El charco hondo

La reincidencia de los engañados

Atendiendo a sus potencialidades como herramienta de dominación, lo simbólico solo puede ejercerse con la complicidad de los que lo sufren o compran sin hacerse demasiadas preguntas, dejándose llevar

Atendiendo a sus potencialidades como herramienta de dominación, lo simbólico solo puede ejercerse con la complicidad de los que lo sufren o compran sin hacerse demasiadas preguntas, dejándose llevar. Si lo simbólico se gestiona con habilidad, si escenificación y comunicación empaquetan el guión con solvencia, puede lograrse que cientos de miles de independentistas crean estar asistiendo al nacimiento de una república cuando, a años luz de la realidad real, todo se redujo a una declaración simbólica, a un simple gesto, a un montón de nada, puro ilusionismo sensorial. Difícilmente puede sorprender que la presidenta del Parlamento catalán confiese ahora que la muy solemne declaración de independencia tenía un carácter simple, tramposa y llanamente simbólico -sin trascendencia, declaró-. Tampoco llama la atención que los acartonados héroes de la farsa digan sin disculparse que no estaban preparados para la independencia, o que el cesado presidente afirme sin ruborizarse que está abierto a otra relación con España. Quienes han protagonizado una litúrgica estafa, un timo mayúsculo, dejaron de sorprender hace años. Sí sorprende, y mucho, que cientos de miles de catalanes a los que han estafado, a quienes han timado con la estampita de una independencia de mentira, sigan contando a los encuestadores de volverán a votar a estafadores y timadores. Siendo comprensible que se les ponga cuesta arriba prestar su voto a los separadores que al otro lado del espejo han sembrado malas hierbas con su inacción, desconcierta que los separatistas vuelvan a apoyar a aquellos que ahora confiesan que todo ha sido una gran mentira, un monumental engaño. Será que, después de tantos años acampados en una ilusión, a los consumidores del timo independentista despertar el sueño les parezca el peor final posible. Confortablemente instalados en la ficción, puede que regresar a la realidad les resulte más frustrante y doloroso que dejarse engañar una vez más por aquellos que, profesionales del simbolismo, seguirán ejerciéndolo con la complicidad de los que lo compran sin hacerse demasiadas preguntas, dejándose llevar.