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El vecino que mató a la estudiante palmera Saray dice que estaba enajenado: “No era yo”

Alberto Montesdeoca, durante su comparecencia de ayer en el juicio, se mostró arrepentido de los hechos que acabaron con la vida de la joven. CANARIAS AHORA

“No era yo”, dijo el joven que mató a golpes hace dos años a su vecina, la estudiante palmera Saray González, de 27 años de edad, en la apertura del juicio que se celebró este lunes por la mañana en la Audiencia Provincial de Las Palmas de Gran Canaria. Alberto Montesdeoca negó así la responsabilidad de sus actos aquella fatídica tarde de octubre, que su defensa achaca a un trastorno transitorio.

“Sé que no me van a poder perdonar”, dijo el acusado, que reconoció ser el autor de su muerte, para el que el fiscal pide una pena de 20 años por el delito de asesinato con alevosía y 25 la acusación particular, al añadirle ensañamiento. El autor confeso del crimen aseguró estar arrepentido e insistió en que no pretendió acabar con la vida de la joven. Su abogada sostuvo que actuó influido por una adicción a los videojuegos. De hecho, la víctima le había recriminado el ruido que hacía en las partidas. Además de tener una personalidad introvertida. Ambos factores, según la defensa, le llevaron a confundir las luchas que libraba en la pantalla y la vida real, hasta el punto de que “se creía que estaba en un mundo paralelo” cuando propinó más de una decena de golpes en la cabeza con una cizalla a Saray.

Una versión que fue rechazada por el fiscal, que dijo que el enjuiciado “quería matar” a la chica cuando acudió a la vivienda que ocupaba en el piso de arriba del suyo y, de hecho, procedió con alevosía porque, según él, le ocultó la cizalla que llevaba para que le abriera la puerta. Igualmente, dicha versión la rechazó el representante de la acusación particular, ejercida por la familia de la fallecida.
El letrado de la acusación tildó la acción del joven de “violenta, execrable, vil y cobarde”, y planteó que el homicida llegó al ensañamiento porque provocó “un dolor inhumano” a Saray, a quien dejó moribunda en el suelo sin que falleciera hasta bastantes minutos más tarde.

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La circunstancia de que abandonara la escena “consciente de que deja a una persona en una situación de dolor muy alto” y volviera a su casa, una planta más abajo, para limpiarse de sangre y cambiarse de ropa, mientras “sabe que su vecina está agonizando”, confirman, según las tesis del acusador particular, que hubo ensañamiento.

El Ministerio Público dejó patente, en todo caso, su parecer de que “un hecho tan grave como este debe tener respuesta”, que ha de ser que se le condene a 20 años de cárcel por un presunto asesinato con alevosía, así como a pagar una indemnización de 100.000 euros a cada uno de los padres de la víctima y otra de 50.000 euros a su hermana. Y pidió a los miembros del tribunal del jurado que no tengan en cuenta que el encausado es “un joven con aspecto inofensivo”.

Frente a esa recomendación, la defensora destacó, al pedir al tribunal que califique los hechos como un homicidio atenuado por un “trastorno esquizoide transitorio”, que cuando ocurrió todo, en octubre de 2015, “él tenía 18 años recién cumplidos”. Razón por la cual, “por poquito, podría haber sido juzgado por la Ley del Menor, y estaríamos hablando de otra cosa”, apostilló.

La acusación particular rebatió en todo momento ese planteamiento y reclamó una y otra vez que se castigue con 25 años de prisión al homicida, sentenciando, frente a las demandas de comprensión de la defensora: “No nos da ninguna pena ni conmiseración, ni Alberto ni lo que le rodea”.

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