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Qué cerca y qué lejos

Cuando era niño, y vivía mis días felices en el Puerto de la Cruz, todas las distancias me parecían enormes. Quiero decir que ir a la playa de Martiánez por el camino de Los Tarajales, atravesando los llanos plantados de plataneras, cerca del mar, me parecía una distancia enorme, desde mi casa, que estaba en la plaza del Charco. Quizá porque en la garita del fortín de San Telmo vivía el temido Cojo de la Burra, que lanzaba orines a los niños que le tiraban piedras. Más tarde, muerto el Cojo y yo universitario, aquel rincón, por fuera de la garita, era el escenario de mis tarde/noches de amor. El Ayuntamiento claudicó y no repuso más la bombilla de la esquina, continuamente rota a pedradas por los enamorados atraídos por la oscuridad. Qué cerca está todo ahora y qué lejos estaba todo en la niñez y en la adolescencia. Los paisajes han cambiado, ahora no hay lugares en la calle para la intimidad porque existen camas de hotel y la comodidad del apartamento. Aquello era otra cosa, mucho más emocionante; los guardias te tocaban en la ventanilla del coche de papá, atraídos por el vaho y los cristales cerrados. “Circule”, decían, envidiosos, los guindillas. Yo era bastante descarado, quizá porque mi padre mandaba mucho en el Ayuntamiento y mi tío había sido el jefe de la Policía. Pero es la misma luna, que rielaba en el mar con su brillo intenso y ondulado. Y es el mismo fortín. Y es la misma humedad de la noche portuense, eternamente maravillosa. Y es el mismo pueblo sobre un brazo de lava, metido en el océano como una flecha. La historia toca a su fin y sólo quedan los recuerdos, pero que me quiten lo bailado.

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