deja ver...

Qué Carnavales aquellos (II)

También recuerdo la imagen de un partido del Tenerife en el estadio Heliodoro, militando en Segunda División, en el que en medio del encuentro invadimos el campo, yo de arzobispo Makarios y mi grupo de amigos de monjas, y perseguimos al árbitro por todo el terreno de juego con el ánimo de que se confesara

Hoy vamos a comentar más circunstancias que fueron deformando aquel Carnaval que tanto nos gustaba. Una de ellas fue la de permitir establecerse en las calles Villalba Hervás y San José, que eran el epicentro del Carnaval, carrozas con equipos de sonido muy potentes. Eso consiguió dos cosas: que muchos vecinos de la zona optaran por irse fuera de la ciudad durante los Carnavales y que desaparecieran los grupos que salían con guitarras, que cantaban canciones a las que al final se sumaban todos. Todavía hay gente que me recuerda un año en el que mi grupo de amigos con guitarras subimos por la calle San José cantando Me va, me va con miles de personas detrás haciéndonos coro. Era un Carnaval en el que se salía en grupo y disfrazados. Estuve en varios: en el de José Guillermo Báez, en La Sonora Chicharrera, que lideraban Luis Tavío y Pancho Monje, en uno con Pepe Rancel, Paco Urbano, Chiqui Núñez y Alfredo Orán… También recuerdo a varios componentes de Los Sabandeños como Ejército de Salvación y otros grupos como el de Chichi Medina. Memorable el año que salieron de Abeja Maya o el de Manganón… Siempre llevaban de mascota un muñeco, que ante una presión en la cabeza, exhibía un miembro viril de dimensiones considerables, lo cual siempre justificaban que era para resolver cualquier apuro. Como digo, era un Carnaval de humor, de risas, de imaginación, de disfrazarse y de asistir a todo lo que se celebraba durante las fiestas. Guardo en mi memoria una rueda de calentamiento, vestidos de monja, en un partido de baloncesto Náutico-CAI de Zaragoza, con los jugadores aragoneses a un lado, alucinados de que aquello pudiera suceder en un partido de Primera División. Fernando Arcega y Salvo, jugadores del CAI, con quienes he podido coincidir después de muchos años, me reconocían que era lo más surrealista que habían vivido en su trayectoria deportiva. También recuerdo la imagen de un partido del Tenerife en el estadio Heliodoro, militando en Segunda División, en el que en medio del encuentro invadimos el campo, yo de arzobispo Makarios y mi grupo de amigos de monjas, y perseguimos al árbitro por todo el terreno de juego con el ánimo de que se confesara. Después el colegiado volvió a parar el partido para echarnos del banquillo donde estábamos sentados con los suplentes del Tenerife y el entrenador, que era Olimpio Romero. ¡No nos paraba nada! ¡Nos avalaba el sentido del humor carnavalero! Deja ver…

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