El charco hondo

Que vuelva el calvo

Queridísimo Calvo, ignoro si vive o no; y, caso de no haber fallecido, como así lo espero, desconozco dónde reside, aunque imagino que habrá pasado los últimos años en cualquier pueblo británico. Si es que esta carta llega a sus manos, le ruego encarecidamente que, sea con los del almendro o por su cuenta, vuelva a casa por navidad. Un deseo que, compartido por millones de españoles, ha crecido hasta el infinito a raíz del último spot de la lotería -El Gordo, you know-. Las campañas han ido a peor desde la última vez que usted repartió suerte, empaquetándola en aquella magia en blanco y negro, envuelta tanta elegancia con las notas de El café de los estudiantes. Los últimos anuncios se han enredado de tal manera que ya no sabemos si nos están vendiendo lotería, champú para la caspa, planes de pensiones, preservativos o atún encebollado. Han empalagado tanto los guiones, tanto, tantísimo, que obligan a un esfuerzo para encontrar el jodido décimo. La fábrica de los sueños fue reconvertida en una factoría de pesadillas, con niños en la línea que une la ternura y el exorcismo. Sobrevivimos a duras penas al golpe bajo del año de Raphael o Marta Sánchez. Nunca nos creímos que el del bar no se quedara con el número premiado. Nos acojonamos con la inquietante relación del guardia de noche con los maniquíes. Apagamos la tele cuando trataron a Carmina -la jubilada- como si edad y estupidez fuesen de la mano. En fin, Mr. Arrindell, que han sido años difíciles. Especialmente éste; y es que, Amenábar, ya sin la frescura de sus inicios, juega a retorcer suerte, amor y dinero, eso sí, con sobredosis de azúcar, tópicos, miel sin palma y otras calorías prescindibles. Queridísimo Calvo, vuelva. Ponga punto final al concurso que los anunciantes de la lotería se tienen entre manos, un juego que gana el guionista que consiga deprimir antes a los espectadores. Lejos de ir a una administración parece que estemos haciendo cola en un tanatario. Regrese, Mr. Arrindell.

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