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Un negocio hundido y muy rentable

“Comenzamos con este proyecto hace casi tres años y el resultado no puede ser más positivo: nuestros clientes no han parado de crecer y los vinos que guardamos están en los mejores restaurantes de la Isla”, afirma, orgulloso, Roberto González, gerente de Bodega Submarina de Canarias, la primera instalación modular sumergida permanente en las Islas para el control y envejecimiento de vino.

Los números indican que su arriesgada apuesta ha salido bien. Empezó a trabajar con cinco empresas (Ferrera, Reverón, Presa Ocampo, Rebusco y Prodiflora) y actualmente son 11 las bodegas que se han sumado al proyecto; las últimas, Monje, La Grieta, de Lanzarote, y Hermanos Mesa, de Güímar.

Hoy presume de ser la primera instalación de guarda para vinos de todas las islas y de poseer la mayor cata de vinos submarinos del mundo. Es más, alemanes, rusos y asiáticos comienzan a mostrar un gran interés, “sin importarles demasiado el coste del producto ni del transporte hasta sus países”, puntualiza González.

La mayor bodega submarina de Europa en capacidad de botellas (5.000 unidades) en un solo módulo, se halla a 18 metros de profundidad frente a la costa del Porís de Abona, en el sureste de Tenerife, a una distancia de 200 metros del muelle. La instalación, de hormigón y acero, y de 14 toneladas de peso, alberga varias cavas que están sometidas a unas condiciones de luz, humedad, temperatura, presión y gravedad constantes que propician que los caldos aceleren su evolución natural. La estructura cuenta con dos grandes rejas que dejan paso a las corrientes marinas para mantener la temperatura uniforme y permitir la creación de un ecosistema en su interior.

De tres meses a un año

El descenso de la carga hasta la estructura de hormigón y acero se hace con la ayuda de unos globos. DA
El descenso de la carga hasta la estructura de hormigón y acero se hace con la ayuda de unos globos. DA

Cuanto mayor sea el periodo de estancia, mayor será la evolución del producto. El tiempo medio de inmersión oscila entre los tres meses y un año, dependiendo del tipo de vino, aunque al menos una vez al mes se extraen botellas para que las bodegas vayan comprobando el grado de envejecimiento, hasta que consideren que el producto está en su punto para sacarlo. La mayoría de los clientes de Bodega Submarina de Canarias ya tienen sus botellas vendidas antes de salir a la superficie.

Trinidad Fumero, responsable de calidad, resalta que la evolución en el mar es más rápida que en tierra. “Los tintos se suavizan y los blancos van a mayor velocidad; cuanto más fuerte sea un vino, más tiempo debe estar en el fondo porque lo necesita para mejorar. Si en tierra pueden ser seis meses, abajo son solo tres”.

Actualmente, el módulo está al 90% de su capacidad y en la próxima inmersión, prevista para noviembre, completará su aforo con el hundimiento de 500 botellas más.

El paso de las corrientes marinas a través de las rejas permite la creación de un ecosistema en su interior. DA
El paso de las corrientes marinas a través de las rejas permite la creación de un ecosistema en su interior. DA

La maniobra de descenso tiene su complejidad y requiere tomar una serie de precauciones. “Un camión grúa deja los cestos con las botellas en el fondo del muelle, reflotamos la carga con globos y la remolcamos hasta donde está la bodega; allí comenzamos a descender con los globos, con cuidado, muy despacio, hasta el fondo. Ya en suelo marino abrimos las puertas y metemos los cestos en el interior y cerramos la puerta de acero”, explica Roberto González.

El consumo de vino envejecido en el fondo del mar crece con el paso de los años. Ocurre en Tenerife y en otras partes del mundo donde se realiza esta práctica. Precisamente, el aumento de la demanda y su producción limitada convierten a este producto en un objeto de deseo muy valorado por sibaritas y gourmets. Los expertos coinciden en que el medio marino potencia los aromas, dando una mayor complejidad en nariz; en boca son vinos más amables, aumenta la sensación de frescor y resalta el sabor primario frutal y floral.

El artífice del proyecto también destaca la “explosión de vida” que ha propiciado la estructura sumergida en el litoral del Porís de Abona, convertida en un arrecife artificial donde han encontrado refugio pequeñas crías de especies de langosta canaria, huevas de pulpos y erizos.

“Al principio todo el mundo  me miraba raro”

Roberto González ha conseguido vivir de sus dos grandes pasiones: el submarinismo y la enología. La idea le vino cuando un día oyendo la radio escuchó hablar por primera vez de los vinos submarinos. “Me puse a investigar y comprobé que en Canarias no había ninguna bodega sumergida”, apunta, mientras recuerda que “al principio, cuando presentaba el proyecto en las bodegas buscando clientes, todo el mundo me miraba raro”.

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