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Miguel Velázquez

Siempre admiré a Miguel Velázquez: su estilo en el ring, su educación, su respeto. El otro día, cuando hablé con él para este periódico, los recuerdos empezaron a agolparse en mi mente: sus combates, su inteligencia como boxeador, su saber cuidarse. Miguel ha regresado a su tierra; tiene 72 años y está perfectamente; lúcido, bien cuidado. No pide casi nada, sino algo que le complemente los 700 euros que la Seguridad Social le abona mensualmente como jubilado. Creo que se lo merece este campeón del mundo de boxeo, que paseó el nombre de Tenerife y de Canarias por todos los rings, que entrenó a la selección española, que tiene tres medallas al Mérito Deportivo concedidas por el Consejo Superior de Deportes; y a quien el rey Juan Carlos le concedió el ingreso en la Real Orden del Mérito Deportivo. Un amigo le dejó una casa donde vivir en San Andrés y él quiere trabajar. Donde sea, siempre que le ofrezcan un empleo digno. Uno de los boxeadores europeos más grandes de todos los tiempos, en plena madurez, no debería permanecer ocioso. En los Estados Unidos estaría entrenando en una universidad. Aquí, instalado en el olvido más absoluto. Velázquez, que derrotó a los mejores púgiles de su época, se merece el cariño y la atención de los ciudadanos. Le concedieron honores, como una plaza en Santa Cruz, pero de los honores no se come. Es también Hijo Ilustre de la Isla, distinción concedida por el Cabildo de Tenerife. Ni un presidente como Lorenzo Olarte puede estar viviendo con menos de 1.000 euros de pensión, ni un campeón del mundo de boxeo con 700.Estas injusticias tienen que ser resueltas. Como sea. Tampoco se puede prometer ayuda y no cumplir la promesa. Aquí la palabra dada parece que para algunos no sirve.

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