Tribuna

Mi hijo de siete años emite buenas señales

Yo he vivido 60 años y ya sé que se vive contra todo pronóstico. Y más allá de toda lógica. Es la astucia bicorne del tiempo y la muerte, que decía Luis Cernuda. Se tiene suerte de seguir vivos habiendo sorteado innumerables contingencias que nos acechan desde el instante en que ponemos un pie en la calle. Todos los días sobrevivimos. Pero, ¿nos alegramos acaso por ello?, ¿somos conscientes de tal cosa?, ¿celebramos el regreso a casa del héroe tras vencer los escollos? No, siendo altamente probable quedar fuera de combate en cualquier casilla de esa ruleta. Si el héroe cae, su ocaso sí recibe una celebración, la correspondiente ceremonia funeraria. Fascinados por la muerte, le rendimos tributo; en cambio, la vida, la victoria cotidiana de la vida, carece de interés: el transcurso de los días es una de las más groseras banalidades del ser humano. No nos merecemos el premio, ya que lo desdeñamos.

Si repaso el catálogo de veces que crucé la frontera y el azar me retuvo, me recuerdo en una carretera lejos de mi isla, en otra isla, cuando la moto se negó a obedecerme y me provoqué un accidente mortal para seguir vivo, arrojándome a la cuneta entre piedras y árboles. También diré que la sensación posterior fue grata, tras segundos de inconsciencia, hasta que Porfirio, que me seguía al rebufo en otra moto de alquiler, se acercó corriendo y rompió aquella seudología fantástica.

Así que sé muy bien que uno está vivo de milagro. De la misma manera que somos producto aleatorio de una probabilidad remota de fusión entre dos gametos inconcebibles. Pero rara vez nos decimos que hemos ganado la lotería en el sorteo de la procreación, que tuvimos la suerte de conseguir plaza entre los pasajeros de esta nave exclusiva. Y que todo el monte no es orégano. “Cada mañana me digo: sabes que hoy puede ser tu último día”, me contó un buen amigo cuando rondaba estas edades que ya acumulo, y añadió a su mantra agorero: “Desde que hago este ejercicio me va fenomenal”. Su tesis se basa en convertir cada jornada en un día de riguroso estreno. No es receta para optimistas, pero encierra una filosofía infalible que hace bien a la cronobiología particular y nos reconcilia con la idea de salvación.

No hace falta correr un riesgo evidente para salvarse; puede funcionar como terapia preventiva: una especie de plan de choque basado en el tópico de Horacio del carpe diem. A menudo lo que más nos cuesta trabajo, abundando en lo dicho, es la disciplina de recordarnos como una muletilla que consumimos tiempo, agotamos energías y nos hacemos viejos sin aprovechar ese tiempo de oro, esas energías y las ventajas inherentes a la edad -la impagable experiencia- en beneficio propio. Hemos atrofiado el sentido de la complacencia, que es subjetivo, a fin de que el tiempo fluya a nuestro favor, en mejora de la calidad de vida y de nuestra libertad.

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Quizá sea el menos hedonista de los mortales -el que suscribe- quien admita el error de haber vivido de espaldas a la vida 60 años con sus ondas gravitacionales en el espacio-tiempo. Fuimos niños de la dictadura y los percances económicos, bajo la influencia de la religión y los sucesos particulares. Ante cada hijo de vecino proclamo el derecho a disfrutar de la vida en nombre de todos ellos, cada uno con su lastre, que es como hablaba Walt Whitman, ecuménico y solitario, siendo yo el menos indicado. Conozco a alguien de siete años que, fruto de un mundo y entorno distintos al de su padre, parece más proclive por suerte a estas nociones que predico sin conocimiento de causa. Confío en que dé con la fórmula de ser feliz sin las fallebas echadas, con las puertas abiertas, sin las retrancas locales. Nosotros -me dirijo a los de mi quinta contravenida que llegó tarde al mundo analógico y demasiado pronto al virtual- debemos hacer un último esfuerzo para lograr un nuevo albedrío, que no sea políticamente correcto. Algunas personas me confiesan: “Cierto, me he portado bien. He hecho todo lo que esperaban los demás que hiciera, pero no sé si era eso también lo que yo esperaba de mí”. Gente admirable que lamenta no haber cometido alguna que otra travesura; habrían roto el jarrón, más no el corazón, que es lo que nos determina; sí la imagen perfecta, pero no la personalidad. Son legión los rehenes de su propio cliché, y esa generación de personajes fieles a la imagen que otros les endosaron es una generación frustrada. El citado Whitman tenía esto muy claro: “Yo me celebro y yo me canto”. Sin pecar de vanidosos, habríamos sido más libres, audaces, saturnales y complacientes en armonía con los demás. El poeta añade: “Todo cuanto es mío también es tuyo,/porque no hay un átomo de mi cuerpo que no te pertenezca”. Al príncipe de siete años le hablé el jueves de su aniversario de la ética, le expliqué el laurel de esa palabra que debería coronarnos a todos los hombres y mujeres, pero añadí que cada cual administramos la ética en nuestras vidas. Él, la suya.

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Es verdad, como dijimos al comienzo, que deberíamos tener la capacidad de festejar la vida que nos es dada, y por lo general no es así. Darle relevancia al hecho de estar vivos no es ninguna tontería. Lamentar esporádicamente qué rápido se va la vida es ir perdiendo el partido. Se vive mejor persuadidos que haciendo caso omiso. Entonces surgen los psicólogos y la autoayuda y, de un tiempo a esta parte, la necesidad de hacer cosas que empiezan a ser habituales: yoga, dieta sana, descanso, humor. Me remiten a un libro de este género, Reinventarse, y me guardo una breve enseñanza del autor, Mario Alonso Puig: las bondades de la risa. Las conozco por Pedro Hernández Guanir. La risa es mano de santo.

Cuando tenía tantas vidas como un gato, solía desriscarme por las laderas de Taganana, cuando no era en el Lomo, era en La Fajaneta, o en Asano o Afur. En un estado inexpugnable de completa ataraxia, uno estaba curado de espanto y le daba a toda amenaza un aire de naturalidad. La infancia es el periodo más útil de la vida, porque todo entraña un continuo descubrimiento. Lo que me apenó más tarde fue comprobar el lado oscuro del hombre, su malignidad, y no me he repuesto aún. Intento algunas estrategias: desde el ritornelo del axioma de mi amigo sabio delante del espejo hasta la visión del mar en que me recreo desde el belvedere de mi casa…, pero no consigo exprimir los instantes, cada día con sus tardes y noches, como debiera. No les engaño, soy un incurable aspirante imposible al gozo de la buena vida. Hay mejores candidatos que yo, felices y eficaces, que viven intensamente, son capaces de rendir y redimirse, son pragmáticos y epicúreos a la vez.

Envidiables. Yo he tenido siempre un perfil más estajanovista, como me reprochan quienes me conocen, aprecian y descreen. No aprendo. Mi hijo de siete años, en cambio, emite buenas señales.

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