granadilla

El pastor que recitaba poesía en los barrancos

Isidro Casanova Toledo

“Se nos fue, además del ser humano más adorable que he conocido en mi vida, una parte del patrimonio histórico de Canarias; era un sabio que no fue a la escuela y que lo aprendió todo a través de la vida”, cuenta Rosa, nuera de Isidro Casanova Toledo, un hombre que dedicó toda su vida a dignificar, como también lo hicieron sus padres y abuelos, el mundo rural del Sur, y que falleció el pasado martes a los 83 años. Ella era la encargada de revisarle sus libros y poemas, porque don Isidro, como todo el mundo le llamaba, además de cabrero era escritor y poeta.

Su curiosidad por aprender y difundir la cultura popular no conocía horizontes. Uno de sus grandes méritos fue descubrir cultura donde clavaba su mirada en sus tareas cotidianas, ya podía ser en un barranco, una cueva o en cualquier vestigio del pasado que hallara en su camino. Su capacidad para aprender y enseñar, desde una nobleza infinita, fue su forma de rebelarse ante quienes infravaloran la esforzada labor del hombre del campo.

En su afán por preservar los modos de de vida y costumbres heredados de sus antepasados escribió tres libros y hasta protagonizó una serie documental de 31 capítulos rodada entre los paisajes de las cumbres del sur de la Isla por los que tantas veces pastoreó con su rebaño de cabras. “Lo recordaba todo, tenía una memoria prodigiosa, una inteligencia natural sorprendente, pero, por encima de todo, apreciaba como nadie la cultura de su tierra y su obsesión era que no se perdiera”, explica Rosa.

Isidro Casanova Toledo

Carlos Gustavo González, toponímico, conoció hace 18 años a “una persona buena, afable y simpática” y hoy no duda en afirmar que fue el “informante más grande” que tuvo en Tenerife en los trabajos que realizó para Grafcan, la empresa encargada de cartografiar las Islas. “Descubrimos nombres de montañas, fuentes, barrancos… lo sabía todo y todo lo tenía en su cabeza; él era historia, un catedrático de verdad, no de los que repiten lo que escriben otros, sino los que sacan lecciones de sus propias vivencias; ese fue su gran valor”.

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Hoy no puede contener la emoción al recordar su pérdida. “Se ha ido un trozo de la cultura canaria más pura, que no es la del traje típico, sino la que está más oculta, la que estamos perdiendo y la que nuestros políticos ni siquiera saben que existe”.

A don Isidro, que presumía de ser cabrero, le gustaba llamar a las cosas por su nombre. Gracias a él se supo que el Paisaje Lunar de los altos de Granadilla eran Los Escurriales y el Pico Viejo de Las Cañadas, Bense, denominación por la que se conocía antiguamente en el Sur. Son solo dos ejemplos de su conocimiento y de su aportación en la defensa del patrimonio intangible del Sur.

González compartió “miles de anécdotas” en jornadas completas de caminatas por senderos y veredas. No olvida el día en que llevó por primera vez a don Isidro a Masca, “sobre todo cuando, a sus 75 años, bajó el barranco hasta la costa como si nada”.

Damián Armas, responsable de la productora que grabó una treintena de capítulos por los altos de Abona después de más de veinte salidas, recuerda el día que don Isidro fue a verlo para proponerle el proyecto: “Fue una idea de él, me dijo que tenía una matraquilla, que era hacer algo para que la juventud conociera cómo era la vida de antes, y así empezamos a salir y a grabar”. Destaca su “mente privilegiada”. “A cada rincón le daba un valor; se podía parar ante un pino, un roque o un barranco y recitaba una poesía, siempre de memoria, nunca llevaba un papel encima, impresionaba su capacidad para convertir lo que veían sus ojos en poesía y el sentimiento que le ponía cuando las recitaba a viva voz en un barranco”. Damián reconoce que el equipo técnico encargado de la grabación “nos las veíamos y deseábamos” para seguir el ritmo de don Isidro, entonces con 71 años, por los andurriales de Abona. “Él iba delante hasta que nos decía que esperáramos en un lugar, y a los cinco minutos lo veías en lo alto de una loma”. Ese legado audiovisual se puede ver en la web memoriasdeuncabrero.com
El recuerdo de Isidro Casanova, con su inconfundible sombrero, su lanza, su cacharrito de agua de destiladera y su morralito con gofio, almendras e higos pasados, perdurará para siempre en la memoria de la tierra que le dio todo el sentido a su vida y que hoy ha quedado huérfana de su pastor más insigne, el que siempre acudía a la llamada de los recuerdos para convertirlos en poesía.

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Y me regocijo en la flora / cuando me paro a pensar / los recuerdos de mi infancia / y al ver las chozas caídas / eso me hace recordar / el transcurso de la vida.

Isidro Casanova Toledo recoge su premio. | SERGIO MÉNDEZ

El 30 de junio salió del hospital y fue a recoger el Premio Impulso Sur

Isidro Casanova Toledo nació en Vilaflor de Chasna en 1934. Desde niño se dedicó al pastoreo y con 32 años emigró a Holanda, donde trabajó en una fábrica de cobre, regresando en 1976. Además de cabrero, fue agricultor, jornalero y comerciante. Escribió tres libros, dos de ellos de recuerdos, costumbres y poemas: Memorias de un cabrero (2003), Vivencias de un cabrero; sucedidos y saberes de una época (2008). Este mismo año había publicado La familia Casanova, una obra que surgió por el deseo de traer al presente la historia de campesinos y pastores del sur de la Isla en el siglo XX. El pasado 30 de junio, el mismo día que salió del hospital donde se trataba de la grave enfermedad que padecía, quiso acudir al salón de actos del Instituto Tecnológico y de Energías Renovables (ITER) para recibir el Premio Impulso Sur concedido por DIARIO DE AVISOS. Allí, sobre el escenario, volvió a brillar su mirada al sentir el cariño de todo el auditorio en forma de cerrada ovación.

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