sociedad

El obispo emérito de Tenerife Damián Iguacen rebasa los 104 años cultivando sencillez y alegría

Vivió el paso de la gripe española de 1918 y ahora ha compartido el confinamiento que exigió la Covid-19 en la residencia de mayores Padre Saturnino López Novoa, en Huesca
Don Damián, en imágenes recientes en la residencia de mayores Padre Saturnino López Novoa, en Huesca. DA
Don Damián, en imágenes recientes en la residencia de mayores Padre Saturnino López Novoa, en Huesca. DA
Don Damián, en una imagen reciente en la residencia de mayores Padre Saturnino López Novoa, en Huesca. DA

En la residencia de mayores Padre Saturnino López Novoa, de Huesca, que atienden las hijas de Santa Teresa Jornet, el obispo emérito de Tenerife Damián Iguacen Borau “no desatiende su vocación pastoral y trata de ser uno más, entre el centenar de residentes. Cada mañana concelebra la misa y saluda a sus compañeros”. El personal del asilo nos dice que no faltan las llamadas de los muchos amigos, entre ellos los que “distinguimos por su acento canario”, que preguntan por él y le envían saludos. “Su oído no permite mantener una conversación directa, pero disfruta mucho cuando lo visitan, rebasado el periodo de confinamiento estricto que hemos tenido.”

Damián Iguacen nació en 1916 en Fuencalderas (Zaragoza) y en recientes declaraciones al Heraldo de Aragón, “estrujando“ como señaló en su memoria, le llegan los momentos de pánico que vivieron en 1918, “que se llevó a miles de personas, a millones en todo el mundo, y tuvo efectos muy duros en la economía. El ambiente era de temor. Mis padres procuraron evitar que sufriéramos el pánico. Me contaban todo, en sentido positivo, y resaltaban lo bueno”.

Su padre, peón de caminos, le solía llevar como ayuda en el trabajo. La vocación sacerdotal le condujo al Seminario de Huesca, “para hacer fácil el camino de todos; ser un peón de los caminos de Dios”. En 1936 se trasladó a Comillas y con apenas 19 años vivió en primera línea la contienda, como telegrafista. En 1941, con 25 años, fue ordenado sacerdote. Su labor en distintas parroquias y como obispo en Barbastro, Teruel- Albarracín y Tenerife deja una huella imborrable. Fue en 1984, tras el fallecimiento de Luis Franco Gascón, cuando recibió del papa Juan Pablo II el nombramiento de obispo de la diócesis de San Cristóbal de La Laguna, labor que desempeñó hasta 1991, al cumplir los 75 años. Su llegada a Tenerife, acompañado por un amplio grupo de fieles y religiosos aragoneses, dio paso en la diócesis nivarience a “una renovada primavera”, como ha recordado el obispo Bernardo Álvarez, entonces párroco en Tazacorte, a quien Iguacen llamó en 1989 para crear la Asamblea Diocesana, antesala del Sínodo. Entre las muchas acciones desarrolladas por Iguacen, cabe citar la construcción de la Casa de Acogida, en El Sauzal; el Hogar Santa Rita, en el Puerto de la Cruz; el inicio de la obras de la Casa Sacerdotal, en La Laguna; la puesta en marcha del Proyecto Hombre, del Instituto de Teología de la Diócesis, y la ordenación de 21 sacerdotes. Desde Zaragoza Iguacen promovió la creación de la Comisión Episcopal del Patrimonio, y ha sido constante su labor en la atención a comunidades religiosas y en la dirección de ejercicios espirituales en España, Cuba, Argentina, Brasil, Italia y Francia.

Damián Iguacen asistió en 2005, junto a su sucesor en la diócesis, Felipe Fernández, a la ordenación episcopal en La Concepción de la Laguna del nuevo prelado Bernardo Álvarez. La comunicación entre Damián Iguacen y Bernardo Álvarez no se ha interrumpido pese al avance de la pandemia. No han faltado sus mensajes a los fieles y sacerdotes. “Tengo recuerdos muy gratos de todos y espero que me hayan perdonado las tonterías que pude haber hecho. Les pido que sigan adelante, dando buen ejemplo como siempre han dado, y a los sacerdotes que no se cansen de entregar su vida por la salvación de las almas. Que sean fieles. El señor nos quiere contentos, alegres, fomentando las vocaciones y siguiendo la doctrina de la Iglesia”.

En su libro Diálogos con Santa María Madre de Dios, el obispo emérito de Tenerife brinda una atenta llamada a la esperanza: “Cada día es nuevo. Cada día es un regalo. Aunque parezca igual que otro día. No nos acostumbremos a ver amanecer y atardecer como una rutina. Que no nos aburra la sucesión monótona de los días grises, sin relieve, sin noticias, sin novedades dignas de mención: las mismas gentes, las mismas caras, las mismas cosas. Que no nos cauce hastío el mismo maná que cada día hace descender el Señor sobre notros en esa copiosa lluvia de gracias y regalos que significa el vivir de cada día”.

TE PUEDE INTERESAR