MIS QUERIDOS AMIGOS Y ENEMIGOS

La foto del rodaje de ‘Ensayo 0’, una vuelta de tuerca a la nostalgia

Foto del rodaje de Ensayo 0. De pie, de izquierda a derecha, Marcos Bello, Carmen Rosa Torrent, Andrés Chaves y Paco Lasso. Sentado, Pedro Lasso. Archivo de ANDRÉS CHAVES

Viendo alguna imagen del rodaje de Ensayo 0, el documental dirigido por Imeldo Bello en 1960, y con guion de quien escribe, y visionando el propio documental completo, que mantuve guardado años y años -gracias a eso se salvó, pues luego lo deposité en la Filmoteca Canaria-, me creo obligado a rendirle algún tipo de homenaje. No sólo al documental en sí, que es desesperadamente lento -teníamos entre 17 y 18 años quienes participamos en él-, sino a lo bien que lo pasamos durante su rodaje, hace la friolera de 57 años.

Y revolviendo en mi archivo, que no crean que es tan rico como yo mismo pensaba, encontré una foto hecha durante el rodaje, foto en blanco y negro, en uno de los hermosos patios que daban sombra al Puerto de la Cruz de techos de teja y fachadas enjalbegadas, de ñameras pintadas en sus acuarelas por don Francisco Bonín, y de rosas que olían a rosas, y no como las de ahora, que no huelen a nada.
Echo la vista atrás y veo que no queda casi nadie ni casi nada de entonces, aunque sí, gracias a Dios, unos cuantos de nosotros y que aquellos sueños de la primera edad, de esa edad que Torcuato Luca de Tena llamó prohibida, se desparramaron por un montón de lugares del mundo. Al final confluye todo en el Puerto de la Cruz, donde ahora vivo en torno a aquellos escenarios de umbrías inolvidables y de soles románticos de aquellos días, que tampoco se olvidan, porque fueron los mejores años de nuestras vidas, transcurridos despreocupadamente, escuchando las músicas para nosotros eternas y hasta formándonos cada uno en la idea que quiso. Porque la dictadura impuso el pensamiento único, pero también nosotros lo toreábamos adecuadamente.

UNA PANDILLA ALEGRE

Éramos una pandilla alegre y confiada que soñaba, amaba, reía y hasta cantaba -no muy bien-, rodeada de sueños. Y la ciudad portuense seguía siendo la aldea de pescadores que en 1960 despertaba al turismo y tenía el mismo encanto especial que ahora, cada cual con su nombrete y cada cual en su sitio, pero yo creo que sin complejos, aunque yo soy sólo una parte ínfima de la historia y puedo estar equivocado. Ustedes sabrán disculparme.

El documental no sé lo que dura, quizá media hora, está rodado en Súper 8, con una cámara comprada en un indio y costeada, lo mismo que los rollos de película, por el Instituto de Estudios Hispánicos de Canarias, cuya secretaria general desde 1953 era Analola Borges, una entusiasta de la educación y del respeto. Una erudita. Fíjense hasta qué punto la respetábamos que la llamábamos “señorita”. Cuando yo empecé a tutearla ya era periodista y me echó tremenda bronca cuando se me escapó la palabra “señorita” en un coloquio.

Los protagonistas, sugeridos por Analola, fueron Margarita Rodríguez Espinosa, a la que el otro día saludé fugazmente, ella paseando a su nieto, y Pedro Lasso, cuyos nietos no conozco. Ella estudió filosofía y letras, tiene hoy una biblioteca a su nombre y es una verdadera especialista en la vida y la obra de José Agustín Álvarez Rixo, alcalde y cronista que fue del Puerto de la Cruz. Pedro Lasso es alto funcionario de la Comunidad Autónoma jubilado y especialista indiscutible en análisis electorales, un estudioso de la política. No sé si lo saben, pero a ambos les tengo un gran aprecio.

Y el argumento de Ensayo 0 no es otro que mostrar el Puerto de la Cruz tal como era. Calles empedradas, ciudadelas donde la gente vivía de forma extremadamente precaria; el sector marinero y sus viejos aparejos de pesca, el mar, obsesión de nuestra juventud. Rincones desaparecidos que, afortunadamente, el documental captó, como han hecho otros, para la historia. En medio, una pareja de enamorados -Margarita y Piqui- que entre amor y desamor -el amor y el desamor del cine mudo- nos enseñan el lugar donde nacimos, vivimos, algunos murieron y otros nos fuimos, pero para volver.

La Sección de Estudiantes, que éramos nosotros, puso verdadero empeño en llevar a cabo este documental. Imeldo Bello, el director, que tiene unos meses más que yo, maestro escuela, casi arquitecto, fotógrafo, heredó de su padre, Imeldo Bello Baeza, y de su antepasado el gran pintor y fotógrafo Marcos Baeza, su vena artística. Le da por épocas: unas veces retrata flores, otras veces romerías. Pinta Teides inolvidables y arrastra pincel y paleta con resultados muy hermosos. Nunca dirigió más películas, que yo sepa, ni seguramente se acordaba de Ensayo 0, que, con mi ausencia y su presencia, se proyectó por primera vez en el Instituto de Estudios Hispánicos en mayo de este año. Conste que me invitaron, pero me dio corte ir. A veces cometo estas pollabobadas.

Tardamos algunos días en rodar la película, en rotular los créditos, en adaptar el guion, escrito en la Underwood que don Jacobo Ahlers, a la sazón cónsul de Alemania, regaló a mi abuelo y que conservo, impecablemente restaurada. Lo escribí sobre un papel amarillo, cuadriculado, que no conservo -y es una pena, porque yo lo guardo todo-, pero que recuerdo perfectamente.

CALADORAS DEL PASEO DE SAN TELMO

Han desaparecido las caladoras del paseo de San Telmo, los muros en los que los borrachos meaban por la noche, las más bonitas casas de la zona del muelle, incluida la de mi abuelo y la de Yeoward y la ciudadela de los Machado, pero se conservan otras como la Casa de la Aduana, primorosamente restaurada y convertida en museo. Por entre esos cuadros vanguardistas, que casi nadie entendía entonces, apilados en un anexo del Instituto de Estudios Hispánicos de Canarias y cedidos por Eduardo Westerdahl y otros, correteábamos nosotros, las chicas y los chicos de la Sección de Estudiantes.

Es curioso, pero todo esto que escribo no soy capaz de recordarlo ante mis hijas, cuando estoy con ellas, para que al menos conozcan el entorno en el que vivió su padre en sus años de juventud, en el hermoso e inevitable despertar a la vida: al amor, a las ilusiones, a las desilusiones, la universidad. Qué se yo. Antes de terminar nuestras carreras y empezar a trabajar -en mi caso, simultaneándolo-, de comprar el primer coche, de escribir mis primeros artículos en el inolvidable periódico La Tarde, en el que don Víctor Zurita me firmó mi primer carné de colaborador del periódico. Lo guardo con devoción. En el 60 descubrí a García Márquez, a quien nadie conocía, seguía a Raimon porque lo seguían mis amigos, leía la colección de Destino que don Pepe Rodríguez, aquella grandísima persona, almacenaba en su casa, recortaba los primeros artículos de cine, qué sé yo.

Todo esto debería estar en mis memorias, deslavazadas e incompletas, que he ido dejando por ahí, en todas las publicaciones que he abierto y que he cerrado. Cada vez que remuevo el baúl de los recuerdos aparece algo nuevo. Ensayo 0, de alguna forma, lo es, porque aquello dio para mucho, como todo lo del Puerto, chiquitito, menudo, insignificante, pero que a fuerza de repetirlo los portuenses lo hacen grande y hasta épico. Muchas veces, viendo las fotos que Zoilo López me ha mandado, o que consulto en su sitio en la red, me emociono contemplando lo que ya no existe, lo que viví. Porque al fin y al cabo, la historia -como dijo el propio García Márquez-no es como ocurrió, sino como uno la ha vivido. De esto no se habló durante mi primer encargo periodístico: cubrir el Congreso de Profesores de Español, que se celebró en el viejo hotel Taoro, me parece que en 1970. Para mí nada de lo que se dijo allí era desconocido, solo que Pepe Cabrera, el gran compositor icodense, que asistía a la reunión, me regaló el Relato de un náufrago, que devoré en un par de horas con verdadera pasión.

“LA GENTE NOS MIRABA Y SE REÍA”

Bueno, pues diez años antes de esta reunión de sabios del idioma, fue rodado Ensayo 0. La gente nos miraba y se reía. En el Puerto ni siquiera se había rodado Mara (1961), una película de escaso éxito comercial, pero de gran valor para el recuerdo de paisajes y paisanajes, que también tiene en su poder la Filmoteca Canaria. Pero Mara, de Miguel Herrero, fue rodada con todos los adelantos de la época, en 35 milímetros Y hasta con actrices de renombre, sobre todo una italiana guapísima, Scilla Gabel. Me enamoré locamente de ella e iba a verla rodar sus escenas a la playa de Martiánez. Entonces conocía a los municipales y me dejaban acceder al lugar del rodaje.

Ahora tengo delante una fotografía del rodaje de Ensayo 0, que saltó, por culpa de la magia, de mi archivo, el otro día, buscando otra distinta. Siempre me ocurre lo mismo: estoy, con prisas, persiguiendo un papel o una gráfica vieja y aparece la que no quiero, que da lugar a este artículo que agita tantos recuerdos, tantas emociones. Ensayo 0, como les dije, estuvo custodiada por mí -¿treinta años o más?-. Puede ser. En ninguna de mis mudanzas -me he mudado más veces que Juan Ramón Jiménez-desapareció, como algunos otros objetos que no deseaba perder -la verdad, pocos-. Y, por si acaso, la entregué en la Filmoteca, para que conservaran el original en las debidas condiciones de temperatura, como tan bien sabe hacer María Calimano. En mayo fue proyectada en el Instituto, yo la colgué en El Diario de Tenerife.com, y lo voy a volver a hacer, y ahora llega la fotografía del rodaje, para que el Instituto la guarde. Faltan en esa gráfica Margarita Rodríguez Espinosa e Imeldo Bello, pero estamos casi todos los demás.

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