Al fin es lunes

El extraño viaje a Nueva Zelanda

Gran amigo Carmelo Rivero. Lo han invitado, desde la selección peruana, con gastos pagos, como decía mi padre, a viajar con la selección peruana de fútbol a Nueva Zelanda, donde el equipo blanco jugaba este viernes un partido decisivo para el Mundial de Rusia. Y no se le ocurre otra cosa que dejarme a mi los billetes, pues son dos.

Él no me explicó bien la situación; eso es algo habitual en los directores de periódicos. Te dicen “¿Quieres ir?” y el resto es tu problema. Lo que deduje es que, como emparentado con peruana, y su hijo además es peruano y tocayo mío, se ha hecho algo del absorbente fútbol peruano, que es malo como un dolor, pero cuyos aficionados creen que tienen ante sí a los Globetrotters del fútbol. Para nada. Hay un amigo del Puerto que dicen que juegan como el Vera en sus peores momentos.

En todo caso, como suele ocurrir con estas demandas de Carmelo, le dije que sí, y a Nueva Zelanda me fui. Por alguna razón de logística, las entradas nunca me llegaron, y deduje que tampoco era tan grave no ir al partido para contar lo que se cocía allí, en aquella marabunta de hoolingans tranquilos. Así que me quedé en el hotel, ante una pantalla gigante creyendo que lo iba a ver en solitario. A mucha gente debió pasarle exactamente lo mismo, y de pronto me vi rodeado de peruanos ruidosos que a cada lance del partido se levantaban de sus asientos como si hubiera estallado la guerra mundial.

Al final todo fue bastante mediocre, en el campo mismo; en el hotel fue un festival sin nada que celebrar, pero lleno de comida peruana, de pisco, de whisky, de una alegría que yo no había visto en una grada de estas características. En primer lugar, el fútbol era triste como una catedral inglesa, en segundo término, los futbolistas no se tomaron, ni por una parte ni por otra, el partido como era debido, y en tercer lugar porque parecía que todos llevaban puesto el soroche peruano encima. Menos los aficionados.

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Con algunos hice pandilla, porque si no hubiera parecido un guiri en Nueva Zelanda. Algunos me contaron cómo habían ido tan lejos. Muchos fueron invitados. Les pedí copia de sus billetes, y comprobé que la compañía era la misma que había pagado las invitaciones que me mandó Carmelo. Él todavía no me ha explicado quién demonios me invitó de veras a este extraordinario aburrimiento animado por unos aficionados que merecen un monumento a la ilusión peruana por hacer ruido con cualquier cosa.

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