Otras coordenadas

Rusos y polacos

El debate en torno al hecho diferencial ofrece en Canarias, y también hoy en España, reflexiones para todos los gustos. Trae ligado el tema de la igualdad, la cual debe sustentarse en la libertad de oportunidades y esfuerzos, que garantiza el Estado, quien al tiempo mantiene la red de seguridad para los que no llegan. Garantizar la igualdad y no discriminación, por raza, sexo, religión, opinión y circunstancias personales y sociales. Vivimos tiempos de exaltación de la diferencia, el hecho diferencial canario, el cupo vasco, la independencia catalana, la plurinacionalidad del Estado. Junto a ellas aparecen otras diferencias, con el género, las religiones, las razas, el animalismo y toda suerte de circunstancias personales y sociales. En conjunto, descuadernan el principio de igualdad en los valores sociales y políticos reconocidos en la Constitución. Superando la igualdad con la diferencia.

Hoy con rusos y polacos reducimos el hecho diferencial a un debate ligero y veraniego, en forma de crítica política, bajo cuyo nombre se califican posturas desleales, insolidarias y xenófobas. En ambos casos los términos proceden del franquismo tardío, donde la calificación hacía afrenta despectiva de los otros, con quienes no cabía relación alguna. Se pone con ello de manifiesto el abismo abierto entre las sociedades políticas y civiles, cada vez más distantes. Hoy en la globalización los ejemplos resultarían cómicos, si no fuera por los resultados que producen.

En Tenerife llamábamos rusos, desde el Sur, a los veraneantes de playa de las zonas capitalinas de Santa Cruz- Laguna, que se desplazaban bien por temporada o por fin de semana, invadiendo un espacio que creíamos propio. Esta xenofobia light tenía entonces fácil remedio cuando el ejercicio de la sociabilidad rompía las falsas barreras, rotas ya desde la economía asociada al gasto turístico de nuestros rusos. De la época es la expresión chicha “antes rusos que canariones”, exaltación hacia dentro de una sociedad pequeña, rural y arrogante, con envidia de lo ajeno y acomplejado orgullo de lo propio, en un momento donde las islas funcionaban como mercados cuasi estancos. En la globalización, y formando un mercado político, económico, unitario y regional, no hemos acabado aún de ver rusos en las islas hermanas. Ser canario exige una postura abierta al exterior, lo local como fortaleza y no como remedio.

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Polaco es el término despectivo y coloquial para referirse a los catalanes en Cataluña. Polonia ha sido un programa satírico político de la TV3 de gran éxito de share. Yo lo viví en Cataluña. Funciona como mecanismo de afirmación mutua. Trato español despectivo porque son polacos y distancias de los locales reforzados por la barrera de la lengua, que usan como mecanismo de incomunicación.

Esta desconexión infantil es análoga a la deriva catalana actual, donde el sistema político se ha vuelto polaco. Ajenos al seny, a la “mesura y sentido común” que envidiamos de ellos y cercana a la rauxa, el “arrebato”, que parece dirigir el movimiento de la sociedad política catalana hacia el abismo. Esta supuesta superioridad no es más que soberbia, vanidad y arrogancia ante una posición suicida. Sólo el 2,6% de los españoles, según el CIS, consideran la independencia catalana un problema.

Nos preocupa el paro, la corrupción, los partidos y la economía, que se repiten como los cuatro grandes conflictos de país. Al tiempo, la mayoría social y silenciosa catalano-española ve el hecho diferencial como oportunidad y la libertad comercial, como esencia del seny que tantos ejercen.

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