Tribuna

Charles Darwin, en el recuerdo

Repasar la enorme información biográfica de Darwin es una tarea que requeriría un tiempo considerable del que actualmente carezco

La cautela es el alma de la Ciencia”. Charles Darwin. Tal día como hoy, el 12 de febrero de 1809, nació en Mount House Shrewsbury (Reino Unido ) Charles Robert Darwin, segundo hijo de Robert Waring Darwin, médico de fama local, y de Susannah Wedgwood. Su abuelo, Erasmus Darwin, médico y eminente naturalista, fue un precursor del pensamiento evolucionista.

Repasar la enorme información biográfica de Darwin es una tarea que requeriría un tiempo considerable del que actualmente carezco. Debo citar que en la bibliografía local o en redes se hallan publicados trabajos importantes referidos a la fugaz estancia de Darwin, frente a la rada del puerto de Santa Cruz de Tenerife el día 6 de enero de 1832. Darwin, quien soñaba visitar la isla y subir a la cima del Teide, quedó decepcionado al negarle las autoridades locales la autorización para desembarcar, temiendo que la tripulación trajera a la isla el cólera que por aquellas fechas asolaba a Inglaterra. Medida sin duda acertada pues el propio Darwin lo padecía. Me limitaré en este breve artículo a hacer mención a algunos detalles de su fecunda vida científica y a unas breves consideraciones desde mi punto de vista botánico.

La producción científica de Charles Darwin fue sorprendente, sobre todo por sufrir algunas dolencias graves tras el regreso del viaje de cinco años a bordo del H. M S. Beagle. Por lo general, se sabe que solo trabajaba tres horas al día y escribía personalmente todos sus originales.

En total, publicó 17 libros en 21 volúmenes. Estas obras contienen más de nueve mil páginas impresas, otras mil páginas forman parte de artículos aparecidos en revistas científicas. Además, hay diez mil páginas adicionales de revisiones añadidas a las ediciones de varios libros a lo largo de cuarenta y tres años. Se han publicado, así mismo, miles de sus cartas, muchas de ellas por primera vez en la década de 1980.

A pesar de este imponente bagaje científico, Darwin es conocido, sobre todo, por la teoría de la selección natural, un logro por el que tuvo que compartir honores con Alfred Russel Wallace, quien la formuló de manera independiente, así como por el trabajo sobre el origen de las especies, su polémica gran obra.

Lo definitivamente sorprendente es que al margen de estos conocimientos no poseía una formación en biología, nunca había pasado un examen de doctorado, no aceptó estudiantes formales y le provocaba náuseas pensar en pronunciar una conferencia pública.

Es más, con excepción de la tutela informal del profesor reverendo John Henslow, profesor de botánica de Cambridge, al que adoraba, consideró su inacabada formación universitaria una completa pérdida de tiempo.

La lectura de Natural Theology del teólogo británico William Paley (1816), algunos de cuyos párrafos se sabía de memoria, lo estimularon en su juventud por la idea de estudiar los designios de Dios en la Naturaleza. Años más tarde su pensamiento evolutivo le llevaría a reconsiderar las ideas de Paley.

Sus amplias aportaciones novedosas en geología, botánica, zoología, fisiología, comportamiento animal, biología reproductiva y docenas de otros campos no han sido igualadas jamás. Por otra parte, estableció en estos campos programas de investigación que aún se siguen con provecho. Pero aún fue un logro mucho mayor la aplicación que hizo Darwin de la teoría Darwin-Wallace a miles de problemas específicos de la historia natural que crearon la nueva ciencia de la Biología Evolutiva.

Quiero referirme como botánico a algunos de sus trabajos relacionados con esta scientia amabilis que es la Botánica en su más amplio sentido, cuya vocación despertó en mí mi padre allá por los años cuarenta del siglo pasado y a principios de los cincuenta por mis primeros maestros Telesforo Bravo y Eric R. Sventenius.

Me refiero a sus libros publicados el primero en 1862 titulado On the various contrivances by which british and foreign orchids are fertilised by insects. Trece años mas tarde, continuó publicando de una manera intensa sus extraordinarios ensayos botánicos. A partir de 1875 se publica Insectivorous plant, en 1876 The effects of Cross and self fertilisation in the vegetable kingdom, en 1877 The different forms of flowers on plants of the same species, en 1880 The power of movement in plants y finalmente en 1881 The formation of vegetable mould through the action of worms. Todos ellos en la editorial Murray londinense.

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Causa asombro y admiración su enorme capacidad de trabajo al considerar el tiempo transcurrido, entre cada una de las obras publicadas, en sus últimos seis años de vida. Darwin, quien había comentado a sus fieles amigos “no tener, en absoluto, ningún miedo a morir”, inició el 19 de abril de 1882 su último viaje sin retorno desde su domicilio de Down House hacia el infinito a causa de una enfermedad cardíaca.

Tengo que reconocer mi curiosidad botánica por la biología de las especies insectívoras, o también desde mi punto de vista, las mal llamadas plantas carnívoras. En especial, por Drosera rotundifolia, conocida por el nombre popular de “rocío del sol”, debido a que sus hojas están recubiertas de pelos con una secreción que parece rocío. La planta me ha interesado no solo por su singular morfología y las condiciones extremas de su hábitat, sino por su actividad farmacológica y sus aplicaciones medicinales. Su principio activo principal es la plumbalgina, una naftoquinona con propiedades expectorantes, antitusivas y antibióticas. Su aplicación más frecuente es el tratamiento de afecciones respiratorias, bronquitis, tosferina, gripe etc. en formas galénicas de extracto, infusión y, sobre todo tintura. Darwin en el libro Insectivorous plants resume el fruto de una investigación llevada a cabo de manera continuada basada en meticulosas y originales observaciones sobre la especie antes mencionada: Drosera rotundifolia.

Su curiosidad por la fisiología de esta planta se despertó en 1860 cuando observó que grupos de hormigas atrapadas en las hojas de la planta eran digeridas lentamente. Después de dedicar el grueso del libro a Drosera, Darwin describe el fenómeno en otras especies. La conclusión de este fenómeno nos muestra una adaptación evolutiva que permite a algunas especies de plantas presentes en medios oligotrofos (escasos en nutrientes como turberas o aguas oligotróficas) obtener determinados elementos, principalmente nitrógeno asimilable, mediante la captura de pequeños invertebrados utilizando diversos mecanismos perfeccionados para tal fin. Yo mismo tuve la ocasión de ver esta especie por primera vez en las turberas situadas al margen del tramo de una antigua calzada romana del Puerto del Pico (1.395 msm), que constituye un paso natural entre la altiplanicie abulense y el valle del Tiétar. Formaba parte de una excursión de alumnos de la asignatura Fanerogamia organizada por la Cátedra de Botánica de la Facultad de Farmacia de la Universidad Complutense en la Semana Santa de 1954, dirigida por mi maestro el catedrático de Botánica Prof. Dr. Salvador Rivas Goday.

Darwin, como tantos genios, no se ha escapado aún de feroces críticos. Resulta difícil de entender semejante obstinación. La Ciencia está llena de ejemplos donde el genio ha sido humillado en vida e incluso asesinado o quemado en las hogueras de la Inquisición. Afortunadamente, la historia, en el tiempo, los ha situado en las cumbres gloriosas del pensamiento humano.
El eminente biólogo y anatomista británico Thomas Henry Huxley, histórico defensor de la Teoría de la Evolución, dijo al pronunciar el elogio de su antiguo amigo: “Entregó a la humanidad una doctrina que traspasó el pensamiento. Nadie ha luchado mejor y nadie ha sido más afortunado que Charles Darwin. Encontró una gran verdad que fue pisoteada e injuriada por los intolerantes y ridiculizada por todo el mundo, pero vivió el tiempo suficiente para verla firmemente asentada en la Ciencia, o inseparablemente incorporada a las ideas comunes del ser humano. ¿Qué puede un hombre desear más que esto?”.

Los restos de Charles Darwin, por deseos de sus amigos, reposan en la londinense abadía de Westminster a pocos pasos de los de Isaac Newton, otro de los grandes científicos inmortales.
In memoriam: Leo Wildpret Dixkes, mi hermano, fallecido el 12 de febrero de 2003.

*Académico de Número de las Reales Academias Canarias de Medicina y Ciencias Correspondiente de las Reales Academias Nacionales de Medicina y Farmacia