tribuna

Orgullo por nuestras Fuerzas Armadas – por Pepita Marrero Díaz-Bello

No tengo palabras para describir el emocionante desfile de nuestras Fuerzas Armadas el Día de la Hispanidad. En verdad fue algo excepcional, impresionante, de sentirnos todos orgullosos de ser españoles al ver con qué disciplina, maestría, elegancia y orden vimos pasar a los ejércitos. Esas unidades de Aviación que parecían un dibujo en el cielo, esos movimientos al unísono en el espacio, ese abastecimiento en vuelo… ¡increíble! Y aquel final con la bandera: ¡soberbio!

Sinceramente, no encuentro frases para elogiar todo lo que contemplamos por la televisión, especialmente cuando desfilaron los miembros de la Guardia Real y, sobre todo, las dos jóvenes que portaban la corona de laurel depositada con todos los honores en recuerdo de nuestros caídos. La ceremonia de izar y arriar nuestra insignia nacional resultó conmovedora. La representación de cada uno de los Cuerpos, el rodar de los carros de combate, el desfile de la Benemérita y sin olvidar la marcha rápida de la Legión, contrastando con la lentitud de los regulares y el sonido de los cascos de la Caballería… un conjunto realmente apoteósico. Por todo ello, mi modesta felicitación a tan brillante organización y, al mismo tiempo, mi crítica hacia aquellas autoridades que, en estos actos que nos enorgullecen, no los honraron con su presencia: si no quisieron guardar las normas militares, al menos que cumplieran las sociales.

Deseo referirme también a cierta comunidad autónoma que planteó bastantes inconvenientes para la celebración del desfile en ella, según comentarios aparecidos en los medios informativos. Pero llegaron las lluvias con sus desbordamientos y caídas de puentes, al igual que el fuego que arrasó sus montes, y para eso sí se acordaron de los soldados de nuestro Ejército. Lo mismo que recordamos cuando la Guardia Civil intentó auxiliar a unas personas que se ahogaban y uno de los agentes perdió la vida en el rescate.

Nuestros políticos deberían darse cuenta de que el Ejército está siempre disponible para lo que demande la comunidad, ya sea bueno o malo. Autonomías con ese comportamiento tan poco cívico son las que originan desprecio, ojeriza, antipatía, en definitiva, animadversión de la ciudadanía hacia las fuerzas de seguridad del Estado.

Enlazando en cierta manera, con lo anterior, recuerdo también lo que sucedió en las procesiones del Cachorro, en Málaga, y del Cristo de La Laguna, en nuestra tierra, llegando a la conclusión, tras estudiar y meditar en profunda reflexión sobre la pasión y muerte de Jesús, que resulta ser que al final no lo crucificaron ni romanos ni judíos, sino los legionarios y los soldados de Artillería. Por eso no me sorprende que no desearan armas en dichas ceremonias, seguramente por si acaso “los volvieran a matar”. Sin embargo, yo siempre consideré que la finalidad del acompañamiento armado era el cuidado, protección, vigilancia y defensa del Cristo. ¡Vergonzoso!

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