domingo cristiano

Se me atragantó la Virgen

Cuando estaba en el seminario se me atragantó la Virgen. No me gustaba el rosario, me costaba entender a quienes se pasaban horas de rodillas ante la imagen de María que teníamos en la capilla (bonita, aunque un tanto bobalicona) y cargaban con postales de nuestra Señora en todas sus poses, marcas y vestuarios.

Tras ordenarme, tampoco encajaban bien los discursos que escuchaba sobre la Virgen, que en muchas ocasiones me parecían más propio de la descripción de una semidiosa: sí, la mujer sencilla de Nazaret, decían todos, pero luego empezaban a colgarle adjetivos, virtudes, hazañas, bondades, silencios, miradas… y terminaba uno con la impresión de que el verdadero mesías había sido la Virgen y  que lo del nacimiento de Jesús era casi una excusa necesaria para encumbrarla.

La cosa me duró varios años, sin que yo hiciera demasiado por remediarlo, en los que intentaba sortear esta laguna no sin cierto complejo de ser un mal hijo de una buena madre. ¿Por qué darle tanta cancha a una mujer que, sin duda, fue única en el plan de Dios, pero que en modo alguno puede alzarse a la altura de Dios? Y digan lo que digan, más allá de las intenciones últimas, eso es lo que sucede en no pocos lugares y es lo que transita por la cabeza de no pocos creyentes.

Yo intentaba sacar luz de algunos sermones en las misas solemnes de algunas fiestas patronales marianas. Hoy puedo decir lo que antes callaba: que muchos eran verdaderas estupideces, fabulaciones y barbaridades sobre la madre de Dios, cuando no argumentaciones idólatras. Mucho cariño, sí, pero nada de verdad en ellas, nada que diera vida a mi devoción. Invenciones piadosas y muchos atentados contra la inteligencia y el sentido común de los fieles. Era algo así como “la Virgen como excusa” para decir lo que fuera. Y mejor no hablar de las explicaciones sobre los dogmas marianos. Muy medieval todo. Ojo, que no hablo de mala intención, sino de personas que estaban tan en blanco como yo.

Así hasta que una expresión del Concilio Vaticano II desatascó mis entendederas. Ahora, cuando predico sobre María o cuando rezo el rosario es lo que tengo presente: la madre de Dios es todo eso que decimos de ella porque fue la primera creyente. A ella le tocó, la primera, lidiar con la ilusión de la espera, con la alegría del encuentro, con la crueldad del silencio, con la incertidumbre del paso del tiempo, con el consuelo de la presencia de Dios.

Así sí. Carne como la mía, desprovista de otro adorno que no sea su fe sincera. Una peregrina a la que Dios no le ahorró esfuerzos y le regaló un cuerpo que se convirtió en una tienda para el encuentro. Así sí: mujer como mi madre, ser humano como yo, hija y madre, maestra en cuanto que eternamente aprendiz. Ahora sí sé por qué ocupa un lugar destacado entre los hombres, que no entre los dioses. Ahora la entiendo como un regalo de Dios a su Iglesia para que los que caminamos entre luces y sombras sepamos que es posible, que se puede esperar contra toda esperanza, que Dios ha puesto su tienda y la sigue poniendo. Primero, acampó en su madre, que buscaba la verdad. Y ahora sigue haciendo noche en cada hombre que le busca. Maestra de acampadas es nuestra Señora.

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