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Y, de repente, los italianos

La isla de Tenerife se nos llena de italianos. No es que me moleste, pero sí me extraña. Hay más restaurantes italianos, más público italiano, más italianos jóvenes por todos lados. ¿Qué pasa en Italia? La última vez que estuve en Roma, el director del hotel donde me alojaba -un establecimiento chiquitito, cerca de la Fontana de Trevi- se empeñó en que yo había roto el lavabo; y pretendía cobrármelo. Aunque el cuarto de baño era ciertamente estrecho y yo ciertamente ancho, era mentira. Probablemente fue la camarera, que también tropezó con el dichoso lavabo y quería echarme a mí la culpa. “Hable con su seguro”, le dije, e insistí en que yo no había sido el autor del desaguisado. Hay un estereotipo del italiano corriente, pero no es cuestión de hacer aquí ni apologías ni críticas feroces. Van a lo fácil, como nosotros, gritan tanto como los españoles -o más- y también han construido un gran país. Dicen que en la guerra civil española corrieron mucho en Guadalajara, pero también nosotros corrimos ante el moro en el Sahara, en los estertores de Franco, así que estamos empatados. A mí, Italia me encanta y me entusiasman las italianas, tan liberales, tan escandalosas y tan guapas, por lo general. De repente han elegido Tenerife para abrir negocios e incluso se han creado gestorías especializadas en asuntos de italianos. Fantástico. Todo esto es bueno porque nos internacionaliza más y confraternizaremos más con un pueblo amigo y parecido en todo: en el idioma, en la despreocupación, en la pereza propia de los pueblos mediterráneos y más o menos amigos del ocio. En fin, que bienvenidos sean y que se gasten su dinero aquí y que produzcan aquí con su esfuerzo. Y que no se lleven el dinero a Italia, claro. Y eso.

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