El charco hondo

La turismofobia de por aquí

En Canarias no se arremete contra guaguas o bicicletas de uso turístico, los hoteles no sufren actos vandálicos a manos de grupos de izquierda anticapitalista, los independentistas no irrumpen en los restaurantes prendiendo bengalas o lanzando confeti para desconcertar a los comensales. Aquí no hay quien se cuele en los muelles deportivos o se suba a los barcos de recreo amarrados. En las Islas no se portan pancartas exigiendo a los turistas que se marchen y no vuelvan. Está al caer la pintada de un par de gandules o que un grupo de aburridos haga algo para salir en las noticias, pero ahí quedará. Aquello no es esto. Aquello, especialmente lo de Cataluña, tiene un paralelismo de libro con lo que tiempo atrás hacían los cachorros abertzales, encargados entre otras tareas de destruir el tejido económico, construyendo así un contexto de paro, cólera y falta de oportunidades que llena de gasolina el arrastre independentista. Esto no es aquello. Otros son nuestros pecados. En las islas la turismofobia tiene otros canales de expresión. Aquí la turismofobia asoma cuando en los complejos de apartamentos no hay toallas limpias ni jabón, en las terrazas los camareros pasan entre las mesas huyendo de los clientes o en los restaurantes se abusa de materias primas low cost. En las Islas pedimos a los turistas que se marchen y no vuelvan cuando los recibimos (y despedimos) en terminales de aeropuerto poco operativas, ofreciéndoles playas en las que más pronto que tarde solo podrán bañarse algunos días, acogiéndolos en entornos urbanos de tercera o cuando ignoramos el idioma en qué nos hablan, los agobiamos mientras pasean o nos pasamos de frenada sobrecargando de cemento y gente los litorales. Esto no es aquello. La turismofobia de por aquí es otra cosa, somos nosotros y nuestras torpezas, es el error de creernos que podemos hacerlo de cualquier manera porque los turistas seguirán viniendo.

TE PUEDE INTERESAR