cultura

Carlos Areces: “O decretan un confinamiento anual o dejan de estrenar series en la tele durante dos años; tanto estreno me causa ansiedad”

Actor, humorista, dibujante, cantante y 'dj'
El Festival Isla Calavera ha nombrado a Carlos Areces embajador honorífico. / Fran Pallero

Dibujante y apasionado de los tebeos; dj, cantante y el 50% de Ojete Calor (la otra mitad es Aníbal Gómez, aunque, si hablamos con propiedad, mejor sería decir Carlos Ojete y Aníbal Calor, adalides del subnopop); humorista, actor, fanático del cine… Un conjunto de ingredientes que, quizás mezclados con fines perversos en algún siniestro laboratorio, han dado como resultado un sociópata de libro, como él mismo se define. Y sin embargo, todas estas inquietudes también han hecho de Carlos Areces (Madrid, 1976) uno de los artesanos del humor -el absurdo, el negro y algunos otros- más interesantes de su generación. Aprovechando su presencia en Tenerife, donde el Festival Isla Calavera lo ha nombrado embajador honorífico, este periódico tuvo la oportunidad de conversar con él.

-En medio del confinamiento, Ojete Calor lanzó un vídeo cantando Agapimú con Ana Belén y para muchos fue una terapia, incluso contra el hastío. Ahora se suele decir que el humor es más necesario que nunca. ¿Está de acuerdo con esta afirmación?
“Cada vez que hay un momento de crisis aparece esa coletilla. El humor no es una cosa coyuntural. Cuando la vida te va bien, sigues necesitando humor, lo que ocurre es que a lo mejor hay menos contraste. El humor es una realidad física, como respirar. Es un resorte que tiene el cerebro humano para hacer más llevadero este camino de sufrimiento que es la vida. Pero cada día, no solo ahora”.
-¿Estaba usted entre las personas a las que estar confinadas no les supuso ningún drama o no veía la hora de salir a la calle?
“Te voy a decir la verdad. Es evidente que el coronavirus está siendo una ruina, en todos los sentidos, para mucha gente. Tengo amigos con comercios y se las ven y se las desean para llegar a fin de mes. Ya no solo por el confinamiento, sino por todo lo que ha venido después. Dicho esto, yo, que soy de natural sociópata, lo he llevado estupendamente. No ya solo el no tener compromisos que cumplir, sino que incluso había una ley que te prohibía tenerlos. Eso me ha relajado mucho. Y por otro lado, he tenido más vida social que nunca: me he visto haciendo videollamadas durante cuatro o cinco horas cada día”.
-¿Y en qué ha empleado todo ese tiempo sin compromisos?
“Pues lo he aprovechado para ponerme al día con libros, con películas y con series. Hasta he llegado a pensar que un confinamiento obligatorio cada año me sentaría muy bien, sobre todo culturalmente. Ahora mismo hay tal sobredosis de series y de plataformas que es imposible seguir el ritmo. Hay cuatro o cinco series en las que todos nos ponemos de acuerdo para verlas y comentarlas, pero ahí se acaba el consenso. No tener tiempo para ver todas las series que quisiera me causa mucha ansiedad. Así que, por favor: o decretan un confinamiento anual o nos dan una tregua y dejan de estrenar series que molen durante dos años para poder ponernos al día”.
-¿Ha pensado en alguna ocasión en medio de un rodaje qué pinto yo aquí, ya sea porque la historia, el papel que tiene o incluso lo que el director le pedía le resulta muy ajeno?
“Sí, más de mil veces. Yo diría que en cada proyecto. Aunque es cierto que tras esos momentos de flaqueza en los que pierdo la esperanza y la fe, luego las recupero cuando veo el resultado final de esa serie o de esa película. Pero ya te digo que esos momentos los tengo prácticamente cada vez que empiezo a trabajar en algo nuevo”.
-¿A qué cree que se debe esa inseguridad?
“Algo tendrá que ver el hecho de que, como otros compañeros de generación, me he pasado unos cuantos años intentando quitarme de encima la sensación de “¡hostia, cómo me he colado aquí! Bueno, tranquilo, voy a seguir en la fiesta hasta que se den cuenta de que no tengo la entrada”. Para ser sincero, es algo que aún no se me ha ido del todo, y mira que llevo ya 20 años currando en esto. Pero ahí sigue: en cuanto me pidan la invitación voy a decir que no la llevo encima y me pedirán que, por favor, salga de la casa”.

Carlos Areces es humorista, actor, dibujante, ‘dj’ y cantante. / Fran Pallero

-Si uno se informa acerca de su carrera, observa, por ejemplo, que entre este año y el próximo se han estrenado o se van a estrenar un buen puñado de películas en las que participa. ¿Está en posición de elegir los proyectos en los que trabaja?
“Es curioso, porque cada vez que me preguntan qué te atrajo de este proyecto, mi primera respuesta, la más inmediata que surge en mi cabeza y que tengo que reprimir, porque me lo suelen preguntar cuando estoy de promoción, es que me pagaron dinero por hacerlo. Una vez Al Pacino dijo: “Si solo trabajara en los proyectos que me interesan, trabajaría una vez cada cinco años”. Y eso lo dice Al Pacino, imagínate yo. Aunque las cosas tampoco son exactamente así. Hay aventuras en las que te embarcas por vocación, y luego siempre hallas aspectos que te resultan atractivos en cada proyecto. Yo suelo trabajar en comedias, el cine cómico me gusta mucho y acostumbro, aunque no siempre, a contar con cierta libertad por parte de los directores para presentarles opciones de personaje. De manera que no es infrecuente que cuando tienes un conflicto con el director, porque él lo ve de una forma y tú de otra, al final él tenga la razón”.

“En cada rodaje en el que participo siempre hay un momento en el que me pregunto qué hago yo aquí”

-Ejemplos de todo esto tendrá bastantes…
“Sí, recuerdo que rodando Balada triste de trompeta (Álex de la Iglesia, 2010) había una escena en la que mi personaje acababa de cometer un crimen y se metía en un cine. Era una de las primeras películas que hacía y me puse a interpretar esa escena adoptando un tono mesurado, sobrio. Entonces de repente escucho: “¡Corten, corten, corten! ¿Esto qué es? ¿Qué estás haciendo? ¿Qué es ese páramo yermo de actuación?”. Y yo: “Hombre, Álex, no sé… No quería tampoco venir aquí haciendo aspavientos y muecas…”. “¡No, no, no, no. Esa es otra película! ¡Yo ahora mismo lo que quiero es que entre por la puerta Bette Davis, que acaba de cometer un crimen!”. Así que hice lo que pude para parecer una Bette Davis que acaba de cometer un crimen. Después, cuando vi la película terminada, tuve que reconocer que el tono que tenía pedía eso. En mi primera aproximación a aquella escena era un señor paseando. Y Álex lo tenía muy claro desde el principio. Pero hay otras veces en las que cuando he visto los resultados, y no son todo lo buenos que me esperaba, creo que fue por las indicaciones que me dio el director. Eso es muy frustrante, pero así es la vida. Peor es trabajar en una mina”.
-El Festival Isla Calavera le acaba de nombrar embajador honorario. ¿Qué tipo de cine fantástico es su preferido?
“Me gusta mucho el slasher. Me lo paso muy bien con el gore y también disfruto con el thriller. Los efectos especiales me apasionan. Soy de una época anterior a los efectos digitales y tengo un cariño especial a todas esas películas de los 80 y los 90 en las que aún no había llegado el digital de manera estandarizada. Los monstruos eran protésicos, animatrónicos; había maquetas; había maquillajes fantásticos… Yo soy de los que sigue disfrutando con Pesadilla en Elm Street (Wes Craven, 1984), porque me encantan esas puestas en escena, esos decorados que son reales, están ahí, son tangibles… Me gusta que Freddy Krueger sea un tío con prótesis en la cara, muy maquillado. Eso me enloquece. Y cuando ahora esporádicamente aparece una película que recurre a ese tipo de efectos, la disfruto muchísimo. Y al contrario, si hay una en la que predominan los efectos digitales, pero se aprecia que no tenían el dinero suficiente para hacerlo bien, no puedo con ella”.
-¿Y entre las actuales que están mejor consideradas hay algún título, o algún director, que deteste especialmente?
“Detestar sería mucho decir, pero reconozco que a mí, por ejemplo, la cosmología de Nolan me cuesta. Creo que tiene películas muy interesantes, pero yo no le compro todo el espectro. En general llevo mal, como me pasa con cualquier otro género, que me presenten un mensaje muy subrayado. A mí me gusta una película que me entretenga. No soporto los panfletos”.
-¿Con qué se queda de lo que ha visto en los últimos tiempos, más allá de esos largometrajes de los 80 y los 90?
“Una de mis películas favoritas de los últimos años, aunque es cierto que ya tiene sus añitos, es Paranormal Activity (Oren Peli, 2007), la primera. Me dejó francamente inquieto. No tiene grandes alardes de efectos, pero me parece muy inquietante. Esos planos nocturnos en los que la pareja está durmiendo y hay una puerta abierta… Al fondo de la puerta hay dos pasillos y sabes que algo va a pasar, pero ignoras dónde. Y yo, mientras, mirando para todas partes y diciéndome: “¡Dios mío, algo va a pasar! ¡Alguna presencia se va a manifestar!”. En fin, luego llegué a mi casa un poco jodido, cosa que no es normal cuando voy a ver una película de terror”.

“El público me da vértigo; prefiero el cine al teatro porque ven tu trabajo cuando tú ya te has ido”

-Usted dibuja, canta, es dj, interpreta. ¿Siempre tuvo claro que sus inquietudes pasaban por esa diversidad o las cosas fueron llegando poco a poco?
“Fueron surgiendo. A mí de pequeño lo que más me gustaba era dibujar, porque me pasaba las horas muertas leyendo tebeos. Aunque también es cierto que en el colegio hacía teatro aficionado y el aplauso del público es muy adictivo. Puedes incluso convertirte en yonqui del aplauso del público”.
-¿Y lo ha echado de menos en esta época de distancia social y restricciones sanitarias?
“En realidad no. Porque cuando hablo del aplauso del público lo digo de forma genérica: a mí el público en directo me da un poco de vértigo. Y no hablo de los conciertos, los conciertos son otra cosa. A mí el teatro me da mucho respeto, y por eso me gusta más el cine. Es decir, que la gente vea tu trabajo cuando tú ya te has ido. Eso es lo que realmente me gusta”.

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