Mis queridos amigos y enemigos

“Me llamaban catedrático, pero no saqué el graduado escolar hasta los 40 años”

Fotos: Andrés Gutiérrez

Una vez, siendo nosotros dos pibes, en los tiempos del blanco y negro, Miguel Velázquez y yo nos sentamos en la misma terraza que el pasado miércoles, en el hotel Mencey. Miguel llevaba entonces una chaqueta negra y una camisa oscura, como de gánster. Yo iba también de chaqueta, más clarita. Yo era entonces un jovencísimo periodista. Recuerdo que me dijo: “Sé que esto no dura toda la vida, hay que aprovechar el momento”. Como ocurre en las canciones de Braulio, Miguel Velázquez Torres ha regresado a su tierra. Tiene 72 años, dos y pocos meses más que yo. A los 21 años fue campeón del mundo militar de boxeo. “¿Tú sabes lo que es tener a un sargento diciéndole a tu rival, desde el borde del ring: ¡tíralo, dale, pelea!?; aquellos tíos se volvían locos. Pero yo les gané a todos”. En el año 76 fue proclamado campeón del mundo de los superligeros, frente al tailandés Saensak Muangsurin, un prodigio físico que sólo disputó 20 combates profesionales, 16 de los cuales ganó. Ya murió. Los jueces lo descalificaron porque, tras sonar la campana, le dio un golpe en la nuca a Miguel y lo tiró. ¿O se dejó caer? Luego Muangsurin le arrebató el título en Segovia, en dos asaltos. Pero la más importante victoria de Miguel la logró contra el, hasta aquel momento, invicto escocés Ken Buchanan, quizá el mejor boxeador europeo de todos los tiempos. Miguel Velázquez le ganó el título de Europa en Madrid y hasta lo mandó a la lona de un golpe certero, algo que jamás le había ocurrido al británico sobre un ring. Años más tarde, Buchanan sería campeón del mundo. Tres medallas al Mérito Deportivo, una de oro y dos de plata. Y miembro de la Real Orden del Mérito Deportivo. Olímpico en Tokio.

-¿Se come con una plaza a su nombre en Santa Cruz?

“No, yo como con los setecientos y pico euros al mes de mi pensión”.

-¿Y no les da vergüenza a quienes rigen Canarias tenerlo a usted aquí y no aprovecharlo para que forme jóvenes, para que les inculque eso que llaman “valores del deporte”?

“Pues no, parece que no les da vergüenza, qué quiere que le diga”.

-¿Sabe que en los Estados Unidos, estando como está usted, lúcido, perfecto, sería profesor de boxeo?

“Sí, pero estamos en Canarias, en España; ojalá me hubiera ido cuando tuve oportunidad”.

-¿Ganó mucho dinero con el boxeo?

“Sí y no; bueno, lo que se ganaba antes”.

-¿Y dónde está?

“Tengo tres hijos, uno es médico; la otra abogada y la tercera, maestra, psicopedagoga. Compré casas y me lo gasté porque tenía que vivir. Durante más de 20 años trabajé en Madrid como taxista. No se ganaban fortunas, como algunos deportistas de hoy”.

-¿Cuánto fue la bolsa del campeonato del mundo ante Muangsurin?

“Pues póngale unos dos millones de pesetas, pero dese usted cuenta de que un piso costaba 400.000 pesetas, entonces”.

-¿Es verdad que no sabía leer ni escribir hasta los 40 años?

“No, no es verdad. Pero sí es cierto que no tenía estudios; saqué el título de graduado escolar de mayor, a esa edad, pero leer y escribir sabía, más o menos”.

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-¿Cuántos combates disputó como profesional?

“Entre 70 y 74, no recuerdo con exactitud. Y más de 100 como amateur”.

-¿Boxeó contra Pedro Carrasco?

“Sí, me ganó por un punto, gracias a un árbitro que eligió Renzo Casadei, su preparador. Se llamaba Perotti, catalán; ya murió”.

-El boxeo no le ha dejado huellas, Miguel.

“Soy, incluso, más guapo ahora” -se echa a reír.

-¿Cómo le vino la afición?

“Trabajaba en la Ibérica, en la Refinería, de pinche. Un amigo mío hacía guantes en el gimnasio del estadio. Le acompañé alguna vez y me fui aficionando. Soy de origen muy humilde. Soy el segundo de seis hermanos. Este año se me han muerto dos hermanas. Mi padre había sido fogonero de los correíllos y luego jornalero. Apenas teníamos para comer”.

-¿Y a qué edad se retiró?

“A los 32 años, cuando perdí con Muangsurin, me alejé del boxeo. Recuerdo que, tras la pelea, vino a verme un promotor chino que me ofrecía 10.000 dólares por un combate allí, en China, con pasajes y estancia gratis para toda mi familia. Le dije que no”.

Foto: Andrés Gutiérrez

-¿Quién fue el hombre que más le ayudó en su vida deportiva?

“Pampito Rodríguez, mi preparador. Cuando vine de Tokio, de la Olimpiada, me quedé en Madrid, hice el servicio militar en el cuartel de Cibeles y ahí empecé a destacar. Gané el campeonato del mundo militar. Y, más tarde, ya llegaron los de Europa y del mundo. Pampito siempre estuvo ahí”.

-¿Posee alguien en España un palmarés similar?

“Yo creo que no. Seguí una especie de ejemplo militar: dicen que el bueno no es el que gana batallas, que perdí algunas, sino el que gana la guerra”.

-¿Cómo lo llamaban a usted los cronistas?

“El catedrático del ring”.

-Hay crónicas muy buenas sobre su vida, sobre sus combates.

“Sí, escribieron de mí, entre otros, Manuel Alcántara, Fernando Vadillo, Julio César Iglesias, Antonio Salgado, Gozalo…”.

-¿Y qué es lo más difícil del boxeo?

“Pues se lo voy a decir en pocas palabras: pegar sin que te peguen. Ahora, es ahora, de verdad, al cabo de tantos años, cuando me doy cuenta de todo lo que conseguí en este deporte”.

-¿Se preparaba los combates?

“¡Qué va! Entonces no había vídeos, ni estudios técnicos. Yo me adaptaba al rival sobre la marcha”.

-¿Qué queda del Miguel Velázquez de entonces?

“Queda todo. Una mujer guapa conserva su belleza durante un tiempo, luego la pierde. Una persona buena es para toda la vida. Ser un golfo es fácil, portarse bien es mucho más difícil. Yo creo que he seguido el camino recto”.

-Cuando el combate de Buchanan, el candidato a enfrentarse a él era Pedro Carrasco, pero parece que su preparador, el italiano Casadei, tuvo miedo de esta pelea. Y entonces apareció usted por medio.

“Sí, la Federación me advirtió que Buchanan era muy bueno, que estaba invicto. Y yo les dije a los directivos que quería ganarle al mejor. Se celebró el combate en Madrid, duró 15 asaltos, lo tiré a la lona por primera vez en su vida y le gané la pelea a los puntos y el título de Europa”.

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-¿Qué le ha pasado al boxeo?

“Que se ha amariconado. Éramos una potencia, y el boxeo era importante en todo el mundo, pero se abrió un paréntesis en este deporte que todavía no se ha cerrado”.

-¿No le da pena?

“Claro, a mí el boxeo me dio tanto como lo que yo le di a él. Yo visité El Pardo, y La Zarzuela, fui condecorado, paseé el nombre de España y de Canarias por el mundo. ¿Y para qué? ¿Para que hasta en mi tierra, a pesar de las promesas de los que mandan, me hayan olvidado? Debería ser el espejo en el que se miraran los jóvenes deportistas, pero no me han dejado”.

-¿Y qué hace ahora?

“Pues estoy como Zapatero -se echa a reír de nuevo-, contando nubes. Pero él con perras en el banco y yo sin ninguna”.

-¿Vive solo?

“Sí, un amigo me dejó una casa, que está muy bien, en San Andrés”.

-Al menos ha tenido la suerte de no acabar como el pobre Perico Fernández, otro campeón del mundo.

“Sí, murió hace unos años, abandonado por todo el mundo, durmiendo en el jergón que le dejaron en un burdel de mala muerte; fue terrible. Yo tengo, gracias a Dios, una excelente relación con mis hijos y con mi exmujer y me quedan algunos amigos”.

-Esta es una tierra ingrata, Miguel.

“Ya lo sé, qué me va usted a decir. Fui a ver a Ricardo Melchior para que me contratara como celador, o como vigilante. Sin noticias hasta el momento. Y Fernando Clavijo me prometió su ayuda. No pido un trono, sino un empleo digno. Me he formado, entrené a la selección española de boxeo, seguí cursos en Cuba y en Rumanía. Estoy preparado para enseñar y para trabajar. Fui yo quien decidí venir a mi tierra, pero para que me trataran bien”.

(Me cuenta que, una vez, paseando por la calle del Castillo, se encontró a Pepe Segura, exdiputado, exsenador, expresidente del Cabildo, exalcalde de La Laguna, que iba con unos amigos. Éste, de broma, le dijo: “A mí, en tus años de boxeador, no me habrías tumbado”. Miguel le respondió: “Bueno, no nos hubiéramos visto hoy aquí, porque si a usted lo cojo en mis años de boxeador lo hubiera matado y yo estaría en la cárcel”).

Andrés Gutiérrez, reportero gráfico del periódico, ha buscado un foco, en el hotel, para hacernos unas fotos “en guardia”. En la terraza espera Paco Calderón, capitán de la Guardia Civil, retirado. Un amigo común. Miguel Velázquez es un hombre sin miedo, de mirada limpia, que merece no sólo una plaza (la de El Corte Inglés), que ya tiene, sino un trabajo digno. Y el cariño de sus paisanos. Paseó el nombre de España y de Tenerife por todo el mundo. Canarias está en deuda con él.

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