Puerto de la Cruz

Puro talento ranillero

Jorge no cierra las puertas a explorar otros campos artísticos. Fran Pallero
Jorge no cierra las puertas a explorar otros campos artísticos. Fran Pallero

A Jorge Yumar nunca se le había pasado por la cabeza ser actor. Aunque ya de adolescente le encantaba crear historias y escribir, fue hace un par de años cuando decidió dar el paso. Primero quiso ser médico, pero en la selectividad no le dio la nota y empezó a estudiar farmacia hasta que se dio cuenta de que no era lo suyo. Fueron sus padres quienes le dieron el empujón necesario y lo animaron a que se dedicara a las artes escénicas y así terminó haciéndolo en la universidad Antonio Nebrija, en Madrid.

Cuando tuvo que subirse a un escenario por primera vez en las asignaturas que era obligatorio hacerlo lo invadió el miedo. “No quería salir, no sabía cómo hacerlo y había compañeros que llevaban dedicándose a eso toda la vida”, cuenta. De hecho, hubo profesores que le decían que no servía para actuar, que se dedicara a escribir. Fue eso lo que le hizo darse cuenta que quería interpretar, “la cabezonería de decir sí sirvo para esto”, dice.

Pero cuando empezó a disfrutar de la actuación y de lo que le ofrecía, supo que era lo suyo, lo que siempre había querido, y experimentó algo que nunca antes había sentido: la libertad que tenía para expresarse.

A partir de allí no paró. Con 24 años ya participó en tres obras de teatro, el sueño de cualquier actor, porque si hay un reto difícil es salir cada día a escena, dar la energía justa, sin excederse ni rebajarla para coger al espectador, darle un viaje, y volverlo a sentar en la butaca. Y sin embargo él empezó por allí y con papeles complejos.

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Su estreno fue en Plastilina, una obra de Marta Buchaca dirigida por Yaiza Ramos en el Fígaro de Madrid, el último teatro al que había ido su abuela, a la que estaba muy unido, y a la que debe su apellido artístico. “Yumar es un pequeño homenaje a ella, un regalo que le hice en las últimas Navidades antes de que falleciera, porque era el de su madre y decía se iba a perder”, relata el joven de unos inmensos ojos azules.

Luego entró en un casting y fue elegido para la obra Amén, del joven dramaturgo Carlos Be con The Zombie Company, un drama crítico en torno a la homosexualidad, la religión y la pederastia en los siglos XX y XXI. Allí se encontró con un público que después de la obra le contaba sus propias experiencias, algunas de las cuales le costó creerlas, confiesa.

En noviembre del año pasado entró en La Joven Compañía con La Isla del Tesoro y posteriormente se incorporó en La edad de la ira, de Nando López, la novela finalista al Premio Nadal 2010 que fue adaptada al teatro. Pertenecer a La Joven Compañía es para él una gran privilegio porque además comparte su filosofía: crear empleo para jóvenes artistas y atraer al público joven, que muchas veces tiene una idea equívoca del teatro, “porque es su última diversión”.

Obstáculos

Fue su caso por ejemplo. “Yo no tuve las facilidades para ir al teatro. Lo descubrí a los 18 años y actualmente la gente de esta edad tampoco las tienen, porque el primer obstáculo son las tarifas”, sostiene. Por el contrario, La Joven Compañía ofrece precios reducidos y tiene un proyecto pedagógico que traslada a los centros escolares, con una guía didáctica, trabaja en clase las obras de teatro y después realiza un coloquio con los actores, una manera de acercarlos al público. “A veces ignoramos a los adolescentes pese a que su palabra tiene una importancia brutal y por eso es necesaria escucharla”, recalca Jorge Yumar.

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En el camino no todo ha sido color de rosas para este joven ranillero. Irse desde el Puerto de la Cruz a Madrid fue un paso bastante duro porque para poder estudiar en una universidad privada tuvo que solicitar becas. Ello no solo supuso la presión de sacar buenas notas sino trabajar cuando sus compañeros salían. “No tenía casi tiempo para la vida social en Madrid y eso estando solo, no fue fácil”, dice.

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