Chasogo

Aristoloquia

Yo tuve un abuelo muy rico que se llamaba Antonio. En realidad estamos hablando de épocas pasadas, en las cuales no sé si yo alcanzaría los diez años, por lo que lo de que mi abuelo Antonio era rico lo he sacado en conclusión oyendo los comentarios de la gente que me rodeaba. Volvamos al tema que importa. El trece de junio, día del santo, mi abuelo celebraba un gran banquete en su casa y allí recuerdo que nos reuníamos treinta o cuarenta personas, todas de la familia. Porque era un hombre bromista, siempre tarareando coplillas a media voz, simpático y al que nunca le vi trabajar o con alguna obligación que hacer. Sí, no cabe duda de que era adinerado, pero no sé por qué. Mi abuela María era mucho más seria y a veces regañona, por lo que en esas ocasiones le interrumpía con algún pareado que siento no recordar.

Siempre me voy por los conocidos cerros de Úbeda y me aparto de lo sustancial de este escrito. Que es que mi abuelo tenía una casa muy grande, con un salón lleno de libros que era mi paraíso personal, pues poca gente entraba por aquellos lugares y a mi encantaba (y me encanta) le lectura. Precisamente ese 13 de junio, con el jaleo organizado por mis tíos, mis primos y primas y algún otro pariente de mi abuelo, nadie se fijó en que yo desaparecía en la habitación bienamada.

Un rato bastante más tarde, sin embargo, a mi abuela se le ocurrió llevar a mi sancta sanctorum a sus hijas y nueras, así como alguna nieta mayor (yo era el décimo de sus nietos en orden cronológico) para hablar de trapos, supongo. Permanecí medio escondido tras un gran sofá hojeando unos periódicos antiguos que estaban en la última balda de la estantería, la más baja, por lo que no me vieron.

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Y allí permanecieron lo que a mí me parecieron siglos. Entonces fue cuando oí la palabra extraña y maravillosa a la vez en boca de una de mis tías, tal de vez de una prima mayor, no estoy seguro. Sé que refiriéndose a un problema casero comentó: la aristoloquia me está volviendo loca.

Aristoloquia. Eso tenía que ser algo fuera de lo común, un extraño poder, algo mágico que cubriría un jardín llenándolo de encantamiento. Permanecí oculto hasta que la última dama abandonó la biblioteca de mi abuelo sin dejar de sonarme en la cabeza la palabra hechicera. Aristoloquia, aristoloquia… no dejaba de pronunciarla en mí mente, una y otra vez.
La fiesta se prolongó hasta bien entrada la noche. Me quedé dormido en un sillón del comedor y poco más recuerdo de aquel día.

Pero en cuanto amaneció, como estaba ya en vacaciones, en vez de irme a la playa con los amigos me lance a buscar en los pocos diccionarios que en mi casa había la ilusionante palabreja. Nada encontré (si en aquella época hubiese existido la Wikipedia me hubiera solucionado el problema en un periquete, pero estamos hablando de los años 40, cuando Europa se desangraba en cruenta guerra). Pregunté a mis padres pero fue inútil. No tenían ni idea de qué se trataba. Llamé a un amigo (por llamarle de algún modo, pues me llevaba unos diez o doce años) que sabía “muchísimo” según la expresión que repetía mi madre a menudo, y lo único que me aclaró, si eso se puede llamar aclarar, es que la palabra venía del griego y que quería decir algo de “ayudar al parto”. Como supondrán ustedes yo tenía muy pocos conocimientos sobre el tema y menos de las ayudas que se necesitaban, llegado el caso. Pero supuse, muy mal supuesto, que dada la “antigüedad” de la palabra se trataba de una invocación a los dioses, tal vez a Hera o a algún pariente suyo de los que vivían en el Olimpo, para que la madre que daba a luz tuviese un feliz alumbramiento.

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Pasaron los años. Me hice mayor, ¡qué remedio!, pero no olvidé a mi vieja y querida amiga la “aristoloquia”. Siempre que podía y cuando imaginaba que aquel señor o señora, con aquella cara tan inteligente tenía necesariamente que saber lo que significaba aquello que yo pensaba era un mágico vocablo, preguntaba al susodicho individuo, pero una y otra vez quedé decepcionado, ya que nadie parecía conocer aquel término.