Santa Cruz

Una voluntad inquebrantable

África Fuentes es una luchadora que, asegura, no tiene nada que temer ni perder a estas alturas de su vida. F. P.
África Fuentes es una luchadora que, asegura, no tiene nada que temer ni perder a estas alturas de su vida. F. P.

Los Servicios Sociales de Santa Cruz atienden a unas 53.000 personas al año. Eso supone que el 30% de la población del municipio pasa, en algún momento, por las Unidades de Trabajo Social (UTS) en busca de algún tipo de ayuda que les permita comer, pagar el agua o la luz. Dentro de esta situación, tal y como reconoce el propio Instituto Municipal de Atención Social (IMAS) en la memoria de su presupuesto para 2018, en los últimos años se ha producido una modificación sustancial en el perfil de la población que acude a los servicios sociales. Estos nuevos usuarios provienen, fundamentalmente, de una clase media que ha visto cómo se desplomaba su bienestar y calidad de vida de los últimos años debido a la pérdida de empleo.

Esto es lo que las distintas entidades que colaboran con Cruz Roja y Banco de Alimentos en la ciudad palpan en cada uno de los repartos de comida que realizan de forma periódica. Son una treintena las que ayudan a más de 11.000 personas solo en la capital. DIARIO DE AVISOS se ha hecho eco estas semanas del trabajo de una de ellas, la de García Escámez, cuya presidenta, África Fuentes, no se cansa de gritar a quien quiera oírla que la pobreza se está apoderando de los canarios. Coincide con el IMAS en ese análisis de los “nuevos pobres”. “Son gente que hasta hace unos años ha vivido bien y que de un día para otro vio cómo lo perdía todo”, admite. Personas a las que “les avergüenza pedir ayuda”.

África dice conocer casos como el de un empresario que siempre colaboró con su asociación y que ahora, tras quebrar su negocio, es él quien necesita de su ayuda. El cambio en ese perfil lo ha vivido la presidenta de la Asociación de García Escámez a lo largo de los últimos 20 años. “Siempre ha habido gente necesitada, sin recursos, que no tenía para comer, pero ahora alcanza a todo tipo de personas”. Esos necesitados son los que llevaron a ella y a su marido a abrir el Comedor del Amor, en Cuesta Piedra. “Después de que mi marido superara un cáncer que tenía que haberlo matado en tres meses, quiso hacer algo para agradecer ese regalo”. Ese Comedor del Amor, cuenta, compartía espacio nada más y nada menos que con un tanatorio. “Muchas veces teníamos que esperar a que saliera el difunto para entrar nosotros a fregar todo con lejía y colocar las mesas para que los que venían a diario pudieran comer”. Eran otros tiempos. Recuerda cómo compartía mesa y mantel con los usuarios. “Había muchos enfermos, pero eso a mí no me echaba para atrás”, asegura. “Un día se estropeó la comida y no había nada para darles de comer, y ya estaban todos sentados. No sé cómo, pero en ese mismo momento aparecieron dos camiones con comida que había sobrado de no sé dónde”.

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En García Escámez lleva desde que tenía 18 años: “Llegué recién casada”, explica. Fue su marido el que puso en marcha la Asociación de García Escámez. “Era muy bueno, imagínate, para aguantarme a mí”, dice entre risas.

Entre los dos hicieron de este espacio en el popular barrio chicharrero un refugio para los que más lo necesitan. Ahora, por ejemplo, muchos de sus voluntarios vienen de Tenerife II a cumplir condenas de trabajo social. “Aquí no se discrimina a nadie”, afirma categórica.

Cada viernes, los usuarios de esta asociación cogen número para el siguiente reparto. “Antes venían a las diez de la noche y se quedaban tullidos de frío esperando”. La última vez se juntaron unas 20 personas. “Había señoras mayores, niños… Me dio mucha pena y casi me los llevo a casa”. Al final, les dio las llaves para que pasaran la noche en el local. Fue entonces cuando decidió dar cita. “Ellos sacan un número y ya saben a qué hora pueden venir el próximo viernes”.

Entiende que haya suspicacia sobre el reparto de alimentos y no se atreve a opinar sobre otras asociaciones. “Aquí está todo en orden y no permitimos ningún tipo de enfrentamiento”. Cuenta que incluso la llegaron a amenazar de muerte. “Cuando falleció mi marido, hace cuatro años, vino uno chillando y exigiendo, y le dije que se pusiera en la calle. Me contestó que me guardara las espaldas porque él salía de donde lo mandaran [la cárcel], pero yo no”. La respuesta de África fue clara: “Sabes, mi niño, yo debo una vida, así que si me la quieres quitar, me la quitas, pero aquí se respeta”.

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Un respeto que ha sabido imponer y ganarse y que fue reconocido por la Casa Real otorgándole la Medalla al Mérito Civil. “Tengo el teléfono de la reina, pero solo para uso personal”, dice orgullosa. Enseña las fotos de las infantas, colgadas en las paredes de la asociación, como si fueran de la familia. “Ella me las manda todos los años, pero solo para ponerlas aquí”, explica.

Esta mujer a sus casi 81 años, no deja indiferente a nadie, pero también es justo reconocer que, como África, hay otros nombres que en otras asociaciones luchan día a día por ayudar a los demás. Lo hace la Asociación Kairós, el Ejército de Salvación y ONG como Sonrisas de Anaga, Unidos por ti o Jubilados Geronte.

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