entrevista

Enrique Meléndez: “La obtención de la patente de uso europea de nuestros nutrientes nos abre un horizonte científico enorme”

La Oficina de Patentes de la Unión Europea acaba de conceder, en una decisión que ha tardado unos catorce años, la patente de uso a uno de los productos del Instituto del Metabolismo Celular (www.metabolismo.biz) del profesor Meléndez
El profesor Meléndez. Fran Pallero
El profesor Meléndez. Fran Pallero
El profesor Meléndez. Fran Pallero

Vamos a ver; si yo intentara explicarles a ustedes los logros del catedrático de Bioquímica y Biología Molecular de la Universidad de La Laguna (ULL), Enrique Meléndez-Hevia, fracasaría. Yo no soy un científico y siempre, incluso a partir de la ciencia, me interesa más en estos encuentros el personaje humano, sin despreciar –ni mucho menos- sus éxitos en la investigación. Enrique, viejo amigo, nació en Huétor-Vega (Granada) en 1946; es decir, pertenece a mi generación. Su padre era catedrático, pero esta vez de Geología. Y nuestro personaje a los 28 años obtuvo la cátedra de La Laguna. No crean que se aburría: fundó también un grupo de rock llamado Los Volcanes, compuso para Los Sabandeños y aún tiene pendiente de terminar una suite inspirada en la tierra canaria, que será un hit. Está pensada también para este grupo tinerfeño, con orquesta sinfónica. Además, se dedica con pasión a la carpintería (que él considera su tercera profesión –no un hobby-, después de la bioquímica y la música). Ha fabricado en su taller muchos muebles de su casa: la escalera, la chimenea y hasta un balcón canario, además de muchos juguetes para sus hijos y sus nietos. ¿Por dónde empiezo, Dios? Ah, sí. La Oficina de Patentes de la Unión Europea acaba de conceder, en una decisión que ha tardado unos catorce años, la patente de uso a uno de los productos del Instituto del Metabolismo Celular (www.metabolismo.biz) del profesor Meléndez: la Klicina, obtenida a partir del aminoácido glicina; y aún está pendiente la del Asparbolic, derivado del ácido L-aspártico. No son medicamentos, sino aminoácidos proteicos calificados como nutrientes. Quede claro.

-Bueno, pues se acabó el sufrimiento, amigo.
“Lo hemos pasado, mi familia y yo, muy mal. La incomprensión de la Consejería de Sanidad y de la propia Universidad acabó por arruinarnos y detener tres años la investigación. Incluso me denunciaron ante la Fiscalía y provocaron una decisión del Tribunal Superior de Justicia de Canarias que nos daba la razón. Sí, hemos sufrido, pero esta concesión de la patente de uso abre un horizonte científico enorme”.

-Pues ahora, a aliviar, y en muchos casos a curar, a la gente.
“La glicina ayuda en los procesos degenerativos articulares: artrosis, artritis y osteoporosis. Por fin se reconoce que el nutriente actúa favorablemente en estos procesos”.

(Me cuenta el origen de todo. A su esposa le sobrevino una artrosis en las manos, que le impedía incluso conducir. Le dijo: “Enrique, tú eres bioquímico y yo tu mujer; cúrame esto”. El profesor le respondió: “Dame quince días”. Se puso en marcha y, al tiempo que intentaba que sus alumnos entendieran el ciclo de las pentosas, descubrió las propiedades de la glicina, que es un aminoácido esencial y que el metabolismo tiene un límite para fabricarlo; que la serina se rompe en dos y que una de esas dos partes genera la glicina, que bien aplicada, alivia y cura. Y su mujer se curó, por cierto).

-¿En cuánto tiempo?
“Pues en cuanto le apliqué la glicina en límites aptos para el consumo humano; en unas tres semanas”.

-Se diría que fue un milagro, si yo no supiera que los milagros no existen, profesor.
“Todavía había algunos que decían que los nutrientes ejercían en los pacientes un efecto placebo. Que se lo digan al perro pastor alemán que no podía saltar para subir y bajar por sí solo del coche de su dueño; le suministramos glicina y acabó dando saltos y corriendo como nunca. Y es que la artrosis ataca también a todos los animales de más de 30 kilos”.

-¿Te consideras una víctima del tradicional deporte universitario y político, es decir, de la envidia?
“Es difícil encontrar otro motivo. Hubo un rector que se empeñó en intentar impedir todo lo que hacía, compañeros de la universidad que criticaban duramente mi actividad y una Consejería de Sanidad que actuaba impunemente y que me arruinó. Me ha costado 20 años de mi vida este proyecto, que ahora ya tiene todas las bendiciones legales y científicas”.

-Los famosos “polvos del doctor Meléndez” fueron -y son- leyenda, Enrique.
“Sí; construí un laboratorio, di empleo a 75 personas, intenté comercializarlos adecuadamente al servicio de la sociedad y todo fueron cortapisas, zancadillas, sinsabores. Ahora ya se venden en toda España, el Instituto del Metabolismo Celular vuelve a estar a pleno rendimiento y tenemos asegurado el futuro”.

(Dos hijos, chico y chica, los dos doctores, uno en Bioquímica y la otra en Biofísica. A ambos su padre les co-dirigió sus tesis. Enrique se lleva un CD, regalo de Los Limoneros. Ama la música y coincidimos en escritores favoritos: Azorín y González-Ruano. Es un seguidor de ambos. Pero me cita a Benavente y a Conan-Doyle. El nobel Benavente dijo: “Si a mí no se me ocurre nada, no escribo. Mi amigo Jardiel Poncela, hace lo contrario: a él no se le ocurre nada y sigue escribiendo”. Acaba de llegar de Andorra, donde ha esquiado con entusiasmo, a sus 73 años, en compañía de su familia).

-Dime algo del Asparbolic.
“Estamos hablando de otra cosa. Este nutriente rebaja la grasa, reduce el peso, calma la hipertensión y baja el colesterol”.

-Con lo que debería tener un efecto positivo enorme en los diabéticos.
“Por supuesto; la diabetes es un mal de nuestro tiempo y el ácido aspártico logra reducir las causas que la provocan”.

-¿Y en qué se diferencia un medicamento de un nutriente? Y perdona, pero yo soy un profano.
“Pues en que el medicamento es un producto extraño al metabolismo y está regulado por complicadas normas hasta que llega a los mercados. Y los nutrientes son aminoácidos proteicos, los tenemos dentro”.

-Algunos dicen que lo tuyo fue una casualidad.
“No te preocupes, también lo decían de Fleming cuando descubrió la penicilina. Decían que se había producido un hongo, por casualidad, en unos cultivos, pero nadie se dio cuenta de que lo que Fleming descubrió fue que en ese hongo se morían las bacterias, no existían. Nadie tuvo la curiosidad científica de averiguar por qué, antes que él. Tú investigas y, de repente, te salta la chispa. Y descubres cosas”.

-Hombre, el famoso grito de “¡Eureka!” del sabio. Pero yo dije que no iba a ser una entrevista científica y ha derivado por esos derroteros. ¿Le vas a seguir dando al villancico?
“He compuesto cinco”.

-Estoy leyendo la biografía de Sabina (la de Menéndez Flores), qué tío.
“Es que el nobel se lo tenían que haber dado a Sabina antes que a Bob Dylan”.

-Bueno, uno es consecuencia del otro, pero en español que es un idioma más difícil para obtener el nobel.
“Sabina es un poeta y los poetas estamos mejor dotados para la música”.

(Me olvidé decir que Enrique Meléndez-Hevia es también poeta y que compuso un rock que se llama La Academia de Rock de la calle 37. Y que le han influido muchos grupos musicales con nombres de fenómenos geológicos y atmosféricos: Los Relámpagos, Los Tornados, Los Huracanes, Las Cascadas; y de ahí vino el nombre de su grupo canario Los Volcanes).

-¿Qué pasa si los americanos solicitan tus productos; o los chinos?
“El problema está en lo caras que son las patentes. De momento la tenemos para la Unión Europea y los complementos alimentarios se están fabricando en España. La ciencia trasciende lentamente. Nosotros seguimos adelante, al ritmo que marca la demanda”.

-¿Por qué dejaste la universidad a los 65 años?
“Para que me dejaran tranquilo, porque el ambiente era insoportable. Yo necesitaba tranquilidad para trabajar”.

-¿Cómo se te ocurrió aceptar la cátedra de La Laguna?
“Pues porque me presentaba a todas las vacantes. Y me tocó esta. No por nada especial, algunos compañeros se fueron a trabajar a otras universidades. En diciembre de 1974 gané la cátedra de La Laguna. Antes había sido profesor titular de la Complutense, en una época muy bonita de Madrid. Mi mujer es canaria (de La Guancha), pero venir aquí fue una casualidad”.

(Enrique me cuenta que la magia del profesor está en que los alumnos no sólo aprendan sino que entiendan lo que aprenden. Habla del puzle que significa el metabolismo de las células del cuerpo humano y de la manera más sencilla de encajar ese puzle y saborea un pescado exquisito y yo otro, precedidos de unas almejas a la marinera, espléndidas. Se mantiene el profesor en plena forma física y hemos quedado uno de estos días en su consulta, porque yo tengo que organizar mi diabetes mellitus con sus famosos polvos, que pueden ser un vulgarismo expresado así, pero la gente los conoce y los valora de esa manera, mucho más simple que citando a un aminoácido llamado glicina o un derivado del ácido L-aspártico).

-¿Compartes tus descubrimientos con el mundo científico?
“Mira, Sir Arthur Conan-Doyle decía que no hay nada que aclare más las ideas que contárselas a otro. Yo siempre he compartido mis investigaciones, sobre todo con los alumnos. Y eso me ha aclarado mucho las ideas”.

-¿Venderías tu patente a un laboratorio?
“No; eso no significa que no podamos llegar a acuerdos, pero sin exclusivas. La concesión de la patente tiene efectos retroactivos, desde que la solicité, no en el momento de su concesión oficial. Ahora los que han copiado deberán responder de sus actos”.

-Pues que respondan, amigo. Y enhorabuena.

Andrés Chaves y Enrique Meléndez. Fran Pallero
Andrés Chaves y Enrique Meléndez. Fran Pallero

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