Tribuna

Echarle dinero a los problemas

En una reciente entrevista en El País, el irreverente filósofo esloveno Slavoj Zizek describía al venezolano Hugo Chávez como “un Fidel con dinero [que] no resolvía los problemas, [sino que le] echaba dinero a los problemas”

En una reciente entrevista en El País, el irreverente filósofo esloveno Slavoj Zizek describía al venezolano Hugo Chávez como “un Fidel con dinero [que] no resolvía los problemas, [sino que le] echaba dinero a los problemas”.

Esa arriesgada pero casi exacta descripción del régimen chavista me ha hecho pensar en la Europa de nuestros días y especialmente me ha hecho pensar así a partir del anuncio del presidente del Banco Central Europeo, Mario Draghi, de que el programa de compra de deuda de los países miembros de la Unión Europea acabará este diciembre. Esta política ha supuesto que el BCE adquiriera bonos de los Gobiernos por valor de 2,5 billones de euros desde 2015, casi 250.000 millones en España. Italia ha rebasado ya los 270.000 millones.

Europa ha salido de la crisis del 2008, la peor que ha sufrido Europa desde la Gran Depresión de los años 30 del siglo XX, según Manuel Castells, a base de esas inyecciones del Banco Central, aunque muchos de sus Estados miembros siguen con dificultades para ajustarse a las reglas fiscal-presupuestarias impuestas desde Bruselas, eurodisciplina que ha puesto a países como Grecia ayer, ahora Italia, al borde del colapso, Francia, con los problemas que se manifiestan en sus ciudades más pobladas, o una España que ve crecer su deuda, no acierta a afinar su déficit y tiene a su sistema de pensiones disparatado. ¿No le hemos echado dinero a los problemas también en Europa en lugar de esforzarnos por resolverlos? ¿No precipitará esta situación la puesta en cuestión del euro y la credibilidad de una UE que ha de seguir creciendo, integrando y cohesionando a sus países? Como ha afirmado el veterano e influyente filósofo alemán Jürgen Habermas, “ninguna unión monetaria puede sobrevivir a largo plazo si cada vez es mayor la diferencia entre las economías nacionales y, por tanto, entre los niveles de vida de los ciudadanos en los distintos Estados miembros”.

Las incertidumbres del brexit no hacen sino añadir más sombras a ese crecimiento y a esa integración anhelada. Se hace necesaria una renovación de la fe en un proyecto que la economía, como gramática de la política, empieza a entorpecer gravemente. Países endeudados, con una población envejecida, desempleo estructural e inatajable paro juvenil, salarios precarios, productividad en entredicho, emergencia de facciones populistas e euroescépticas, millones de inmigrantes de difícil asimilación y una política de asilo que no ha hecho sino enfrentar a Europa en su conjunto. Se necesita estabilidad financiera para que haya crecimiento de las economías estatales y creación fluida de empleo. Sin crecimiento, los países deudores no podrán pagar a los países acreedores. Si se deja de crecer, se dispararán el déficit y la deuda pública.

Pura elementalidad. Según los economistas del Bank of America Merrill Lynch (BofAM), en una simulación realizada hace unos meses de cuál sería el impacto de una crisis leve en la Eurozona, a través de su informe razonado y centrado en las finanzas públicas, España sería el país más afectado en términos de déficit y deuda pública dentro de las grandes economías. Hoy España se sitúa como la quinta economía europea.

Ya se acepta sin reparo alguno que capitalismo es crisis, y superación de crisis. Un curso y recurso permanente. Pero apenas hemos salido de lo sucedido a partir de 2008, apenas nos hemos lamido las heridas ocasionadas por lo que empezó con la burbuja inmobiliaria estadounidense y las hipotecas subprime y contagió el sistema financiero internacional, y ya parece que empezamos a entrar en el charco de 2019.

Lo que Lorenzo Bernaldo de Quirós, presidente y socio de la consultora Freemarket, denomina “la arquitectura política-económica-institucional de Europa” vuelve a hacer aguas, y hasta ahora nos da la sensación de que los problemas internos de verdadera integración económica, fiscal y social no los ha enfrentado la burocracia de la UE con resolución e imaginación.

Como apuntamos al principio, en un ejercicio de comparación no tan temerario, a esos problemas les hemos echado dinero desde el Banco Central Europeo y los resultados de tal fórmula son los que son. Siguen estando ahí.