MIS QUERIDOS AMIGOS Y ENEMIGOS

“¡Españoles y canarios, contad con la muerte! Esas palabras de Bolívar no hay que sacarlas de contexto”

En el año 2000, con Hugo Rafael Chávez Frías, presidente de Venezuela. DA
En el año 2000, con Hugo Rafael Chávez Frías, presidente de Venezuela. DA

El 8 de octubre del año 2000, hace hoy justamente 17 años y un día, publicaba el periódico La Gaceta de Canarias, que yo entonces dirigía, el resultado de una visita realizada a La Casona, residencia oficial de los presidentes de la República de Venezuela. Yo iba allí acompañado por los viceconsejeros del Gobierno de Canarias Francisco Aznar Vallejo y Rogelio Frade, y por el reportero gráfico Trino Garriga. Nos hizo de introductor el general Arévalo Méndez, un entonces joven militar chavista, que luego fue embajador en España, por breve tiempo, además de en Argentina y en Chile, y que entonces era el ayudante principal del presidente Chávez. Un hombre extremadamente cordial y educado. Prácticamente habló sólo el anfitrión, que no era otro que el comandante Hugo Rafael Chávez Frías, que si no recuerdo mal acababa de ganar unas elecciones democráticas, por goleada. Nos recibió en chándal, como pueden ver en la foto, pero a mí, que no iba preparado porque todo fue -como es normal allá- improvisado, me hicieron comprar, en la sastrería Clement, la mejor de Caracas, situada en el hotel Tamanaco, un terno que me costó 1.000 dólares de la época y que aboné con la tarjeta de crédito del periódico. Es decir, esta entrevista le costó a La Gaceta de Canarias esos 1.000 dólares, porque el viaje no recuerdo quién lo pagó. Quizá también La Gaceta. O quizá la compañía aérea Santa Bárbara, de la que era propietario mi querido amigo Paco González Yanes. El traje gris lo conservo y todavía me queda perfecto. Ni siquiera ha pasado de moda. Chávez se mostró extremadamente cordial, durante todo el tiempo. Este encuentro, más que entrevista, dio lugar a mi libro Los gallos de Achímpano (Burgado Ediciones, agotado), un relato de ficción inspirado en Venezuela, que Chávez leyó y mostró en televisión en uno de sus discursos kilométricos, Aló, presidente, con mucho agrado.

(Después de esta introducción, no puedo consultar mis notas y reproducir algo -poco- de aquella especie de entrevista atípica, de sopetón. Tengo antes que añadir algo. José Manuel Otero Lastres, catedrático y escritor brillante, en una Tercera de ABC del día 2 de abril de 2012, escribió: “… la reacción ante las cosas portadoras de recuerdos no siempre es la misma. Las hay que, lejos de rehuir, buscan afanosamente el encuentro con los objetos que formaban parte de los sucesos que recuperan de la memoria. De tal suerte que la cosa misma, la estancia, el mueble, una foto, un cuadro, son los hilos para acceder al ovillo en el que descansan olvidados los recuerdos. El sujeto que se entrega al sosegado placer de recordar ve en cada cosa un punto de anclaje que le permite bajar la cometa en la que flamea cada una de sus vivencias”. Repito que aquello no fue una entrevista al uso según recuerdan mis notas, un poco amarillas ya. Fue un monólogo).

“Los canarios tenían que invertir en Margarita. Volcar aquí toda su experiencia en turismo. Yo conozco Canarias y admiro su potencial turístico. Para nosotros sería fundamental que se decidieran a venir aquí, donde les daríamos todas las facilidades”.

-Se habla también, presidente, del desarrollo de Isla Tortuga, esa de los piratas, pero que no tiene agua.

“Un grupo de empresarios me lo ha propuesto, empresarios españoles y algunos canarios también entre ellos. Estamos dispuestos a darles todo tipo de facilidades”.

(Luego supe que en el proyecto de Tortuga estaba metido el arquitecto y empresario Enrique Hernandis Moreno, que entonces dirigía el grupo CITA, con otros inversores que tiempo después se fueron a la República Dominicana a desarrollar un resort y les fue fatal. En el grupo estaban los empresarios Juan Pelayo, Ricardo Reyero, Antonio Armas, Kumar Bharwani, el restaurador Lucio, la familia del arquitecto Andrés Piñeiro y otros. Aquello no fue bien y lo fueron malvendiendo casi todos, o todos, porque el proyecto se les fue de las manos. Y acabaron a la greña. En Isla Tortuga, donde recalaban cientos de venezolanos los fines de semana, en sus yates, a solazarse con sus parejas, lo que hacía la gente en sus ratos libres era buscar los supuestos tesoros enterrados de los piratas del Caribe. Ahora no va ni Dios. Igualito que en la casa del pobre Amaro Pargo, en La Esperanza).

Vuelvo a La Casona. Chávez nos muestra un mineral recién descubierto en la zona amazónica, que le acaban de traer. Parece que tenía aplicaciones diversas, entre ellas la fabricación de los teléfonos móviles. No recuerdo que mineral era. Un turpial cantaba en el jardín, bellísimo, de la vivienda presidencial, que tiene suelos con mosaicos negros y blancos en su fresco porche, donde celebrábamos el encuentro. Esos mosaicos los había retratado Justo Molina, en los tiempos de Herrera Campins, que murió posiblemente víctima de una indigestión de “torontos” (unos chocolatitos venezolanos que le gustaban mucho).

“Bueno, pues cuéntenme ustedes algo de Canarias. ¿Cómo está Icod?”.

“Pues en el mismo sitio, presidente. No es que avance mucho”.
(Hacíamos cábalas de que por qué Icod. Y averigüé que el presidente tuvo una novia allí, en la ciudad de la Isla Baja, aunque algunos dicen que Icod no es Isla Baja, sino Garachico, Los Silos y Buenavista).

-Hay brotes xenófobos en su país, presidente. ¿No cree?

“Pues mira, chico, esos brotes son obra de cuatro tirapiedras y es verdad que existen, pero no les doy demasiada importancia”.

-¿Usted no será, para nosotros, como Bolívar, con aquel famoso discurso: “¡Españoles y canarios, contad con la muerte!”?

“No, los discursos son para cada tiempo; Bolívar honró a los canarios haciendo esa distinción. Todos debemos contribuir a estrechar lazos y a que Venezuela, este gran país, siga siendo para ustedes, y también para nosotros, la Octava Isla”.

(Creo que le hablé, aunque luego no lo trasladé, no sé por qué, a los lectores de La Gaceta, de que yo empecé a conocerlo, a Chávez, al que entonces admiraba -antes de enloquecer-, gracias a la semblanza que hizo de él García Márquez, tras la conversación de ambos en aquel vuelo entre La Habana y La Carlota (Caracas). A García Márquez lo conocí yo en Caracas (iba con mi amiga Raquel López Ortega, hermana del gran escritor Antonio López Ortega), en la tienda de Vogue del CCCT: le gustaba la misma camisa que a mí y se la dejé, después de haberla pagado, a cambio de que me firmara un libro. A Gabo le causó Chávez una impresión magnífica. Y lo trasladó a su espléndida semblanza, que en España publicó El País).

(Ya digo que nuestra estancia en La Casona fue un monólogo de Chávez; apenas nos dejó hablar, apenas nos dejó preguntar. Nos contó su proyecto de una gran Venezuela, con riqueza repartida, con respeto a la propiedad privada, con una magnífica relación con España. Y agradeció mucho la ayuda de los canarios, tras la tragedia de Vargas, en diciembre de 1999. El Gobierno de Canarias fletó un Antonov lleno de ropa, comida y otros enseres, algunos de los cuales -merced a la irresponsabilidad de ciertos ayuntamientos- fueron desechados antes de embarcarlos: objetos inservibles, incautados a los vendedores ambulantes, y hasta muñecas hinchables. Paco Aznar y Quico Gutiérrez vivieron aquellas Navidades fuera de sus casas, lejos de sus familias, auxiliando a los canarios en Venezuela. Paco Aznar, nuestro responsable de Acción Exterior, fue distinguido con una alta condecoración venezolana por su labor. Recuerdo que cuando la tragedia de Vargas, una joven reportera de la TV Canaria, Beatriz Rodríguez, logró una magnífica entrevista con el presidente Chávez, en el mismo lugar de la tragedia. Miles y miles de personas fueron sepultadas por el barro y sus cuerpos allí permanecen).

-Yo recorrí aquello, presidente, fue terrorífico.

“Sí lo fue y lo sigue siendo en mi corazón. Pero creímos que lo mejor era dejar las cosas así, no mover más la tierra, sino restaurar encima de las ruinas, como un homenaje a los muertos”.

-Hablan de 30.000 cadáveres, sepultados ahí abajo.

“Puede ser que sí; no hay censo de desaparecidos, jamás lo habrá, aunque lo hemos intentado”.

(Tuvimos un aparte simpático, que yo tampoco trasladé a los lectores de La Gaceta, o al menos eso creo. Me dijo: “Deja tu hotel y te quedas aquí, en La Casona, y así me acompañas y podremos hablar”. “No, presidente” –le respondí-, “que luego viene alguien a por usted y me llevan también a mí”. Echó una gran carcajada. Teníamos una amiga común, Maripili Hernández, que ha ocupado muchos cargos en su régimen, incluso vicecanciller. Una vez, en la televisión local de Tenerife, entrevistándola, Maripili me dijo, sin yo preguntárselo: “Conste que yo no soy la amante de Hugo, como mucha gente cree y dice; sólo somos amigos”. A Maripili, los que se rebelaron contra Chávez en aquel golpe de Estado cívico-militar, le metieron en casa, con calzador, un hombre que la enamoró, un novio, que en realidad era un espía. Estuvo con él, alojados ambos en el Mencey, en un Carnaval y ella fue jurado de la elección de la Reina de aquel año. La enamoró, para sacarle información de Chávez para la oposición, capitaneada por Carmona Estanga, que sigue exiliado. El novio chimbo disfrutaba de un cargo aparente: vicepresidente del Banco Santander en Caracas. Yo tenía su tarjeta por ahí, creo que se llamaba, o se llama, Víctor. Era un cargo del banco falso. Ella, Maripili, de origen tinerfeño y palmero, a la que Chávez puso también a dirigir la televisión oficial de Venezuela, sufrió un gran disgusto cuando se enteró de la traición de aquel hombre, que tenía un gran amigo en Tenerife, que era ciego. Todo esto lo recuerdo ahora. Ella estaba muy enamorada).

(Samuel Butler dijo: “Memoria y olvido son como la vida y la muerte. Vivir es recordar y recordar es vivir. Morir es olvidar y olvidar es vivir”. Cuando el golpe de Estado contra Chávez, Paco Aznar, que estaba casualmente en Caracas, recibió una llamada mía para pedirle que protegiera a Maripili Hernández, a la que querían matar. Paco hizo gestiones ante nuestra embajada para protegerla, lo que al final no hizo falta porque ella pudo llegar a casa de sus padres y ponerse a salvo por sus propios medios. Aquella pudo ser una nueva noche de los cristales rotos).

(Esta, ya ven, no es una entrevista como la que publicó La Gaceta el 8 de octubre de 2000 con el presidente Chávez. Luego el personaje enloqueció, se llenó de ansia de poder, se convirtió en un dictadorzuelo de aldea y me defraudó, como defraudó a millones de venezolanos. Yo era chavista, hablé con muchos chavistas y no chavistas para buscar información sobre lo que querían para el país: con el hermano de Diosdado, un hombre manco que era director del aeropuerto de Maiquetía y que hoy es multimillonario; con el fiscal que encarceló a Chávez por primera vez y que fue a sacarlo de la cárcel: Ramón Escobar Salom, que fue ministro de Exteriores no sé si con Caldera y que tenía una casa modesta, pero llena de condecoraciones internacionales; con el presidente Caldera; con don Luis Pastori, un gran poeta, académico, político, premio nacional de Literatura de Venezuela, que fue suegro de Teodoro Petkoff, el premiado periodista director de Tal Cual. Con Juan-Manuel García Ramos entrevisté a Teodoro en el periódico Tal Cual para la televisión de aquí, de Tenerife. Todo esto no lo podía pensar yo en la residencia de La Casona, porque no se había producido. El turpial se posó en una rama y su canto alertó de la hora al edecán de servicio).

-Presidente, nos tenemos que ir.

“Qué lástima, con lo a gusto que estoy con estos amigos. Espero que lo pasen muy bien aquí; los canarios son siempre muy bienvenidos a Venezuela. Ustedes ya lo saben. Queremos mucho a los que han hecho tanto por este país”.

Se levantó y nos abrazó a todos, uno por uno. Trino tiraba las fotos, con no poco nerviosismo, moviéndose de un lado para el otro. Trino trabajaba entonces para Canarias 7 y revelaba en mi oficina de la plaza de Ireneo González, en la agencia de noticias AIN, donde le construí un pequeño laboratorio para él. Un gran personaje, tan ligado al Buchanan’s de 18 años, como yo y como algunos más por aquellos tiempos. Vivir es recordar y recordar es vivir, ya lo saben. Por eso cuando Carmelo Rivero me dijo que sí a mi petición de rememorar aquellas vivencias, aparté los apuntes amarillentos y me dediqué a contar lo que he vivido. Pero ha sido tanto, que no cabe. Ojalá no hayan buscado ustedes una entrevista al uso con el presidente Chávez, sólo un encuentro cordial. No nos dejó hablar, no nos dejó preguntar, sólo contó lo que quiso. El presidente se levantó y se marchó. Tras él, el elegante edecán. El general Arévalo Méndez nos acompañó hasta la puerta de La Casona, donde nos esperaban los coches. No recuerdo que hubiera whisky Buchanan’s de 18 años en aquel porche de suelo blanco y negro, que retrató Justo Molina y llevó a uno de sus libros sobre la historia última de Venezuela contada en imágenes, desde la mismita caída de Pérez Jiménez, al que hoy, acaso, los venezolanos echen de menos. ¿Y tú, Trino, recuerdas todo lo que he contado? Faltan tantos amigos, sobre todo uno: Mauricio Gómez-Leal.

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