Cultura

La literatura canaria pierde a uno de sus genios: Juan José Delgado

Cáscaras es el último título publicado por Juan José Delgado este mismo año, editado por Baile del Sol.  Fundación CajaCanarias
Cáscaras es el último título publicado por Juan José Delgado este mismo año, editado por Baile del Sol. Fundación CajaCanarias

El narrador, ensayista y poeta Juan José Delgado (Valle de San Lorenzo, Tenerife, 1949-2017) falleció el jueves por la noche. Tenía 67 años y llevaba meses luchando contra un cáncer que se complicó. Así lo cuentan sus amigos. Porque Juan José Delgado, como diría el colaborador de DIARIO DE AVISOS, Eduardo García Rojas, era “uno de los únicos hombres en la literatura canaria que nunca fue criticado, que estaba rodeado siempre de amigos”. Su muerte ha dejado a la comunidad literaria de Canarias, y especialmente, de Tenerife, sin palabras.

El escritor Sabas Martín lo conocía bien, y es que eran amigos de profesión y de vida. “Estamos muy conmocionados con la noticia. Yo no quiero llenar con adjetivos su ausencia, porque las palabras ya no alivian para nada su pérdida”, declara. Asegura que “ninguna le haría justicia”. Para él, era una persona noble, con todo lo que eso significa, y generosa, “nadie podría decir nada contra él, ni profesional, ni personalmente”. Un escritor al que no le gustaban las necrológicas: “él decía que las palabras hay que decirlas en vida”. Añade que no se puede resumir su “inmensidad”, pero destaca sobre todas las cosas sus ganas de construir siempre, su pasión por la docencia y el impulso a nuevos escritores, y su faceta como agitador cultural.

Juan José Delgado fue un destacado doctor en Filología Española por la Universidad de La Laguna, catedrático y profesor de Literatura Española. Un intelectual que dedicó su vida a la docencia. Autor de los libros de narrativa Estantigua, (Premio de Cuentos Ciudad de Santa Cruz, 1988), Canto de verdugos y ajusticiados (Premio de Novela Ciudad de La Laguna, 1988), El cuento literario del siglo XX en Canarias, (Estudio y antología, 1999), Viaje a las tierras perdidas, (novela juvenil, 2002) o La fiesta de los infiernos (novela, 2002); y de los poemarios Tres gritos favorables bajo las nube (1985), Comensales del cuervo (1989), Un espacio bajo el día (1996) y Los cielos que escalamos (2017), su último libro dado a conocer.

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Un agitador cultural que fue académico de número de la Academia Canaria de la Lengua y director de la revista Cuadernos del Ateneo, del Ateneo de La Laguna. También fue el coordinador del suplemento de Las Artes y las Letras y Fetasa. Este año publicó su última obra, Cáscaras, un recopilatorio de 22 relatos breves bajo la edición de Baile del Sol. Un título que no pudo presentar. El tinerfeño Víctor Álamo de la Rosa, discípulo de Juan José Delgado, lo tenía previsto en su agenda para el mes de octubre. “Yo pretendía acompañarlo durante ese acto”, concluye.

Tanto Sabas Martín como De la Rosa adelantan que Delgado, con ese carácter suyo tan incansable, se encontraba escribiendo una nueva novela, “que llevaba bastante avanzada”. Y un ensayo sobre la narrativa canaria, española y europea contemporánea, a la que sumaba sus pensamientos. “Su objetivo era crear un gran mapa de obras”, subraya Víctor Álamo.

Para el pupilo, la relevancia crítica de Delgado era fundamental. “Él conocía muy bien la tradición literaria insular, que veía dentro de una corriente internacional. Tenía una visión muy amplia de la literatura”. Una característica que lo lleva a convertirse en uno de los intelectuales y pensadores más relevantes de su generación. Víctor Álamo de la Rosa lo conoció cuando estudiaba bachillerato. “Me inspiré en él para estudiar Filología, todas y cada una de mis novelas pasaron primero su criba antes de ser publicadas. Definitivamente, soy su pupilo”, le recuerda hoy.

Como ensayista se alía a la estela de grandes pensadores como Domingo Pérez Minik, María Rosa Alonso o Jorge Rodríguez Padrón. Una de sus aportaciones más destacadas fue el trabajo de recuperación de la generación de los fetasianos. Delgado fue de los primeros en advertir el enorme valor literario de las historias creadas por Isaac de Vega y Rafael Arozarena. Eso lo recuerda muy bien su amigo Domingo-Luis Hernández, escritor y ensayista, “éramos, primero que nada, íntimos amigos y entusiastas de los fetasianos. Teníamos una muy buena relación con Isaac de Vega, lo que nos llevó a trabajar juntos en varias publicaciones con el objetivo de difundir su obra”. Hoy llena su recuerdo de adjetivos. “Era una persona afable, seria, estricta, amable, vital, firme en sus propósitos. Con la literatura era igual. En definitiva, un personaje poco frecuente, de la antigua escuela, amante de los libros europeos, un gran conocedor de la literatura occidental”.

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