los crímenes que nos conmovieron

Cuando la víctima no sobrevive al secuestro

Chalé de Santa Brígida donde se produjo el secuestro. DA

“Levántese, vístase y venga conmigo, tengo una pistola y varios que me esperan abajo”. Es la frase que oyó, en boca de un extraño, Antonia Naranjo tras despertarse súbitamente a las cuatro y media de la madrugada del 2 de junio de 1976 al sentir un golpe en la cama de matrimonio donde dormía en el chalé número 8 de Las Meleguinas (Santa Brígida, Gran Canaria) junto a su marido, el empresario tabaquero Eufemiano Fuentes.
El intruso era un hombre de mediana estatura que ocultaba su rostro con una prenda de punto. Con el paso de los años, aquel secuestrador se convertiría en uno de los delincuentes canarios con más fama en los lustros finales del siglo pasado. Se llamaba Ángel Cabrera Batista, más conocido por su alias: el Rubio.

La víctima

Eufemiano Fuentes Díaz, que sumaba 65 años cuando fue oficialmente asesinado tras su secuestro, no era un empresario más en las Islas. Es más, su perfil responde con nitidez al de las últimas camadas de caciques isleños, esos que hoy en día apenas quedan, superados primero por el retorno de los emigrantes que hicieron grandes fortunas y, sobre todo, por su incapacidad a la hora de afrontar el reto de la globalización.

Pero en 1976, el nombre de Eufemiano Fuentes Díaz no se pronunciaba a la ligera en la provincia oriental, por cuanto era el dueño de La Favorita, empresa de la que surgieron marcas de éxito como Vencedor y Condal. En su pasado relucía el blasón de ser uno de los fundadores de la Unión Deportiva Las Palmas; en su futuro brillaban sus inversiones en el incipiente turismo de la época, concretamente en Pasito Blanco.

Por mucho que hoy en día se antoje lamentable, a buen seguro que siempre le benefició haber participado en la represión posterior al golpe de Estado de 1936. Su perfil de cacique contemporáneo podía dar respuesta al móvil del secuestro.

El secuestro

Es la periodista Marisol Ayala quien relata en su blog que fue la hija de Fuentes, Teresita del Niño Jesús Fuentes Naranjo, quien se personó aquella misma madrugada en un puesto de la Guardia Civil para alertar sobre el secuestro. “Que sobre las cinco menos cuarto de la madrugada -transcribe a su manera el guardia civil que cumplimenta la denuncia- recibe en su domicilio la llamada de su madre, quien le dice que su padre ha sido secuestrado; ella se trasladó a la casa y recibió una llamada de teléfono en la que la voz de hombre con acento más que canario, cómo si hubiera vivido en el Sáhara o algo parecido, le dijo: ‘Preste mucha atención; tengo a su padre en mi poder, he perdonado a su madre…; coja una carta que está debajo del teléfono de la biblioteca, léala detenidamente”. En dicha misiva se exigía como rescate el pago de 900.000 dólares, unos 100 millones de pesetas que, en 1976, eran mucho más que los 600.000 euros al cambio de hoy.

Mucho ruido

A partir de aquí, escojan la versión que prefieran, porque de ninguna se tiene certeza de que sea la verdadera.
La más extendida es, curiosamente, la más rocambolesca. En síntesis, Fuentes organizó su propio secuestro, sea porque temía que hubiera llegado la hora de que se ajustaran cuentas con su pasado de matarife falangista, sea para instalarse en Sudamérica (donde fallecería muchos años después) para disfrutar de los millones amasados. Para simular su secuestro y posterior asesinato, habría recurrido a Cabrera, porque en realidad era el fruto de los amoríos del empresario con una de sus criadas. Que el cadáver hallado en el pozo fuera una masa irreconocible ayudó a esta singular versión de los hechos.
Otra de las principales hipótesis también resulta notable. Aprovechando la convulsión política de aquellos tiempos cual cortina de humo, en una llamada telefónica a la familia para pactar ese rescate que nunca se produjo, el secuestrador se presentó como ‘Rojo 13 Mpaiac’.
Aunque Cabrera no tenía nada que ver con el independentismo canario, la falsa motivación política cuajó de tal modo que, durante sus largos años de fuga, Cabrera llegó a ser acogido en Argel por Antonio Cubillo. Sin embargo, el líder del Mpaiac no dudó en expulsar de su lado a el Rubio en cuanto se dio cuenta de que, en realidad, el grancanario no era más que un amigo de lo ajeno.

Las desgracias

Fueran o no de Fuentes los restos humanos aparecidos en el pozo, esta triste historia se cobró otras dos vidas, lo que no dejó de alimentar aún más la leyenda sobre este caso, del que tanto se habló en los mentideros de la época.

Una de las víctimas mortales de aquella vorágine de acontecimientos fue el subinspector de policía Manuel Rey Marino, abatido durante un tiroteo que tuvo lugar en el transcurso de un infructuoso operativo para detener a Cabrera en una finca de su Arucas natural. Aunque parezca mentira, no fue el único tiroteado como consecuencia del afán de las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado por resolver el secuestro del empresario, por cuanto otro agente de policía resultó herido por un balazo perdido en las cercanías del cementerio de San Lázaro a cuenta de otra batida en pos de el Rubio.

La segunda de las muertes relacionadas con este secuestro también se produjo en otro fracaso policial, con el agravante de que en esta ocasión la víctima fue una persona que nada tenía que ver con el asunto, a tal punto que lo sucedido entonces desembocó en una oleada de indignación popular pocas veces vista en Santa Cruz de Tenerife. Ello se debió a la muerte de Bartolomé García Lorenzo, un estudiante de 21 años de edad que fue acribillado el 22 de septiembre de 1976 en el capitalino barrio de Somosierra al ser confundido con el Rubio. Seis policías fueron condenados el 15 de febrero de 1982 por la Sala Penal de la Audiencia Provincial de Santa Cruz de Tenerife, como “autores de un delito de homicidio con la concurrencia de la circunstancia eximente incompleta del cumplimiento del deber”. La Fiscalía había solicitado penas de 12 años de cárcel, pero la condena se redujo a dos años de reclusión para cada uno de los seis implicados.

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