Medio Ambiente

“Las restricciones de agua en la Isla están a la vuelta de la esquina”

Wladimiro Rodríguez Brito, exconsejero insular de Medio Ambiente y Paisaje, doctor en Geografía y una de las voces más expertas en esta materia, apela a la cultura del ahorro

Wladimiro Rodríguez Brito, doctor en Geografía. Andrés Gutiérrez

Las últimas lluvias apenas han aliviado la sed de la Isla, especialmente en el Sur, donde la falta de agua no solo amenaza de ruina al campo, sino que la población de medianías y zonas altas, donde no llega la producción de las desaladoras, teme al fantasma de las restricciones, algo a lo que, por desgracia, ya están acostumbrados en Vilaflor, donde no sale una gota de los grifos por las noches desde el verano pasado. Ante este panorama, Wladimiro Rodríguez Brito, exconsejero insular de Medio Ambiente y Paisaje, doctor en Geografía y una de las voces más expertas en esta materia, apela a la cultura del ahorro y reprocha a los políticos que no hayan hecho la tarea, al no apostar decididamente por la depuración de aguas. “Pero eso no da votos y el político sabe que el ciudadano quiere farolas y fiestas”, afirma.

-Ya nadie duda de que tenemos encima un problema muy serio.

“Hay un problema de limitación de recursos, pero, sobre todo, cultural. La isla de Tenerife pasó de producir 30 millones de metros cúbicos de agua en 1930 a 200 millones al año en la década de los 70 (6.000 litros por segundo). Se llegaron a perforar hasta 30 kilómetros al año de galerías y el acuífero lo acusaba. En estos momentos estamos con menos de 3.000 litros por segundo y nadie dice nada”.

-¿Por qué se ha llegado a esta situación?

“Por sobreexplotación y por la apuesta por un modelo económico”.

-Vilaflor es el municipio tinerfeño que más sufre los efectos de la falta de lluvias, con restricciones desde el pasado verano. ¿Qué medidas habría que adoptar para que el agua llegue a las zonas altas?

“Hay una galería, que es la de Niágara, de muy buena calidad, que está regando turistas en la costa, además de plátanos, cuando en esa zona esa labor la debe hacer la desaladora de Fonsalía. El agua de las partes altas debe destinarse principalmente a la agricultura. Ese es un debate que aún no hemos ganado. Llenar piscinas o regar césped no puede competir en precios con el agua para las papas, coles o lechugas. Eso no puede ser”.

-Usted es un firme defensor de una mayor reutilización de las aguas depuradas. ¿Podría ser parte de la solución?

“Por supuesto. Las aguas depuradas, que ya superan los 200 millones de metros cúbicos al año, se deberían reutilizar en mayor medida. Cuando vas a Aranjuez, ves cómo riegan unas fresas que son un lujo, y eso se hace con agua con materia orgánica de los madrileños”.

-¿Y aquí por qué no se hace con mayor determinación?

“En su día se dio un paso muy positivo con la instalación de la tubería negra, junto a la autopista, que va del área metropolitana a Las Galletas y que está en estos momentos al 100%. Tenerife fue pionera en la reutilización de aguas depuradas. Ahora, en cambio, estamos reutilizando menos del 30% de las aguas negras. El resto se está vertiendo al mar o al subsuelo, porque donde hay un volcán, hacemos un pozo negro”.

-Las microalgas del verano parecen haber marcado un antes y un después a la hora de que las instituciones se pongan, por fin, manos a la obra en el tratamiento de aguas residuales.

“El alcantarillado y la depuración no dan votos. No tenemos cultura del agua ni somos conscientes del esfuerzo de quienes han construido las galerías. En Tenerife hay más de 1.000 con más de 1.600 kilómetros. Y los nietos de quienes las hicieron hoy no las gestionan porque sus abuelos se han muerto, pero también porque tras la desgracia de Piedra de Los Cochinos, donde murieron seis muchachos, nadie quiere ser responsable de una galería”.

-El problema es que hoy muchas de ellas están obstruidas y limpiarlas no debe ser una tarea fácil.

“Hemos hecho unas leyes, a las que yo me opuse en su día, que obligan a quien quiera limpiar una galería en la corona forestal de Tenerife, el mayor espacio protegido de más de 400 kilómetros cuadrados, a llevar los escombros a un vertedero autorizado. Nadie puede estar en la puerta de una gruta esperando que venga una vagoneta con escombros para meterlos en un camión y llevarlos a un vertedero autorizado. Se ha hecho un marco de leyes que no son para vivir en esta tierra. La depuración, la reutilización o intentar llegar a un acuerdo con los comuneros de la galería de Niágara para que en Vilaflor puedan beber y regar las papas es parte de una política económica agraria que no se está practicando”.

-En la polémica Ley de Aguas a usted le acusaron de sovietizar el agua, pero el tiempo le ha dado la razón.

“Lo que decíamos es que había que racionalizarla y que no podíamos seguir haciendo agujeros para robarnos el agua unos a otros. Cuando sucedió eso, el
acuífero de Tenerife bajaba de 8 a 10 metros al año. Se pensaba que era inagotable”.

-Y ahora que está constatado científicamente que cada vez llueve menos, ¿qué medidas se deberían adoptar para lo que nos viene?

“Lo primero es cambiar la mentalidad. Yo tengo un debate en mi casa con mi hija cada vez que baña a los niños. El agua es un bien escaso aquí y en el mundo. Los consumos urbanos se han disparado y hay que empezar a hablar de la economía del agua. Necesitamos que la gente joven abra los ojos y se dé cuenta de que en esta isla, con un millón de habitantes, no se puede derrochar el agua como lo estamos haciendo. Hay que reutilizar mucho más”.

-¿Teníamos tiempo atrás mayor conciencia que ahora?

“Totalmente. Antes había una economía del agua. Los chicos de Gran Canaria, Lanzarote Fuerteventura o El Hierro que venían a estudiar a La Laguna se sabía de qué isla eran por cómo abrían el grifo para lavarse los dientes. Esa cultura hoy está rota”.

-Además de la falta de mentalización, el mal estado de las galerías y la baja reutilización, otro de los problemas graves está en las fugas, por el mal estado de las conducciones.

“Hay municipios en los que se pierde más del 60% del agua, con tuberías de uralita y galvanizadas que se enterraron hace muchos años y que se han ido pudriendo. Tenemos un grave problema que requiere una red de agua potable nueva. En Tenerife y Gran Canaria el consumo agrícola oscila entre el 30 y el 40%, mientras que el urbano supera el 60% y una parte no llega al grifo de casa, se pierde en red. Pero nadie quiere hablar de esto porque, insisto, no da votos. Una buena red de alcantarillado o de agua potable no es ningún gancho electoral. Los políticos saben que el ciudadano quiere farolas y fiestas”.

-¿Tenemos que prepararnos para convivir en el futuro con restricciones de agua?

“Seguro. Eso está a la vuelta de la esquina. Las desaladoras son un espejismo porque es mentira que lo resuelvan todo. Es cierto que la tecnología ha mejorado mucho, de hecho estamos desalando con menos de tres kilovatios el metro cúbico y la ósmosis inversa ha sido un cambio revolucionario. Pero, cuidado, porque elevar agua a medianías significa emplear tanta energía como la que cuesta desalarla. Por tanto, beber agua desalada en las medianías de Canarias significaría seis kilovatios y eso son palabras mayores. Otra cosa es que empecemos a hablar de energías alternativas”.

-¿Entonces, por dónde pasa la solución para las medianías?

“Lo primero es que la zona de costa se autoabastezca con agua desalada. Si queremos seguir manteniendo una superficie regada en Canarias, que es básica porque produce alimentos frescos, crea paisaje y genera puestos de trabajo, hay que apostar por nuestros agricultores, que no pueden competir con el agua destinada al turismo y a los campos de golf. Eso es un disparate”.

-¿Siendo un problema tan grave, por qué no parece estar en la agenda ni en las declaraciones de nuestros políticos?

“Yo estoy sorprendido del nivel de pobreza política que tenemos actualmente. No hay más que ver los debates en el Parlamento, donde no se habla de los verdaderos temas de Canarias. Todo lo contrario de lo que ocurre en el mundo agrario, donde existe un alto concepto de la solidaridad que se demuestra, por ejemplo, al cerrar las galerías cada vez que cae un aguacero para retener el agua y que no se pierda al mar. Ahora, en cambio, prima la cultura del yo pago y esto es mío”.

-¿Qué obras serían, a su juicio, las más urgentes que habría que acometer?

“En primer lugar hay que crear condiciones para limpiar las galerías y propiciar comunidades de regantes, que en Tenerife no tenemos, o mixtas entre el Cabildo y los accionistas. En muchas de las galerías no se ha entrado en 30 años. Debemos volver a la cultura de nuestros queridos magos. Tenerife tiene hoy más población que Gran Canaria gracias a las galerías y los pozos”.

-Y además de limpiar galerías, ¿qué otras obras se deberían impulsar?

“Todo el mundo dice que hay que construir presas y en eso solo no está la solución. Gran Canaria tiene más de 60 presas de más de 15 metros de altura y lo que se retiene no llega al 10% de su capacidad. Aquí el agua hay que buscarla donde está: en la depuración y reutilización. Esa es la mayor bolsa que nos queda en la Isla. Las galerías dan ahora cerca de 90 hectómetros cúbicos, estamos desalando otros 30, más el agua de los pozos… De los 170 millones de metros cúbicos de Tenerife habría que reutilizar más de la mitad. Y estamos reutilizando menos de 15 hectómetros cúbicos”.

-O sea, que hacen falta más depuradoras…

“Sí, pero también red de alcantarillado y mentalización, porque aquí hay gente que no quiere comer fruta regada con aguas negras. Y eso es pura ignorancia”.

-Hemos hablado del mal estado de las galerías, pero ¿en qué situación se encuentran los canales?

“Esa es una asignatura pendiente que debe ser prioritaria. Hay canales que tienen más de 70 años, que están a cielo abierto con agua para beber y con pérdidas muy significativas. Necesitaríamos una nueva red, unas autopistas del agua en esta Isla, y ese es un tema que no se ha resuelto”.

-Escuchándole parece claro que la política hidrológica de la Isla en los últimos años deja bastante que desear. ¿Tan mal se han hecho las cosas?

“Se han hecho muchas cosas mal. Lo positivo es haber creado una cultura del esfuerzo, de las galerías, de los canales, de las sorribas y del agricultor, que ha sido jardinero en este territorio. Y hemos hecho mal en confundir progreso con urbanización y con derroche. No cabe decir que yo abro el grifo y pago el agua, como me dicen mis hijos. Esto no es un problema de coste económico. Hay cosas que no tienen precio, como el agua, que es un bien escaso”.