Tribuna

Un golpe de calma

Como en aquel exilio escocés, en el que Cernuda evocaba, “tan lejos como vaya mi recuerdo”, su Sevilla natal, y dejaba volar la imaginación y nostalgia hacia España, donde estaban su infancia y naturaleza suspendidas en ausencia del poeta, en el nuevo tiempo a menudo vivimos como exiliados en nuestras propias ciudades e islas. Cuando Cernuda escribe Ocnos y rememora esas raíces, la vida tenía otras coordenadas, la gente vivía en los sitios con plena conciencia. Ahora vivimos atropelladamente (tempus fugit), sin los pies sobre la tierra. En la nube. Es otra poesía que está por hacerse sobre la desesperación tan inmaterial de lo que somos y quizá estemos aún a tiempo de ser. Escribo esto cuando acaba de llegar a casa el verano como un intruso repentino que nos saca de este estado de enajenación.

La llegada del verano –y con él de palabras, viejas conocidas, como la alerta por riesgo de incendios de antes de ayer- tiene el encanto de que es un modo de esperar. Solo en verano se detienen los relojes y el tiempo se convierte en una cosa inservible, pues nada urge que obligue a estar pendientes de él como en las otras estaciones apremiantes. Esta no es una sensación que afecte exclusivamente a quienes disfrutan de sus vacaciones y se olvidan de la hora que es. Se trata de un hecho verificable. En verano hay tiempo de sobra donde antes no lo había. Quedamos con los amigos, vamos a cualquier parte y todo tiene acomodo. Las cosas suceden de un modo natural y pausado y depositamos la mirada en aspectos que nos pasaban desapercibidos sobre nuestra propia ciudad, que es un paisaje interiorizado. La miramos con otros ojos, con el ritmo circadiano cambiado, que los griegos decían que era el medio ambiente imponiendo su rutina a los seres vivos en una fantástica cronobiología. Aun cuando cada cual lleva su vitalidad o parsimonia a cuestas, sospecho –sin base científica alguna- que el verano nos apacigua, pero no rendimos menos, acaso más que el resto del año. Hay un verano en mi memoria de una tranquila intensidad inagotable.

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La luz y la temperatura son claros condicionantes. Los cineastas nos halagan por las horas de sol. Y los astrónomos se felicitan de esa misma circunstancia. Los turistas que provienen de países nórdicos y taciturnos descubren este manantial de luz y flipan, como decían antes los pibes –ahora está de moda petar, que significa agradar-. De ahí que un día nos preguntamos en este periódico si no deberíamos ir dando pábulo a un concepto nada peregrino que nos asiste como parte de nuestra idiosincrasia, basada en la climatología, algo que podría denominarse índice de felicidad ambiental.
La pregunta que conviene hacerse –de puertas adentro- es si los canarios somos felices gracias a los factores benéficos que nos depara la naturaleza, entre ellos la luz y las generosas temperaturas, amén del paisaje y los contrastes. La búsqueda de un sitio donde estirar el tiempo tras la jubilación nos hace ser el destino favorito de europeos cansados del frío y la triste grisura de sus países que vienen a dejarse vivir los años de saldo como un varadero donde carenar la embarcación de vuelta del mundo.

Así que nos reiteramos en estas reflexiones. Mientras otros vienen de fuera y nos eligen para gozar de los alicientes como si tuviéramos en un tarro las esencias de ese elixir, no estoy tan seguro de que el canario de a bordo se sienta beneficiario directo de su tierra como el huésped que la elige como morada definitiva. Es, entonces, cuando entra el verano en escena, en que reparamos que hay un sitio en el que estamos, que acogió a nuestros antepasados, y que resulta que no está nada mal, incluso es un magnífico lugar habitable, donde conviven culturas diferentes y muchos de los atractivos que el hombre anhela están a la mano como frutos del árbol sagrado que nos deparó la naturaleza. Si esas circunstancias definen el ideal de un ser vivo sobre la tierra, los canarios tenemos un problema. Antiguamente, cuando existían el reposo, el sosiego, la serenidad, todas aquellas nociones extinguidas y el ritmo de vida era, sí, aplatanado, la gente se hacía un hueco para contemplar los elementos que le rodeaban, incluso, con dejadez. ¿Por qué el verano nos despierta del letargo debiendo ser al revés y sumirnos en la modorra bicorne del bochorno y la quietud? ¿Por qué este golpe de calma nos hace recapacitar y nos reactiva?

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Todo tiempo futuro será mejor si recobramos las buenas costumbres, que no son necesariamente lastre del pasado del que desprenderse. La sabiduría de la gente mayor radica en su conciencia de haber estado, existido, padecido y disfrutado mientras el tiempo transcurría hasta “perderse en la vastedad del no ser”, decía Cernuda en aquellas prosas líricas de su retiro forzoso lejos de España. Lo que hoy constituye un claro peligro del nuevo estilo de vida al galope está relacionado con esta defensa que hago, a modo vintage de coleccionista de sensaciones, de un uso del tiempo a nuestro favor, donde no lleguemos a viejos sintiendo que no hemos hecho más que huir y huir con la cabeza agachada persiguiendo nuestro propio rastro. La tendencia de la nueva cultura que acuñamos pisando el acelerador, sin tiempo para leer, para pasear para conversar, para vivir conduce a un ser que se desconoce monstruosamente condenado a no existir en sentido estricto.

Siempre el visitante nos abrió los ojos y nos espabiló. El huésped es el habitante perfecto de los sitios. A Canarias le gusta recibir gente de fuera, entre otras razones, porque suelen prestarle más atención que los propios naturales de las ciudades; en el campo este conflicto no se da, el lugareño tiene las cosas más claras respecto a su lugar en el mundo. Ahora que estamos inmersos en una vorágine que devora todo, tiempo, trabajo, amigos, familia y hasta el propósito de los sueños, no es mala práctica apearnos de ese trajín, en la pausa del verano, y abandonarnos al disfrute de mirar cuanto nos rodea: allí un barco, aquí un árbol, lejos unas montañas… Yo estoy esperándome siempre donde dejé la niñez en Anaga.

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