REFLEXIÓN

Tentados de estar contentos

Nos exigen que nos tomemos las cosas en serio, que no hagamos chiste con lo los temas importantes, que no perdamos el tiempo en tonterías, que seamos responsablemente serios. Un rosario bastante largo de deberes para estar a la altura de las circunstancias exigentes en las que nos ha tocado vivir. Nos rodea la emergencia, la gravedad, la importancia… Y a base de escuchar este resople de gravedad, el gozo y la alegría son atornillados en la tramoya de nuestra existencia. Sin embargo la vida nos exige el gozo y la alegría. Nos lo demanda el hígado que filtra la vida excluyendo los grasos motivos de desdichas y tristezas. Como si estuviéramos pensados para la alegría y el contento y nuestro ADN se resistiera de dejarse vencer por el realismo pesimista que nos envuelve como un papel para envolver pescado en una tienda de la década de los años 70.

Por más que nos exigen la gravedad y la seriedad, seguimos tentados de contento y alegría. Nos tienta como le tienta la botella al alcohólico. Como le tienta el paquete de tabaco al ex fumador. Nos tienta estar contentos aunque las imágenes de la televisión sean más dramáticas que sosegadas. Nos tienta la alegría porque queremos ser felices y dichosos. Nos resistimos a no hacer las cosas importantes con gozo, disfrutando de su ejecución como goza el campeón de ajedrez al mover sus fichas para conquistar un jaque mate. Piensa, reflexiona, se pone nervioso, pero al final de la partida siente que lo ha pasado bien. Como aquel entrenador que después de preparar el partido decisivo de la temporada con duros entrenamientos, con horas inacabables en el gimnasio, con charlas técnicas y visionados de partidos pasados, en el último momento y en el vestuario, su gran consejo es «diviértanse en la cancha haciendo lo que les gusta hacer».
Estamos tentados de alegría. Estamos tentados a estar contentos. Y no podemos decir que no.

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San Agustín, que es de esos santos que sabían bien lo que le conviene al ser humano, marcaba la pauta de comportamiento a los cristianos de Hipona con una invitación a vivir siempre «graves y alegres». Que la gravedad no nos quite la alegría; que la alegría no nos haga irresponsables. Buena combinación que responde a las demandas de nuestro corazón.
En el Padrenuestro de la alegría, por tanto, deberíamos decirle a Dios que nos permita caer en la tentación de no acostúmbranos a la tristeza normalizando un exceso de gravedad, y que nos haga caer en la tentación de la resistencia a ella. Tentados a estar contentos a pesar de los miles de motivos para claudicar en el intento.
Tentados de alegría hasta la muerte.

Juan Pedro Rivero González
@juanpedrorivero

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