a capítulo como las denunciadas por mis sucesores, con nuestra potencia de fuego intacta; baste imaginar la proyección que habríamos alcanzado en todos los soportes, de haberse preservado, con su precursor cambio de piel, la unidad editorial de aquella mítica acumulación de poliédrico talento, para entender la utilidad que tuvo para el poder el descuartizamiento que mutiló la construcción de dos décadas y media. Eso no hace sino añadir mérito al mérito con que el gran Cuartango, Lucía Méndez, Iñaqui Gil y los demás queridos cómplices de todas esas bellas horas mantienen hoy el edificio en pie.

El que pase una vez más piadosamente de puntillas sobre aquella degollina no empece, sin embargo, para que me haga eco de las recientes referencias de otros colegas al papel que desempeñaron César Alierta y Mauricio Casals, aportando el músculo económico y el cerebro maléfico, como plenipotenciarios de Rajoy y Soraya, en el proceso de “reordenación”
-así le llamaban- del mapa mediático, al pairo de la virulencia de la crisis. Máxime cuando los frutos agraces de su siembra siguen aflorando como expresión del subsiguiente bastardeamiento de la ética periodística, en las páginas del sumario de la Operación Lezo.

Sosiéguese el monaguillo. Cuando otros mucho más grandes que él trataron de convertir denuncias sustanciadas ante los tribunales en guerras mediáticas, o no digamos en batallas personales, yo jamás mordí el anzuelo. El “anda que tú” carece aquí de la menor importancia. Lo que afecta a los ciudadanos es la utilización de un tinglado de apariencia editorial, sustentado en concesiones públicas, machihembradas en régimen de duopolio, para adulterar el proceso político en beneficio de una banda de delincuentes.
Las pruebas irrefutables de que a la vez que coaccionaban a la Cifu, Mauricio Casals ejercía de protector de Nacho González, ante un consentidor Ferreras, ya pulverizaron la semana pasada la coartada del “placebo” y la “mentira piadosa” para “engañar” al soldado Edmundo que tuvo que tragarse el juez Velasco. ¿O es que también fue “mentira piadosa” que Casals llamó a su, en este caso, diácono, coadjutor o presbítero; y resulta que la desaparición de la noticia incómoda para el jefe de los saqueadores del Canal, de la parrilla carmesí rusiente, fue fruto de un poltergeist o abracadabra?

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Queda por aclarar, eso sí, quién indujo a la presidenta de Madrid a ocultar la verdad en su testifical plasmática, pero alguna pista ofrece la nueva entrega de EL ESPAÑOL sobre “la mayor de las putadas que se puede hacer a alguien”. ¿Fue acaso Soraya para evitar que el empitonamiento de Casals -el fiscal quería enviarlo esa noche a prisión- descosiera las costuras de trabajos por encargo tales como la mediación entre Bárcenas y la policía o las propias fechorías mediáticas? ¿O fue acaso Cospedal por miedo a que la conexión de Casals con la banda de los González sirviera de pieza de dominó hacia la conexión de la banda de los González con su propio entorno, incluido el marido de los “27.000” líos?

Hay que reconocer el virtuosismo del sádico del 8.808 de Newbury Road –vulgo vestíbulo del Palace- al tratar de envenenar a su víctima con la ponzoña de dos puñales ajenos, untados en un sondeo de opinión manipulado. Su implacable determinación ante los balbuceos del monaguillo -“Esto no se lo podemos hacer…”-, abomba su capa tenebrosa: “¿Cómo que no se lo podemos hacer?”, claro que se lo podemos hacer, vaya que si se lo vamos a hacer. La conversación grabada por la UCO fue en febrero. Se aproximaban los idus de marzo. A la Cifu “la iban a matar las otras”. Soraya y Cospedal: “las otras”.

No me extraña el arrobo que el designio de su Príncipe desató en el gentil paje: “Me gustaría ser tan listo como él”. Es el eco de Emilio Butragueño hablando de su “ser superior”, la sombra de Manolo Cobo ejerciendo de “esclavo moral” del suyo o la estampa pitufesca de Azrael caracoleando zalamero alrededor de Gargamel. Pero el copyright de la maléfica carambola de Casals, corresponde una vez más a Shakespeare.

El 39,1% de preferencia como sucesora de Rajoy otorgado a la Cifu, frente al 37,7% de Soraya y el 36,6% de Cospedal es el pañuelo de Desdémona colocado por Yago en la alcoba de Casio para activar los celos mortíferos de Otelo. Qué más daba que aquello no tuviera ni pies ni cabeza, que los porcentajes atribuidos a opciones presentadas como excluyentes sumaran mucho más de cien. La rivalidad política iba a nublar el entendimiento de las “niñas asesinas” de Jiménez Losantos con la misma contundencia con que el sentido posesivo del amor nubla el del moro de Venecia.
Es significativo que la ponzoña del sádico tenebroso hubiera sido destilada por él mismo en la retorta de su bandidaje. ¿Cuánto dinero le estará pagando esta a La Razón para que le hagan un homenaje así?, debieron de pensar, con ansia de emulación, las dos preteridas por el escaso margen de unas estimulantes décimas. Pero más elocuente aun es el hecho de que la dinámica desatada responde a la realidad de la irrespirable atmósfera interna de unos partidos políticos en los que no hay nada tan peligroso como despuntar, tener ideas propias, acumular méritos y reconocimiento público. Cuando en otro pasaje de las grabaciones Casals le explica a Edmundo que lo que le conviene es “hacerse el boludo” para pasar desapercibido, cualquiera diría que está transmitiéndole la arcana flor de su secreto que Rajoy le confió una tarde de calceta, antes de dejar el Marca por el sudoku.

No llego al extremo de Simone Weil cuando en su Nota sobre la supresión general de los partidos políticos los define como “organismos pública y oficialmente constituidos para matar en las almas el sentido de la verdad y la justicia”. Pero tampoco me atrevería a contestar negativamente a la pregunta que planteó André Breton en Combat en 1950, tras la publicación del opúsculo de su amiga: “¿No habrá en la estructura de todo partido político una anomalía redhibitoria, un vicio fundamentalmente perjudicial para el hombre?”.

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Algunas cosas que hemos visto en Podemos, lo que se está viviendo hoy en el PSOE, pero sobre todo el perpetuo chapoteo en el albañal de este PP en el que una rama corrupta trata de blindarse frente a la justicia grabando cintas demostrativas de la similar corrupción del tronco, mientras el responsable de todo se limita a escuchar a todos con la obscena alteridad del policía de La vida de los otros, nos llevarían más bien a asentir. Sí, los partidos políticos son una genuina secreción del fuste torcido de la humanidad y es en el sistema republicano que tan alentador resultado acaba de dar en Francia donde hay que buscar los mecanismos para limitar su expansividad, mediante una auténtica separación de poderes.

Pablo Iglesias sostiene que hay medios de comunicación que se comportan como verdaderos partidos y los “tremendos” sucesos de estas últimas semanas le dan en parte la razón. Muchos de los periodistas que pespuntean hogaño la cadena de montaje del Principado de Tinieblas, dignos émulos de los que festoneaban antaño las ruedas de molino de Polancolandia, parecen en efecto clones de los sectarios cuadros dirigentes de los partidos que tienen decidido a quién van a dar la razón antes de que sucedan los hechos y nunca permiten que la realidad les estropee un titular favorable al jefe.

Nunca sabremos si fue antes el huevo de la putrefacción del sistema mediático o la gallina de la putrefacción del sistema político. Sólo el impulso del pluralismo, la transversalidad en los acuerdos regeneracionistas y la desconcentración del poder -no una moción de censura estéril, no un quítate tú para ponerme yo, no una nueva guarida en la que un nuevo sádico cometa crímenes similares- podrán introducir cambios significativos en ambos territorios.

Pero mientras eso sucede de forma gradual, es preciso advertir que estamos ante una situación-límite que exige una respuesta a la altura de la gravedad de los hechos. Cuando estalló el escándalo del News of the World el denostado Rupert Murdoch tuvo el coraje necesario para cerrar el periódico y fulminar a algunos de sus más próximos colaboradores. Sé muy bien el desgarro que eso supuso para él -entre otras cosas porque me lo explicó por aquellos días en mi casa de Mallorca-, pero así fue como pudo mantener su autoritas como editor del Times o el Wall Street Journal.

Las circunstancias son distintas y probablemente los remedios también. Que nadie diga pues que yo estoy proponiendo cerrar nada. Nunca sabremos qué habrían hecho ante esta crisis reputacional -que incluye también oscuras conexiones internacionales- Lara abuelo o Lara padre e ignoro cuál es el margen de maniobra accionarial de Lara hijo. Pero hay una escena de Untraceable en la que la cámara de los horrores del número 8.808 ha devenido en plató de televisión en directo, de forma que el espeluznante final preparado para Diana Lane va a depender del ritmo de crecimiento de la audiencia. Desde el cuartel general del FBI un veterano policía percibe la cruel ecuación: “Cuanta más gente lo vea, más deprisa morirá ella”. Aquí y ahora, “ella” es la calidad de nuestra democracia; y el morboso espectáculo, el que en forma de guiñol se emite a diario mediante la plutocrática acumulación de graciosas concesiones, otorgadas en aras del interés público.

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