el charco hondo

Los muertos que enterraron en vida

Después de tantos días preguntándonos por qué el asesinato de Miguel Ángel Blanco provocó que el país se echara a la calle, cabe preguntarse por qué con él y no antes, por qué ese día y no tantos otros, por qué con la muerte del concejal y no con tantos asesinatos durante tantos años. Sobran razones para celebrar dos décadas después que millones de personas salieran de casa a gritar basta ya, sí, claro que sí, tantas razones como para reprocharnos, todos, sin excepción, no habernos movilizado mucho más mucho antes. Es comprensible que un asesinato tan extremadamente cruel provocará una reacción diferente a la vivida con tantas muertes anteriores, como cierto es que la magnitud de la protesta obligó a los ambiguos a abandonar el lenguaje huidizo o las posiciones permeables ante las muertes a manos de la banda terrorista. Todas las causas necesitan un nombre que las resuma, y Miguel Ángel Blanco simboliza todos los dolores en uno; ausentarse de los actos de estas fechas retrata a quienes han merodeado la ambigüedad de entonces. Ahora bien, estos días se ha echado en falta que este país reconozca que hizo falta una atrocidad como la que acabó con el concejal para sacarnos de la indignación desmovilizada en la que estábamos instalados, rechazando el terrorismo (sin duda) pero conviviéndolo como algo tan inevitable como bajar los brazos. Había que homenajear a Miguel Ángel Blanco, a la persona y al símbolo, y además hacerlo sin matices ni excusas; pero recordarlo sintiéndonos también cerca de tantas viudas, madres, padres o hermanos a los que destrozaron igualmente la vida, y no sólo solidarizarnos con los muertos, también con miles de familias que como describe Fernando Aramburu en Patria (no está de más leérselo) fueron condenadas a morir en vida, estigmatizados, aplastados en el día a día por el miedo de quienes optaban por sobrevivir mirando hacia otro lado, por la extorsión y por el aislamiento.

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