El charco hondo

Adán

Si la curiosidad es un síntoma de inteligencia, y lo es, su insaciable interés por descubrir, saber, explorar o entender, el entusiasmo con el que preguntaba o la ilusión que le ponía a las cosas, hicieron de él un tío inteligente y moderno, cauto pero atrevido, cortado pero extrovertido cuando se sentía cómodo o querido; y divertido, sí, también divertido. Se lo pasaba tan bien trabajando, se entusiasmaba tanto, que lo contagiaba. Tampoco Adán fue perfecto. También él se equivocaba. También él luces, también sombras, quién no; pero su capacidad para interpretar con antelación lo que la mayoría no alcanzaba a entender, junto a un carisma desbordante del que solo supimos quienes lo conocimos bien, hacían de Adán un tipo ciertamente extraordinario. Se salía de lo ordinario, sí. Nunca se cansó de aprender, y mientras lo disfrutamos aprendimos a dudar, a madurar las decisiones, a preguntar, a tener la humildad que hace falta para no dar nada por hecho, controlado o sabido. Durante años conviví con Adán, y así lo expreso porque trabajar con él se acercaba más a la convivencia que a una relación profesional. Así fue siempre, y en especial durante mis primeros pasos con él, meses en los que viajábamos constantemente los cuatro, Adán, su enfermedad, Daniel (Cerdán) y, como si estuviera escuchándolo, Jaimito. La entereza con la que plantó cara al cáncer, la dignidad que demostró, fueron una lección que llevo tatuada. Era Adán el que, con un coraje indescriptible, rendía a la enfermedad, la dejaba en segundo plano, la doblegaba, y no al revés. Conviví con su valentía. Compartí episodios que dejan huella con su vitalidad desbordante, con esa curiosidad adolescente que definía a un político que se lo pasaba como un niño haciendo cosas, planificándolas, imaginando, buscando alternativas, soñando. Adán fue, como bien se dijo anoche, mucho más que un político. Fue un tipo verdaderamente genial.

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