Por qué no me callo

En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo

Somos nombres, denominaciones, y de hecho existe una empresa que se llama El nombre de las cosas. Otra cosa son los nombres de las personas, que evolucionan por corrientes y modas, y así, padres sin escrúpulos acribillan a bebés indefensos con nombres propios infumables, deleznables o simplemente chorras. ¿Existe algún canario que se llame Canario? Tengo entendido que no, pero no lo descarto. Acaso de apelativo, sobrenombre o apellido más o menos camuflado. Pero en cierta ocasión cotejé el asunto y, a falta de una respuesta irrefutable, guardé el tema en la neurona de los casos pendientes. Esto del nombre es un caso de juzgado de guardia. Unos padres quisieron una vez llamar a su hijo Lobo y se lo denegaron. Alguien se quejó, a su vez, de que no le autorizaran a llamar a su vástago Lenin, y conviene saberlo en el año del centenario de la revolución de este personaje que inspiró a tantos padres en la España franquista, dispuestos a vengarse del dictador con argucias de ingeniería onomástica. Los padres de Wladimiro Rodríguez Brito rindieron tributo a Vladimir Ilich Ulianov (Lenin). Pero el Gobierno, ya con Rajoy, advirtió hace unos años que de poner a los niños Lenin, ni hablar, con esta argucia: induce a confusión porque suena, más que a nombre, a apellido. Así que a hacer proselitismo a otra parte. Los padres de Pablo Iglesias tuvieron más suerte respecto al fundador del PSOE. Pero llamarse Stalin o Marx choca con la pega del burócrata del Registro Civil: actúan como apellidos, no son aptos. Tampoco Caín o Judas; ya está bien de bromas de mal gusto a costa de un inocente, en virtud de la ley que “protege el interés superior del menor”. Lo de los nombres está atado y bien atado. Trump y Putin son apellidos y quedan excluidos, amén del juego de palabras con la futura descendencia: el hijo de Putin. Hay algunos nombres de risa: Armando Bronca Segura, Carmina Carmena Carmona, Clara Luz de Luna o Dolores del Ano Prieto. Pero Canario, como tal, salvo de gentilicio o nombrete, no me suena. Tampoco sé si la ley lo consiente. Me consta que no se aceptan más de dos nombres simples o uno compuesto, que se preste a confusión o que sea contrario a la dignidad de la persona. Llamarse Catalán, por ejemplo, tendría indudables connotaciones en este contexto concreto; ya no tanto Andaluz o Vasco. Pero si a unos progenitores les da la gana, pueden llamar a su hijo Gustavo Adolfo, siempre que se apelliden Bécquer y hacerle cargar con el sambenito de poeta para toda la vida. Esta matraquilla de los nombres se rige por lo que decía: ciclos o majaderías. La tele influye mucho; el deporte y la música marcan tendencia y son frecuentes nombres de ídolos que pasan de padres a hijos. Con Mayer Trujillo, el compañero periodista de la Cope, sus padres quisieron homenajear al célebre guardameta del Bayern Josef Dieter Sepp Maier. Dice el organismo competente (el INE) que el españolito llama preferentemente a sus hijos varones Daniel (Hugo en Canarias) y a las niñas, Lucía (ídem). En Tenerife se impone Manuel y en Las Palmas, Antonio, lo cual no es nada original, una vez superada la fiebre de los ochenta de poner nombres guanches: Beneharo, Romén, Yoné, Tamait, Dácil o Chaxiraxi. El ranking de los nombres en las islas es una caja de sorpresas: en Lanzarote, el segundo preferido es Mohamed, que figura entre los 50 más habituales en las islas. Hoy me dio por ahí. Me han dicho alguna vez que Carmelo es un nombre feo y el nombre hace al monje, lo cual doy fe de que en mi caso me lo contagió. En el Registro prefieren el santoral. Pero si alguien quiere llamarse Canario, que se llame y san se acabó.

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