los silos

Agustín Yanes, sacerdote: “Las dificultades me hicieron más fuerte”

“Mi padre nació en Los Silos y mi madre, en el norte de España (no recordaba bien el lugar)”, dijo a este periódico este nonagenario sacerdote, que llegó a Tenerife “con apenas nueve meses”
Agustín Yanes, sacerdote. Fran Pallero
Agustín Yanes, sacerdote. Fran Pallero
Agustín Yanes, sacerdote. Fran Pallero

Por Javier Cabrera

Agustín Yanes Valer nació en La Habana (Cuba) el 26 de febrero de 1929. “Mi padre nació en Los Silos y mi madre, en el norte de España (no recordaba bien el lugar)”, dijo a este periódico este nonagenario sacerdote, que llegó a Tenerife “con apenas nueve meses”. A los cuatro años tuvo una enfermedad infecciosa y quedó sordo. A los siete le llevaron al colegio del pueblo y el maestro, teniendo en cuenta su sordera, le sentaba en su mesa para que pudiera entenderle. Con tan solo una llamada telefónica y un correo electrónico que encontró una rápida respuesta afirmativa, DIARIO DE AVISOS quiso conocer de primera mano a este silense de adopción, que ha tenido que superar numerosos obstáculos en su larga vida, ya que la severa sordera desde los cuatro años le impidió ordenarse sacerdote hasta pasados los treinta. Tras atravesar la fachada del Obispado y pasar por algunos pasillos, subir escaleras y superar varias estancias, este periódico se adentró en una amplia habitación, con un enorme despacho y varias librerías. Allí nos esperaba Agustín Yanes, quien, apoyado en sus muletas, se levantó para saludar a los presentes volviendo a ocupar su asiento. Fue primordial la aportación de Elisuán Delgado en el lenguaje de signos y para permitir una entrevista distendida con este cubano de nacimiento, que el pasado mes de febrero cumplió 90 años. Sus primeras palabras denotaron una exagerada timidez: “No creo ser merecedor de esta entrevista, porque me considero un sencillo sacerdote que intenta cada día servir al Señor”.

-¿Cómo fueron sus primeros años en Los Silos?
“Allí fue aprendí a caminar y, por supuesto, a amar a Jesús y a su madre, la Virgen. Aunque nací en Cuba, país que he vuelto a visitar posteriormente, en Los Silos siempre me he sentido maravillosamente bien y, sobre todo, muy bien tratado”.

-¿Y esos primeros momentos en el colegio?
“Yo quería aprender y me pasaba horas y horas leyendo libros que me prestaba el maestro. Con tan solo siete años, en la clase me sentaba en su mesa, para que pudiera entenderle. Muchas veces, cuando daba las explicaciones en la pizarra, al estar de espaldas, lo tenía más complicado para poder escucharle. De todas formas, logré terminar la escolarización”.

-¿Es cierto que también trabajaba?
“Sí. Lo hice desde muy jovencito en el comercio de mi tío. Era un negocio donde se vendían los productos de racionamiento, dada las dificultades de aquellos tiempos. Por las tardes iba a recibir clases particulares y así es cómo conseguí concluir mis estudios del Bachillerato Superior”.

-¿De dónde le viene su devoción y amor a Jesús?
“He pertenecido desde siempre a una familia muy creyente. En casa ha habido varios sacerdotes. Con tan solo 11 años ya quise entrar en el Seminario Diocesano, pero me dijeron que no por la sordera que padecía”.

-¿De qué manera siguió insistiendo en su idea de hacerse cura?
“Con 14 años se celebraron en los pueblos de Tenerife unas misiones populares y me volvió a surgir la idea del sacerdocio. No obstante, los padres jesuitas me hicieron ver la imposibilidad de ello porque no oía”.

-¿Se le cerraron muchas puertas?
“Desde luego. Se me fueron cerrando todas las puertas. Franciscanos, jesuitas, escolapios, etc. No hubo manera”.

-¿Cuántas veces leyó el libro El drama de Jesús?
“(Se mostró extrañado y sonrió) Muchas veces. Me gustaba muchísimo. Además, cambiaba el forro cada vez que lo leía, porque mis hermanos podían decirme que siempre estaba leyendo el mismo libro”.

-¿Qué tal le han tratado en Tenerife?
“Tenerife me ha tratado muy bien de siempre. Los maestros me atendieron bien, con los obstáculos e inconvenientes propios de la sordera que padezco. Afortunadamente, lo superé todo. Las dificultades me hicieron más fuerte. Me sostenía la fe”.

-¿Cómo le dio por estudiar Bellas Artes?
“Me encantaba dibujar. Hacía caricaturas. Ingresé en Bellas Artes y me licencié seis años después, en la Universidad Complutense. La utilización de audífonos fue muy importante. Estudié en Santa Cruz y, luego, viajé a Madrid a terminar la licenciatura”.

-Al margen de su insistencia en ser sacerdote, ¿alguna vez intentó solucionar la sordera?
“Sí, claro. A los 27 años viajé a Madrid para someterme a una operación, con el objetivo de arreglar y solucionar mis problemas de sordera. No salió bien”.

-¿Qué hizo entonces?
“Pasado un tiempo, en Madrid me encontré con un colegio de niños sordos. Pertenecían a la Acción Católica de Sordomudos. Desde el primer momento, me ofrecí para ayudarlos. En ese ambiente y viendo la orfandad de los sordos, en cuanto a atención religiosa, se me volvió a encender de nuevo la idea del sacerdocio”.

-Tras licenciarse en Bellas Artes, ¿insistió en su idea de hacerse sacerdote?
“En Madrid coincidí con un grupo de compañeros de curso. Gracias a ellos me sentí apoyado y animado, con la firme idea de seguir luchando por el sacerdocio”.

-¿Cómo de importante fue en su vida el haber conocido al arzobispo José García?
“La verdad es que fue muy importante. Se interesó por mi problema y por mis deseos de convertirme en sacerdote. Él se ofreció a llevar mi solicitud a la Santa Sede. De esa forma pude conseguir las dispensas necesarias. Desde aquel instante, una vez concluido el Concilio Vaticano II, la sordera dejaba de ser un impedimento para poder dedicarme al sacerdocio”.

-¿Cuál fue su reacción?
“Mi alegría fue inmensa. Regresé a Tenerife para comunicarle rápidamente la noticia a mi familia. Se podrá imaginar que aquello provocó felicidad entre los míos”.

-Sin embargo, no todo fueron buenas noticias a su llegada a la Isla, ¿verdad?
“Así fue. Después de las autorizaciones concedidas en Roma, visité el Seminario de Tenerife, ya que tenía la intención de ponerme a estudiar la carrera sacerdotal. Sin embargo, ¡todo el gozo, en un pozo! Un superior del seminario me dijo: “Todo eso de las dispensas está muy bien, pero la Diócesis de Tenerife no lo necesita para nada”. Aquello fue un palo anímico y traté de buscar apoyo en don Cristóbal, el párroco del pueblo de Los Silos”.

-¿Y qué hizo a partir de ahí?
“Don Cristóbal me animó a estudiar en Valladolid. En dicha ciudad su arzobispo me acogió con los brazos abiertos. Ingresé en el seminario a los 33 años y estudié Filosofía y Teología. La acogida por parte de todos fue maravillosa y los profesores se ofrecieron, desde el primer momento, a darme clases particulares”.

-¿Allí dio clases de dibujo?
“Si, cierto. Daba clases de dibujo a los seminaristas”.

-¿Recuerda con exactitud cuándo se ordenó como sacerdote?
“Es algo muy difícil de olvidar. A pesar de mi edad (sonríe abiertamente), recuerdo que me ordené el 30 de abril de 1967. Fue en la Catedral de Valladolid, cuyo deán era don Emilio Álvarez, una gran ayuda para mí. Un verdadero protector. Vinieron muchas personas de mi familia, para asistir a mi ordenación”.

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