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No pasa nada

En este país no pasa nada, sólo lo de Cataluña. Y para mí ya está bien. Estoy harto de delincuentes. Me preocupa mucho más que mi perra, Mini, lleve cuatro días sin cagar, porque le cambié la comida de perros por comida de señoritos. Hoy la llevaré al veterinario, a ver cómo resolvemos el problema. Esto es para mí mucho más importante que ver cómo los catalanes se destruyen entre ellos y de escuchar cómo Rajoy pide el voto de la mayoría silenciosa, la que nunca vota, ni opina, ni se arriesga, ni da la cara. Rajoy es especialista en las causas imposibles, así que a lo mejor lo consigue. Es medio brujo y muy pacienzudo y muy tozudo y muy contumaz, así que puede que él solito acabe con el asunto catalán. Hasta ahora va ganando la batalla: el gordo Junqueras y demás familia están en la cárcel con pijamas a rayas, aunque en este país tan raro podrán presentarse a las elecciones catalanas. Y después dice el imbécil del prófugo Puigdemont que en España no hay garantías para los investigados. Vamos, este país es una pura garantía. Pero resulta que escribo en la madrugada del domingo al lunes y no hay nada de qué escribir, así que me dedico a elucubrar con las palabras, porque este es un país que ha acabado por no existir en el mundo, salvo por lo de Cataluña, que nos ha entretenido el año de una manera fantástica. Antañazo, los catalanes no hacían más que trabajar porque la pela era la pela, ahora no hacen otra cosa que manifestarse; es decir, perder el tiempo. Cuanto más se manifiesten más se empobrecen, aunque sea en domingo. En fin, esta profesión es muy jodida: uno tiene que escribir aunque no tenga ganas. Y Mini sin cagar.

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