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Velas y miedo

Por supuesto que la inmensa mayoría de los musulmanes no son terroristas, el problema es que todos los terroristas son musulmanes. Y cuanto mayor sea una comunidad musulmana mayor probabilidad hay de que surja algún yihadista en su seno. En términos porcentuales, en Cataluña residen el doble de musulmanes que en el resto de España, porque los nacionalistas han fomentado su inmigración en contra de los hispanoamericanos, no gratos por tener el español como lengua materna. Pues bien, parece llegada la hora de que tanto en Cataluña como en el resto de España se empiece a controlar mejor a esa comunidad; se empiece a investigar lo que se dice en las mezquitas y quiénes son los imanes que ejercen en ellas; se empiece a exigir unos requisitos legales muy estrictos a los que pretendan ser tales; y se empiece a clausurar las numerosas mezquitas ilegales o clandestinas. Porque las comunidades musulmanas son muy distintas a las occidentales: casi todos sus miembros son creyentes y practicantes a ultranza, y, a diferencia de las comunidades de tradición cristiana, en ellas el ateísmo y el agnosticismo se puede decir que no existen. Como ha ocurrido ahora, nadie sabía nada, nadie había notado nada, y de repente te montan un terrible atentado en el centro de Barcelona, y te enteras de que literalmente podían haber volado la Sagrada Familia. Igual hasta se alegraban los energúmenos que quieren volar el Valle de los Caídos.

Lo sucedido debe hacernos revisar con urgencia y en profundidad las competencias de las policías autonómicas y su coordinación con los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado. Frente a los casi 150.000 policías nacionales y guardias civiles, los 18.000 mossos constituyen una policía politizada sin experiencia alguna en la lucha antiterrorista, que se ocupa en exclusiva de un asunto que claramente le supera. Y su director, y el consejero catalán del Interior, son independentistas radicales, que fueron nombrados semanas antes de los atentados para sustituir a otros dirigentes no tan convencidos. Si de lo que se trataba era demostrar que un futuro Estado catalán dispondría de una adecuada seguridad, la demostración ha fallado.

La costumbre anglosajona de las velas rojas, las flores y los peluches ha arraigado en España y es respetable. Pero confieso que no soy muy partidario. Y no lo soy porque no deja de ser un reconocimiento de nuestra inferioridad, de que nos han hecho daño y pueden seguir haciéndolo en el futuro, y de que nuestra única respuesta posible consiste en llorar a nuestros muertos.

Lo mismo podríamos decir de ese lema de “no tenemos miedo”, muy periodístico y sensacionalista, pero muy frustrante e irresponsable. Solo los irresponsables y los suicidas no tienen miedo a morir, y el peligro no solo continúa, sino que se incrementará con el tiempo. Porque, a diferencia del terrorismo etarra, el terrorismo yihadista ha venido para acompañarnos permanentemente.

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