santa cruz

Casa La Húngara

La madame presumía de atender las necesidades de muchas personas de la clase social alta de la sociedad tinerfeña. DA

Una ciudad como Santa Cruz, con puerto de mar, es imposible que no tuviera casas de mujeres que alquilaban sus cuerpos. De ahí que, a lo largo de la historia reciente de la capital tinerfeña la calle de Miraflores, la de la Curva y la parte baja de la avenida de San Sebastián concentraran en ese barrio cercano al muelle una batería de prostíbulos que han ido desapareciendo con el paso del tiempo, por la expansión urbanística y porque, evidentemente, la prostitución se ha ido sofisticando. Hoy muchos de aquellos inmuebles, donde se cobijaban jóvenes y no tan jóvenes mujeres que comerciaban con su cuerpo, ya no están en pie. En su lugar se han construido modernos edificios.

Según recogen las hemerotecas, a principios del siglo XIX se hablaba de Santa Cruz como un lugar de florecimiento de la prostitución, una Gomorra de la lujuria. En palabras del vicario José Martinón, en 1809: “… licencia de costumbres fomentada por mujeres desbandadas, errantes por todo el pueblo que hacen con la sombra de la noche la torpe mercancía de su cuerpo”. Este es un ejemplo de la obsesión eclesiástica contra el pecado de la carne, aunque las autoridades civiles pensaban que no era para tanto y que “a la vil canalla” que tenía el muelle y las calles adyacentes como punto de reunión había que controlarlas en algún sitio.

Una de las más conocidas casas de encuentros fue La Húngara, que estaba situada entonces en la avenida San Sebastián, donde luego se levantó la clínica del doctor Matías Llabrés, padre de aquel gran médico que fue Lorenzo Llabrés Delgado y de su hermano Matías, farmacéutico. La casa de La Húngara fue un motel que estaba situado en las afuera de Santa Cruz, en el barrio de Buenos Aires, muy cerca de la compañía Papelera de Canarias y al lado de la empresa de construcciones Jacinto Lorenzo; en el Polígono Industrial Costa Sur.
Estuvo regentada durante muchos años por una meretriz muy fina y elegante, conocida por La Húngara. En esta casa se daban cita numerosas parejas de amantes que llegaban en coches o en taxis para sus encuentros sexuales, de manera muy discreta. En dicha casa de citas, todo el mundo conocía a una de sus asiduas, Concha la Paquete, de la que un inglés con representaciones de amianto era un gran admirador. A modo gracioso, el cliente británico siempre olvidaba el mote de su admirada damisela, y entonces la llamaba Concha la Bulto.
Entre las múltiples anécdotas de esta leyenda urbana se cuenta que un día una pareja de la Península que estaban de luna de miel en Tenerife, no encontraba un lugar donde pernoctar al estar todos los hoteles al completo. Un taxista les llevó a Casa la Húngara y allí se quedaron esa noche, con los consiguientes sobresaltos… Como premio, la dueña del motel sexual solía dar pequeñas comisiones a los taxistas que les llevaban clientes a su casa.

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Por otro lado, el edificio contaba con aparcamientos propios y nadie podía entrar o salir de la casa sin previo consentimiento de la dueña, que evitaba a toda costa contactos visuales entre los diferentes clientes, garantizando asi una total discreción.

La madame solía presumir de su negocio, jactándose de que “era una casa muy decente, donde acudían muchas personas de la clase social alta de la sociedad tinerfeña”. Por todo ello, y durante muchos años, esta mujer ganó gran cantidad de dinero con todos aquellos clientes que acudían a su motel, necesitados de comprar sexo. Sobre todo, porque muchos de ellos eran hombres casados y mantenían relaciones con amantes o queridas. La casa de citas de la Húngara les ofrecía discreción y privacidad. Es decir, una vida invisible para muchos ciudadanos que tenían puestos y nombres de relevancias en la sociedad tinerfeña.

En los últimos años, prostitutas callejeras, africanas, canarias, brasileñas y de Europa del Este, llevaban allí a sus clientes, especialmente de la Península. Por último, esta mujer que se hacía denominar la Húngara, años más tarde falleció en el lugar donde residía, en Tacoronte.
Solo queda su recuerdo y su fama legendaria, perdida en el nuevo Santa Cruz.

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