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Moribundo Carnaval

Hay que tener muchos cojones para decir, en una isla de la que no puedes escapar, que el Carnaval se ha convertido en un desfile de iletrados, al final del cual siempre hay un maricón y una gorda disfrazada

Hay que tener muchos cojones para decir, en una isla de la que no puedes escapar, que el Carnaval se ha convertido en un desfile de iletrados, al final del cual siempre hay un maricón y una gorda disfrazada. Pero es así. El Carnaval, incluso, ha perdido su poca dignidad no premiando en la gala a una chica, como Saida, que se lanzó al ruedo otra vez después de haber sido herida por el cabestro del fuego. Esta chica merecía, al menos, un premio especial del jurado, pero no, había que darle un escarmiento a ella, por osada, y al periódico que critica sin piedad a quienes nombran al jurado. Este Carnaval es un muerto desde que el populacho baja al centro de la ciudad a mearlo todo y a joder a los señoritos que se divertían en el extinto callejón del Corynto, poniendo rabos. Sólo el Casino de los Caballeros queda reservado a las meadas de sus propios socios, como debe ser. Lo demás es micción de arbolito y de escaparate, ríos de orín contenidos por el serrín y los sacos que los comerciantes colocan dentro de las puertas de sus negocios, como si fuera a llegar -que llega- el diluvio universal. El Carnaval ya no es nada porque hace mucho tiempo que las murgas dejaron de tener gracia, desde que la Fufa cantaba al guardia bigotudo de las uñas negras de tanto rascarse el cubanito y aquellas maldades contra Las Palmas, que eran las que te hacían reír. Ahora las murgas quieren hermanarse con Las Palmas porque la izquierdona barriobajera ha descubierto, a buenas horas, que la paz es cosa de pobres y que los ricos son los que hacen la guerra. En Canarias no hay, en realidad, sino dieciocho ricos, que aparecen -siempre los mismos- en la lista que publica un periódico de Madrid; y ahí se acabó la historia.